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Henry Kissinger (1923-2023)

En sus memorias, Kissinger apunta un par de encuentros sugestivos que ayudan a retratarlo como pensador político. Tras despachar con el presidente Nixon solía entrevistar al embajador soviético para comentar las líneas de la política internacional. Parecía no hablar con el enemigo, del cual, naturalmente, lo separaban hondas diferencias ideológicas. Tampoco estas distancias le impidieron empatizar con los dirigentes de la China comunista, Mao Tse Tung y Chou En Lai. A Mao lo veía como un hombre tosco y con una pizca de ingenuidad. Con Chou, refinado y sutil, experimentaba hasta cierta fascinación.

Su visión de Nixon no estaba exenta de alguna ironía. Kissinger era europeo, judío de Alemania, formado en la disciplina universitaria germánica. Sabía de teoría política y de historia de las relaciones internacionales. Se advierte en sus estudios sobre el derecho internacional público y sobre el canciller de hierro Otto von Bismarck. Era aficionado a la lectura literaria y a la pintura impresionista. Nixon, apenas un muchacho californiano de origen modesto, laborioso y competidor, que había hecho carrera. Sospecho que los criterios jerárquicos del intelectual, del profesor alemán sobrepasaban al presidente. Con los chinos, en cambio, con esos mandarines bolcheviques, sentía la presencia de un milenario imperio, lejano de la república americana de adopción donde se había salvado del exterminio nazi, ese régimen de pistoleros suburbiales.

Del contacto con la China maoísta le quedaron amistades sorpresivas. De algún modo y en buena medida, la incorporación del país asiático al escenario de las superpotencias, fue obra suya. Pero hay algo más y tiene que ver con la naturaleza del pensamiento político moderno desde los tiempos de Maquiavelo. Desde ya, se produce junto al poder pero decir poder es invocar una abstracción o algo tan disperso por la condición humana que resulta inasible. Tampoco se podría atar a Kissinger sólo con la ideología conservadora, que ciertamente era la suya. Lo que realmente le importaba pensar no era el poder sino la autoridad, es decir la expectativa y la práctica de la obediencia. Y se es obediente no al poder sino a quien ejerce la autoridad, quien espera ser obedecido y actúa a partir de los incontables vínculos concretos que la autoridad anuda y entreteje, a veces contándolos oportunamente de un sablazo.

Kissinger concedía, entonces, primacía a la mano que ordena y que premia o castiga más que a la idea que la conduce. Por eso respetaba pero no admiraba a los políticos del idealismo norteamericano, a Theodore Roosevelt y a Woodrow Wilson. Ellos creían en la misión trascendente del pueblo estadounidense, de establecer la democracia liberal y el código de los derechos humanos en un mundo pacificado. Fracasaron porque el mundo está siempre en guerra y la democracia liberal es cosa de pocos. Lo importante es ejercer la autoridad desde el poder y a partir de ahí, construir imperios que hagan a los hombres cada vez más civilizados, es decir con hábitos y costumbres de ciudad. La Providencia y Dios, en quien siempre confiaron los idealistas de la América del destino manifiesto, quedan fuera de la épica kissingueriana.

Lo trascendente es objeto de las religiones, no de la política. No vale tener sublimes ideas en cabeza sino entenderse con el embajador de Breznev y los mandarines bolcheviques, que disciplinaron a un inmenso pueblo y lo convirtieron en la fábrica del mundo. Por el camino habrán quedado los Carrero Blanco, los Pinochet y los Videla. Luego, si así lo decide, que venga Dios y lo vea.

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Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista. Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de "La Opinión" y "La Razón" (Buenos Aires), "Cuadernos Noventa" (Barcelona) y "Vuelta" (México, bajo la dirección de Octavio Paz). Dirigió la revista "Cuadernos Hispanoamericanos" entre 1996 y 2007, y entre otros muchos libros, es autor de "La ciudad del tango; tango histórico y sociedad" (1969), "Genio y figura de Victoria Ocampo" (1986), "Por el camino de Proust" (1988), "Puesto fronterizo" (2003), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)
En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por "Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina". (Fotografía publicada por cortesía de "Scherzo")