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Picasso, siempre Picasso

Hace cincuenta años dejó Picasso este mundo donde sigue insistiendo su presencia. Más que la de un pintor y un escultor y un diseñador, una pintura habitada por incontables artistas de la imagen. En efecto, si se examina su obra se la encuentra arraigada en consistentes temas hechos población de cosas, de gentes y de la intervención de un artista que da cuenta de ellos y de ellas como si fueran divergentes dentro de la unidad de un cosmos picassiano. Así desfilan gentes, toros, caballos, ruinas de estatuaria clásica, gimnastas, taurobolios, minotauros, follajes de arcaicos jardines, desnudeces de mujer, diosas y centauros. Y así también, la rugiente carnalidad del animal se va estilizando, sin dejar de ser él mismo, hasta la más frugal abstracción.

Picasso, como queda dicho, no es sólo un sujeto individual dotado de un instrumentario visual. Es el retrato, disperso y compacto como ninguno, de un siglo que conoció las mayores destrucciones y permitió al artista reunir sus fragmentos como si los escombros del edificio compuesto con las mayores ambiciones de la técnica, fuera a su vez, la materia de una obra.

Bajo tal mirada, la tarea picassiana es una exploración antropológica, la de una especie, la nuestra, que se construye y se destruye hasta alcanzar la inmortalidad de la memoria. Es evidente y, como en toda obra maestra, una evidencia enigmática donde todo está al alcance de la mano pero, a la vez, preguntando desde lejos qué hacemos cuantos somos aquí, en la costumbre de estar vivos, dispuestos a morir y a fijarnos en la reminiscencia del arte.

Picasso es patético y sereno, trágico y burlón, capaz de convencernos de que nuestra existencia en el tiempo vale la pena de ser figurada, fijada, cimentada en cuatro trazos que la decisión del artista vuelve intocables. Y, prodigio mayor, que lo intangible está al alcance de la mano, de esa mano del pintor que todo lo averigua aunque no acabe nunca de saber la Verdad. Mientras tanto, nuestra mirada es la que acaricia sus trazos con el poder de la restauración, a sabiendas de que, cuando las luces del museo se apaguen han de preparar el enésimo renacimiento con la nueva luz del nuevo día. En fin, la visualidad de un siglo capaz de las mayores destrucciones y la astucia de un tal Picasso, que amó sus fragmentos como la vida misma.

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Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista. Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de "La Opinión" y "La Razón" (Buenos Aires), "Cuadernos Noventa" (Barcelona) y "Vuelta" (México, bajo la dirección de Octavio Paz). Dirigió la revista "Cuadernos Hispanoamericanos" entre 1996 y 2007, y entre otros muchos libros, es autor de "La ciudad del tango; tango histórico y sociedad" (1969), "Genio y figura de Victoria Ocampo" (1986), "Por el camino de Proust" (1988), "Puesto fronterizo" (2003), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)
En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por "Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina". (Fotografía publicada por cortesía de "Scherzo")

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