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Verdad, mentira y ficción

Los antiguos decían que la verdad es un acuerdo entre los hechos y la inteligencia, rei et intellectus. Más didácticamente: entre las cosas y las palabras. Con esta simple propuesta se llegó muy lejos, tan lejos que hasta nuestros días intentamos descifrarla. Por lo que he podido averiguar de los que más saben, la idea de verdad no es unívoca. Más bien parece una población que, vista a la distancia, es homogénea y, de cerca, se la comprueba dividida en tribus.

Hay la verdad objetiva, la propia de las ciencias positivas. Se dice, se prueba y se reprueba. Si los métodos son correctos y el objeto está bien determinado, todo el mundo ha de admitirla. El único inconveniente es que toda verdad científica es por su naturaleza, falsable, o sea discutible, por lo cual sus verdades atraviesan siempre un terreno provisorio.

La verdad heredada es la que se acepta porque la aceptaron nuestros mayores y se ha aquilatado por el paso del tiempo. Si dura, algo de verdadero deberá tener.

La verdad autorizada es la que pronuncian unas personas a las que se atribuye competencia, seriedad y noble conducta. Si lo dice Fulano, que es muy respetable, va a misa.

La verdad trascendente es la revelada por la divinidad por los llamados textos inspirados. Es la más fuerte y simple porque basta con creer en ella. El obstáculo reside justamente en su carácter fideísta –no de fideo sino de fe– que es subjetivo y no se puede compartir.

Como se ve, el tema es complejo y desbarata cualquier simpleza que intente resolverlo. Quizá lo más expeditivo, diría que lo más higiénico, sea oponer a la verdad su categoría contradictoria. La fe, la tradición y la autoridad son indiscutibles. Se está en ellas o fuera de ellas, pero no juntos los creyentes y los incrédulos. La verdad científica es más razonable porque lo opuesto a ella es el error, que puede demostrarse objetivamente.

Con esto podría concluir esta columna pero me quedaría en el tintero la mentira como opuesta a la verdad. Las cuatro verdades anteriores son del mundo extramoral. La mentira lo es del mundo ético. Y esto último va en el doble sentido del que miente para enmascarar algo malo que pretende no se conozca, y del que miente para hacer el bien porque lo hace piadosamente. Usted no está enfermo de muerte, la guerra será breve, no habrá recesión. En estos casos estamos ante ficciones y no ante mentiras. Ficción es el acuerdo acerca de algo que sabemos erróneo, falso o inventado y que conviene a la sociedad que se tenga por verdadero. Es lo que Nietzsche decía respecto de la historia. Nunca podremos acceder al hecho puro y duro que ocurrió hace equis tiempo, porque se ha perdido su presencia y han desaparecido unas cuantas huellas de su eventualidad. Y vaya que no se discuten los hechos históricos, si hay una octava Isla Canaria o no la hay, si alguna vez se libró la batalla de Ituzaingó, si el padre de Luis XIV era el cardenal Mazarino o el cardenal Richelieu, santas personalidades de la cual provienen los modernos Borbones.

Este sesudo discurso tiene un modesto objeto práctico: que comprendamos a nuestros dirigentes –no sólo políticos sino todos los demás– cuando se dice que mienten y, en realidad, fingen invocando a Nietzsche, aunque no lo nombren. A su manera, reconcilian las palabras y las cosas y todo lo hacen por el bien ajeno, ya que corren el riesgo de ser considerados mentirosos y condenados a la muerte civil. Sigue la lista.

Imagen superior: «Alegoría de la Verdad» (1793), de Nicolas de Courteille.

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista. Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de "La Opinión" y "La Razón" (Buenos Aires), "Cuadernos Noventa" (Barcelona) y "Vuelta" (México, bajo la dirección de Octavio Paz). Dirigió la revista "Cuadernos Hispanoamericanos" entre 1996 y 2007, y entre otros muchos libros, es autor de "La ciudad del tango; tango histórico y sociedad" (1969), "Genio y figura de Victoria Ocampo" (1986), "Por el camino de Proust" (1988), "Puesto fronterizo" (2003), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)
En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por "Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina". (Fotografía publicada por cortesía de "Scherzo")