A veces los almanaques tienen razón ‒por mejor decir: razones‒ que quizá la Razón no entienda pero sí que la historia armoniza. Desarrollo un solo ejemplo: el almanaque quiso que Miguel Delibes naciera el mismo año en que murió Galdós. Por eso mismo, en su día, celebramos ambos centenarios como si fueran el mismo, porque los dos personajes se pasan el testigo de una fuerte tradición literaria española, el realismo que se esboza en el Arcipreste y el enigmático padre del Lazarillo y llega a los días corrientes de Almudena Grandes y Arturo Pérez Reverte. No se trata sólo de una opción técnica y estética de los novelistas. Subsiste una demanda del público lector que pasa de generación en generación. Tampoco se debe a fantásticas líneas de raza o estirpe. Galdós era un canario aquerenciado en Madrid, un gato forastero. Delibes, tenido por castellano viejo y acendrado, era de ascendencia francesa, emparentado con el compositor Leo Delibes.
¿Qué es un escritor realista? Con didáctica eficacia lo describe don Benito en su discurso de ingreso en la Real Academia. Dice que la novela es el género de la clase media, del lector medio que reconoce como propia la realidad que el escritor le propone, probando su autenticidad con sobrados detalles que lo acreditan como observador privilegiado. Tiene, en efecto, el doble privilegio de la escritura y la firma. Es decir que hay una suerte de pacto imaginario entre un escritor fehaciente y un lector creyente. De no darse este compromiso, el texto cae en lo inverosímil. Así le pasó a Theodor W. Adorno cuando leyó a Balzac, el maestro directo de Galdós e indirecto de Delibes. La minuciosa mirada balzaciana le pareció al filósofo alemán “una fantasía sociológica”. Como género no está mal y la habilidad de don Honorato lo rescata para la literatura.
La materia no es tan simple porque apela a una filosofía de la mirada. El escritor realista ha de creer que la realidad es algo constituido a lo cual él tiene acceso y del que puede dar cumplida cuenta. Para ello ha de ser aceptado por el lector, que también conoce esa misma realidad porque ha ejercido una parecida mirada. Reconoce lo que conoce. Cohabita un lugar común, un espacio compartido con el escritor. Se son mutuamente fieles. Así Galdós puede contar la historia de la España moderna a un público español moderno, es decir a la clase media urbana, espiando a menudo los secretos espacios privados del gabinete de confianza y la alcoba. En esta labor se sintetizan las astucias del mirón con la ingenuidad del crédulo: creo que sé, creo que podré demostrarlo, creo que los lectores me habrán de creer en su momento.
Tal vez este centenario árbol cuyas hojas son páginas escritas, haya sufrido alguna poda al llegar el 98. Baroja, en sus Memorias de un hombre de acción refiere numerosos episodios históricos equivalentes a los galdosianos, pero no le interesa la historia colectiva sino el destino de un individuo, el prototipo del conspirador. Don Benito creía en la historia pues creía que, al narrarla, la historia tenía algo que decirle. Don Pío, en cambio, descree de ella, que nada significa y de la cual el supuesto héroe vuelve al redil, desilusionado y exhausto. Por su parte, Valle-Inclán, se vale de la historia en El ruedo ibérico, exquisita sucesión de viñetas deformantes y modernistas. Tampoco él confía en la historia, cantidad desdeñable, a la cual considera una excusa para la obra de arte, que la salva del olvido. Los dos narradores, el vasco y el gallego, tomaron distancia de don Benito el Garbancero al cual debían el punto de partida: narrar la historia de la España moderna, a la cual reformulaban como un país de indisolubles arcaísmos y ancestrales arquetipos. Algo que si no es verdadero puede ser bien contado, según el adagio italiano. Quede la reflexión comparativa para otros centenarios.
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