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Va de refranes

Éramos pocos y parió la abuela. Para colmo, mellizos: la pandemia y el temporal de nieve. La desdicha enseña. No hay mal que por bien no venga. Podría coleccionarse una ristra de refranes en torno al tema de cómo nuestra condición dolorosa aporta sabiduría a nuestras existencias. Que haber perdido, en definitiva, es una ganancia. Ciertamente, ahí están nuestros muertos, nuestros enfermos, nuestros inválidos, nuestros árboles destrozados, nuestros edificios deteriorados, nuestros parques y locales clausurados pero, en fin, la vida sigue y se acomoda a las grandes superficies y a los ínfimos rincones.

Una mañana salimos a la calle y hallamos una ciudad desconocida, un paisaje que sólo podíamos entender como la secuela de un bombardeo o un terremoto. Estábamos alienados, sometidos a la ineluctable extrañeza de una catástrofe. Fue por eso que, en vez de inmovilizarnos, nos pusimos manos a la obra. Ciertamente, nos sentíamos esquimales, habitantes de una ciudad amurallada por el hielo. O recolectores y ordenadores de escombros como esos berlineses de 1945 que el cine nos mostró, en fila y acarreando baldes con cascotes de la otrora capital imperial. Se trataba, en fin, de recuperar lo enajenado, volver a ser los dueños de la ciudad que la pandemia y la nieve se habían llevado con violencia y nocturnidad.

Y así fue. Vaciamos de palas las ferreterías, armamos cuadrillas con vecinos desconocidos, nos sometimos a las órdenes de los porteros y los jardineros y nos echamos todos y todas ellas y nosotros, a palear hielo y nevizca para que pudiéramos abrirnos paso por unos senderos de este paisaje improvisado. Fue cuando entendimos por enésima vez la pregunta: ¿Qué otra cosa es la vida sino un improvisado paisaje, un yermo convertido en jardín, desertizado por la tormenta y reconstruido como jardín?

En una calle secundaria, con la bolsa de la compra llena de cosas, llegué a una esquina infranqueable, bordeada por rocas de hielo. Varios hombres conversaban detrás de ellas. Uno me miró al verme en apuros, se me acercó, me tendió la mano a través del obstáculo y me ayudó a salvarlo. Nunca sabré su nombre, siquiera si volveremos a vernos pero él supo y me convenció para que yo también lo supiera, que era mi prójimo. En mi memoria, desde luego, sigue siéndolo. Cierro con un consejo refranero: “Al amigo, todo.” Y a los mellizos de la abuela, que se los lleve el Hombre de la Bolsa, maestro en olvidos.

Imagen superior: Pixabay.

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Blas Matamoro

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista. Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de "La Opinión" y "La Razón" (Buenos Aires), "Cuadernos Noventa" (Barcelona) y "Vuelta" (México, bajo la dirección de Octavio Paz). Dirigió la revista "Cuadernos Hispanoamericanos" entre 1996 y 2007, y entre otros muchos libros, es autor de "La ciudad del tango; tango histórico y sociedad" (1969), "Genio y figura de Victoria Ocampo" (1986), "Por el camino de Proust" (1988), "Puesto fronterizo" (2003), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)
En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por "Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina". (Fotografía publicada por cortesía de "Scherzo")