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La gran ruta

Marcel Proust se refiere a «la gran ruta donde ocurre lo que no conocemos hasta el día en que la sufrimos: la vida de los otros». La cita me ayuda a discurrir sobre la actual guerra europea. La adjetivo así porque los dos países en lucha son Europa. La que existe cuando nos vamos a dormir y subsiste cuando despertamos. Se ha hecho la hora de volver a las rutinas y el reloj despertador nos lo demuestra. No obstante, no nos han malogrado el descanso ni las sirenas de alarma ni las explosiones de las bombas. Salimos al descansillo y subimos a un ascensor que funciona. Sabemos que no se turbará nuestra compra en el supermercado, ni el colegio de los niños, ni el tráfago callejero, ni la tarea de la oficina o el taller, ni la vuelta a casa, ni la tertulia casera. Ningún participante falta.

Este escrutinio cotidiano tiene su reverso. Lo propicia la imaginación. Pienso, al bajar a la estación de metro, en un refugio antiaéreo. El edificio de la esquina es un montículo de escombros. Ya no existe el cine al que acostumbré concurrir desde mi infancia. Un sobrino y el hijo de mi mejor amigo han muerto en el frente. La familia de un vecino fue asesinada por un misil mientras cenaba en un restaurante. El antiguo rmercado del barrio ardió a causa de un sabotaje.

Recuento las fechas que amojonan las vidas de mis compañeros de generación. Hago memoria: Corea, Suez, Vietnam, Argelia, Indochina, Israel, Egipto, Irak, Irán, Afganistán. Son lugares bien reconocibles pero geográficamente lejanos. La guerra en Europa era un recuerdo de los mayores, algo que los años infantiles alojan en una neblina donde se suceden escenas de filmes documentales o heroicos. Siempre ganaban los virtuosos y perdían los pérfidos. En las estruendosas películas ocurría lo mismo que en las silenciosas historietas.

Ahora las vivencias han cambiado. Al irme a acostar pienso que me quedaré dormido en un lugar de Europa, de la Europa que está en guerra. Más o menos a esta hora, algún ucraniano se estará revolviendo en su cama sin poder conciliar el sueño en un insomnio más duro de soportar que la peor vigilia. Una mujer rusa lee una comunicación del ejército que le informa sobre la muerte de su hijo en el frente de Ucrania, y disimula su llanto para no asustar a una niña que la mira desconcertada. Aquel hombre y esta mujer se parecen a unos cuantos de mis vecinos.

De chico solíamos tomar una merienda con barras de chocolate disueltas en leche hirviente. La marquilla era colorida y pintoresca: mostraba a un soldado norteamericano que, según la propaganda adjunta, había ganado la guerra tomando chocolate de esa misma marca. En el recuerdo el soldado es un chico guapo, rubio y sonriente. Está contento de ganar la guerra. No sabe, porque nunca lo supo, que estaba recorriendo la gran ruta diseñada por Marcel Proust.

Imagen superior: un T-72AV ucraniano durante la contraofensiva de 2022 (Mil.gov.ua / Wikimedia Commons).

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Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista. Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de "La Opinión" y "La Razón" (Buenos Aires), "Cuadernos Noventa" (Barcelona) y "Vuelta" (México, bajo la dirección de Octavio Paz). Dirigió la revista "Cuadernos Hispanoamericanos" entre 1996 y 2007, y entre otros muchos libros, es autor de "La ciudad del tango; tango histórico y sociedad" (1969), "Genio y figura de Victoria Ocampo" (1986), "Por el camino de Proust" (1988), "Puesto fronterizo" (2003), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)
En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por "Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina". (Fotografía publicada por cortesía de "Scherzo")