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El canon de Bloom

Kanon llamaban los griegos a un tallo, una varita y también a la regla y la norma, porque las varitas sirven para medir, para regular. Los latinos extendieron las acepciones y llamaron canon a las contribuciones, leyes y tributos. Un tubo de máquina hidráulica era, en Roma, algo canónico,como después fue el tubo del cañón. En la música, el canon es la repetición fugada de una frase melódica.

Recorriendo las páginas de El canon occidental de Harold Bloom (traducción de Damián Alou, Anagrama, Barcelona, 1995) experimenté esa mezcla de sentimientos: estar ante un perceptor de impuestos, que viene en nombre del Divino Fisco a cobrarnos la tasa por el uso de Shakespeare; ante un cañonero que pretende despoblar, a tiro limpio, la variedad y la incesante multiplicación de las letras occidentales; y ante un matemático loco (abundan más de lo supuesto) que intenta hacer canónico lo desmesurado y lo imponderable.

Bloom reacciona con razón ante lo que él denomina Escuela del Resentimiento, el cúmulo de lecturas sectarias que intentan reducir definitivamente cualquier texto a un ejemplo de método de lectura, o que privilegian la literatura hecha por los oprimidos (mujeres, negros, homosexuales, chicanos, indios, etc.) sobre la escrita por los opresores (varones, blancos, heterosexuales, anglosajones, etc.).

El error de Bloom consiste en proponer un reduccionismo de signo contrario, el que aplasta a todos los escritores que no se reconozcan reiteraciones de Shakespeare. Frente al dogma del relativismo cultural, el dogma de la Letra Eterna.

Para Bloom, la historia literaria transcurre hasta que aparece Shakespeare y la congela, porque él no es histórico, sino eterno. No tiene metafísica, moral, ideas políticas ni teología, como cualquier mortal, tiene ese «misterioso poder estético» donde resuena «la voz de Dios» y que fija el modelo y los límites de la literatura.

Al ser único, Shakespeare es irrazonable, porque de lo único no hay ciencia. Debemos aceptarlo sin explicarlo y si usted no lo acepta, peor para usted, pues «Shakespeare está por encima de ti, tanto conceptual como metafóricamente, sea quien seas y no importa la época a la que pertenezcas. Él te hace anacrónico porque te contiene; no puedes subsumirlo. No puedes iluminarlo con una nueva doctrina».

Único como Dios, Shakespeare es, como Dios, entonces, inútil en tanto canon. ¿Cómo puede ser unidad de medida alguien infinito, y unidad de valor algo puramente cualitativo? Y, más aún, ¿desde dónde lee Bloom lo que lee como para distinguir al Único de lo Múltiple, la eternidad y la historia? ¿Se puede usar el lenguaje en la eternidad, momento infinito, ya que el lenguaje es siempre sucesivo, por tanto, histórico?

El canon bloomiano es (sic) «ministro de la muerte». En efecto, la eternidad que viene tras la muerte no puede ser sino muda. Pero convengamos que tal mudez es poco productiva a la hora de hacer crítica literaria. Más bien lo que Bloom propone es lo contrario a la crítica: una hermenéutica. Una ciencia que descifra la palabra inspirada o la palabra legal,que está impregnada por el poder irresistible (imperium lo llaman los juristas) del Estado.

La literatura es todo lo contrario. Ni está inspirada por ningún Dios ni la impone ningún poder estatal. Es el lenguaje en estado de asamblea permanente y allí, como dice BloomShakespeare nos inventa, pero no menos que nosotros a él (lo que Bloom no acepta y de ahí la paliza que propina al pobre doctor Freud, por haberse atrevido a descubrir el complejo de Edipo en Hamlet).

Si Shakespeare fuera capaz de profetizar su propia lectura, no habría historia de la lectura y ésta prueba lo contrario. Tras Voltaire, que lo consideraba un paradigma de horrores e insensateces, Shakespeare fue convertido en un escritor moderno del siglo XIX, por los románticos.

¿Qué profetizó, entonces, Shakespeare acerca de sí mismo? La historia es histórica porque es impredecible. La verdad es que, desplumado de historia, de ideas y de equívocos, Shakespeare resulta bastante repulsivo. Si ese es el canon que debemos pagar para acceder a su eternidad, más vale incurrir en delito fiscal.

Lo que Bloom esboza, con su talmúdica y monoteísta certeza en lo Único, lo Máximo, lo Primero, lo Supremo, es el fin de la crítica, que sobreviene con el fin de la historia. Leer en un más allá definitivo del tiempo, donde nada va a ocurrir, ni siquiera la misma lectura, convertida ya en iluminación.

Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cualia con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista. Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de "La Opinión" y "La Razón" (Buenos Aires), "Cuadernos Noventa" (Barcelona) y "Vuelta" (México, bajo la dirección de Octavio Paz). Dirigió la revista "Cuadernos Hispanoamericanos" entre 1996 y 2007, y entre otros muchos libros, es autor de "La ciudad del tango; tango histórico y sociedad" (1969), "Genio y figura de Victoria Ocampo" (1986), "Por el camino de Proust" (1988), "Puesto fronterizo" (2003), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)
En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por "Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina". (Fotografía publicada por cortesía de "Scherzo")