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Fascismos

Hace cien años Benito Mussolini marchaba sobre Roma y era designado jefe de gobierno por el rey. Iniciaba así una deriva que lo llevó a ser dictador y embarcarse en una guerra que costó la vida a un millón de italianos, entre ellos él mismo. Fue el doctrinario del fascismo y dio al siglo XX uno de sus emblemas. Hoy la palabra, usada con gravedad y ligereza, resulta equívoca y estudiosos del tema como Pierre Milza prefieren acudir al plural: fascismos.

Algunos datos son ineludibles. El principal es el totalitarismo, es decir la inclusión de todos los aspectos de la vida humana en el Estado. Valga la redundancia: es totalitario porque todo lo totaliza. A la vez, en su versión originaria, es corporativo. Los titulares del poder representan a las distintas corporaciones y estamentos sociales pero no a las clases ni a los ciudadanos. Estos dos elementos conforman el pueblo que los disuelve, una masa magmática cuya única seña de identidad es la nación, conducida por el dictador, que interpreta el hondo sentir del pueblo y lo convierte en su discurso, una voz epónima.

En sus efectos, el fascismo, dejando de lado su lado represor y su estetización espectacular de la política, entendida como poder que se funda en sí mismo y autoriza la ley autorizándose, consiste en dotar al Estado de un aparato funcionarial que se controla también a sí mismo. Es la Corporación de las corporaciones. Si se soslayan aquellos aspectos, es decir si el Estado pasa a ser demoliberal y respetuoso de los derechos subjetivos, los demás componentes del fascismo siguen en pie en nuestros días.

En efecto, vivimos en sociedades tan complejamente tecnificadas que fácilmente se someten a corporaciones de especialistas, a la vez que si la tecnificación llega al Estado y lo impregna de necesidad, también lo convierte en una corporación más. Asimismo evidente se muestra la concepción del pueblo como una masa que tiene un poder paralelo a los poderes formales y que no deja de ejercerlo, aunque su expresión única sea personalísima, es decir que reside en un conductor. Esta conjunción de corporativismo y populismo tal vez se vaya convirtiendo en un rasgo dominante de nuestro siglo, así como los fascismos históricos lo fueron del anterior.

Aquel experimento fue la respuesta a una doble crisis, palpable en los años que van de una guerra mundial a otra, la de la democracia liberal más o menos cristalizada en la república norteamericana y sus similares, y de la paz octaviana que vivió Europa entre 1871 y 1914, ya que inevitablemente hemos de admitir la naturaleza europea del fenómeno. En cualquier caso, vale reflexionar sobre el riego que corren las democracias al uso ante el auge de tendencias políticas iliberales. El elemento corporativo de nuestro tiempo cada vez más tecnificado se exhibe con toda solidez. La frivolidad y la ineptitud de muchos políticos, digamos que demasiados políticos, pueden incitar a la evocación de la Marcha sobre Roma que va cumpliendo una centuria. La pintoresca teatralidad de Mussolini y la siniestra teatralidad de Hitler son prescindibles. El resto, no.

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Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista. Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de "La Opinión" y "La Razón" (Buenos Aires), "Cuadernos Noventa" (Barcelona) y "Vuelta" (México, bajo la dirección de Octavio Paz). Dirigió la revista "Cuadernos Hispanoamericanos" entre 1996 y 2007, y entre otros muchos libros, es autor de "La ciudad del tango; tango histórico y sociedad" (1969), "Genio y figura de Victoria Ocampo" (1986), "Por el camino de Proust" (1988), "Puesto fronterizo" (2003), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)
En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por "Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina". (Fotografía publicada por cortesía de "Scherzo")