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Yo confieso

Yo confieso que nunca he podido leer de un tirón Ulises de James Joyce. Abordé la traducción argentina de Salas Subirats, la abandoné y años más tarde leí a saltos algunos capítulos de la versión francesa hecha por Valery Larbaud con un comité de expertos y la supervisión del propio autor. No sé sumar una y otra empresa. Supongamos que entre las dos completé alguna vez el esfuerzo. Sólo recuerdo con gusto la conversación sobre Hamlet en la torre de Dublín y el capítulo de los burdeles cuando Bloom fantasea ser una mujer.

Supongo que muchos lectores han experimentado algo similar –aunque digan lo contrario– durante estos cien años que el libro lleva rodando por el mundo. Entre ellos, uno ilustre, Borges. Cierto editor le propuso traducirlo. Borges lo examinó y renunció a la tarea adjetivándolo de intratable, no al editor sino al texto. Como resultado de la experiencia hizo algunas observaciones ineludibles. El libro es la extrema puesta en escena del realismo en su tendencia naturalista: transcribir la realidad. Es una tarea imposible porque la realidad no es toda ella verbalizable, a contar desde la inmediata experiencia sensible y sentimental. Lo inefable de la realidad es, justamente, lo que hace posible la literatura, sumado al hecho, tan borgiano, de la pobreza de la palabra ante la riqueza de lo real. Dicho más brevemente: hay más cosas que palabras. Es otro recurso de la literatura: apurar las palabras en sí mismas.

La complejidad y la extensión de este libro tienen una ventaja indirecta, que Borges igualmente menciona. Ha generado mucha literatura secundaria, la que más solemos frecuentar algunos lectores desnortados, el escolio de Stuart Gilbert:  ensayos sobre historia de la literatura, anecdotario de su proceso escritural, claves eruditas sobre su contenido. Se sabe que está armado sobre los episodios de la Odisea homérica, que cada capítulo está signado por un sentido (vista, tacto, olfato, etcétera) y un color. Su prosa es a veces melódica y se sabe que Joyce cantaba óperas. En fin: es muy posible hablar de Ulises sin haber soportado su lectura. Como el Quijote, la Divina Comedia y la Ilíada, tienen más comentadores que lectores. Cualquiera puede disertar sobre ellos habiendo eludido recorrerlos por su cuenta.

Joyce era un hombre de variada cultura y numerosas curiosidades de toda índole, en especial la poliglosía, ese enigma humano que consiste en inventar distintas lenguas para designar los mismos objetos. Escribir ese libro intratable era necesario para poner en tela de juicio el acto de escribir. No contento con ello, este irlandés (tan cosmopolita europeo como un judío que fuera un griego clásico) que vivió regularmente lejos de Irlanda intentando escribir también en inglés, este irlandés audaz acometió la tarea de redactar un libro no ya intratable sino francamente ilegible: Finnegan’s Wake. Rompió solemnemente con una de los ancestrales trabajos de nuestra especie: tratar de que lo escrito sea legible. Alguien debía hacerlo. Joyce se designó a sí mismo para intentarlo. Escribir en todas las lenguas a la vez, es decir en ninguna. Ahí queda eso.

Termino con una viñeta que reúne al joven Paul Valéry con el joven André Gide. Paul pregunta: “¿Hay algo de plus emmerdanttradúzcase como se quiera– “que la Ilíada?” André responde: “Sí, la Canción de Rolando”. (*)

(*) El equivalente francés al Poema de Mio Cid. Modestamente propongo traducir emmerdant por coñazo.

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Blas Matamoro

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista. Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de "La Opinión" y "La Razón" (Buenos Aires), "Cuadernos Noventa" (Barcelona) y "Vuelta" (México, bajo la dirección de Octavio Paz). Dirigió la revista "Cuadernos Hispanoamericanos" entre 1996 y 2007, y entre otros muchos libros, es autor de "La ciudad del tango; tango histórico y sociedad" (1969), "Genio y figura de Victoria Ocampo" (1986), "Por el camino de Proust" (1988), "Puesto fronterizo" (2003), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)
En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por "Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina". (Fotografía publicada por cortesía de "Scherzo")