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Una reflexión sobre el perdón

El presente escrito tiene como objetivo presentar una reflexión filosófica sobre el perdón como un modo de eliminar la distancia con el otro. Es decir, cómo el perdón nos acerca hacia aquellos que situamos en la distancia con respecto a nuestro centro, o bien aquellos a los que, a causa de sus acciones, los situamos en una posición inferior. Así pues, el artículo irá tratando diversos aspectos del acto de perdonar (así como también del acto de ser perdonados) desde distintas perspectivas, para dar cuenta de que el perdón es el acercamiento más nuclear con el otro.

Gracias al perdón, somos capaces de recortar distancias y entender los motivos de los actos del otro. Además, a través del perdón podemos llegar a entender que aquél que tengo delante es como yo: alguien que sufre, ríe, ama y teme; el perdón elimina esta otredad instaurada y nos hace entender que podemos ser aquella persona que tenemos en frente.

Primeramente, es necesario decir que el perdón es una entrega, un darse continuamente al otro, un don que rompe con todo lo que se esperaría de una discusión. Rompe con la cadena de la venganza, del rencor y del odio. Es una deuda voluntaria que sale desde lo más profundo de cada uno; dejamos de prestar atención a nuestra propia voz interior para escuchar la del otro. El perdón es un acto que esconde una apertura hacia la persona que tengo en frente y que empieza a verse como rostro.

El teólogo portugués José Tolentino Mendonça nos habla del perdón como una comprensión de nuestra vulnerabilidad, nos hace entender que ninguno de nosotros queda exento de ser herido o de herir, y por ello necesitamos del perdón que nos libera del círculo vicioso de la venganza, de la infelicidad y de la tristeza. Este autor también señala que «el acto de perdonar es una declaración unilateral de esperanza. El perdón no es un acuerdo (…) sino un gesto unilateral que enmudece la voz de la venganza y cree que detrás del que me ha herido hay un ser vulnerable, capaz de cambiar. Perdonar es creer en la capacidad de transformación, empezando por la propia. (…) Para perdonar, es necesario anhelar furiosa y pacientemente lo que (todavía) no existe. El perdón empieza por una luz diminuta. Hay que saber insistir y esperar. El sol no sale de repente. Esa demora es la condición de su verdad».

Así pues, el perdón constituye un elemento esencial de convivencia y nos da la posibilidad de reconstruir vínculos interpersonales mucho más fuertes, eliminando la alteridad que se establece entre el que perdona y el que es perdonado. Pero para que esto sea posible es necesario una atención paciente hacia aquello que ocurre, atención que nos permite tiempo para pensar. Sólo mediante una meditación previa es posible el perdón.

Para perdonar (o ser perdonado) necesitamos fundamentalmente de la memoria, porque si olvidáramos la falta cometida (cancelando así la deuda), no sería posible perdonar. Es importante acordarnos del motivo por el que perdonamos, sólo así es posible ejecutar el acto del perdón; teniendo presente el daño cometido podemos remediarlo.

El filósofo Josep Maria Esquirol nos dice que «sólo a causa de la memoria el tiempo pasado no está acabado y el presente (lo que nos es ‘presente’) no se reduce y pervierte en la actualidad. La resistencia empieza inevitablemente cuando se mira hacia atrás». Y el perdón, sin duda, es un modo de resistencia porque rompe con la dinámica (tan presente hoy en día) de obtener algo a cambio: el perdón se da sin esperar una recompensa. Con él se pretende establecer una relación de igualdad donde ambos (el que perdona y el que es perdonado) sean rostro el uno para el otro.

Para ello, también debe ser fundamental la gratitud. Ésta no se espera ni se pide, sino que se da cuando existe una relación sincera. Sin esta honesta gratitud, no hay unión ni cuidados posibles.

Por consiguiente, el perdón debe estar plenamente ligado con el agradecimiento de aquél que nos perdona lo imperdonable. Y no se trata de una gratitud finita, sino más bien inagotable. Quien perdona no exige ninguna condición (incluso tampoco el arrepentimiento de quien ha cometido el acto), y es esto precisamente lo que nos permite acercarnos y restablecer la visión de que todos somos seres finitos que necesitamos de los otros. Pero es importante añadir que el perdón no es, ni mucho menos, una banalización del mal, ni pretende no condenar los actos cometidos, sino al contrario, el perdón requiere previamente de la justicia para poder eliminar esta alteridad que nos enemista.

Probablemente, es en el Evangelio donde encontramos la mayor ejemplaridad de lo que verdaderamente es el perdón. Éste se nos presenta bajo dos preguntas esenciales: “¿A quién debo perdonar?” y “¿Cuándo debo perdonar?”.

Para contestar a ambas preguntas es necesario recurrir a la vida de Jesús. Su enseñanza principal, a través de la cual se estructura el ejercicio del perdón, es que todos somos hermanos (porque somos hijos de Dios) y por lo tanto poseemos una dignidad ontológica que jamás podemos mancillar. Esto implica que todos, por el hecho de ser personas, merecemos ser perdonados siempre. Jesús de Nazaret perdona a los pecadores dándoles una nueva oportunidad, y con ello reinstaura una dinámica distinta: la compasión, la empatía y la ayuda.

Las enseñanzas de Jesús nos dicen que todos merecemos tantas oportunidades como veces que pequemos y que el perdón siempre debe estar presente cuando éste sea reclamado. Y es que el perdón cura la culpa y restaura entre los individuos la igualdad.

Además, es importante añadir que con el cristianismo el perdón no es sólo entre nosotros, sino que también lo es de Dios. Para el cristianismo, Dios perdona siempre porque éste es puro amor y nos ama de forma incondicional, su entrega con respecto a nosotros es suprema y absoluta. Debemos aprender de él.

Somos esencialmente vulnerables y esto «se expresa en las situaciones sociales, históricas y políticas de precariedad, y esta precariedad hace referencia al hecho de que nuestra vida siempre está, en cierto sentido, en manos de otro, expuesta al otro, tanto como al que conocemos como al que no», dice Joan Carles Mélich. Esto implica que vamos a necesitar la ayuda de los otros; no nos podemos alejar de ellos.

Olvidar esta premisa lleva precisamente a esta alteridad “demoledora”, es decir, nos lleva a ver siempre en el otro una enemistad, venganza y adversidad, en vez de comprenderlo como alguien que también tiene heridas, que también sufre y que requiere de nuestro perdón. El perdón es el único modo de eliminar distancias con el otro y recuperar un acercamiento sincero.

Y es que, a pesar de todo, vale la pena cuidar nuestros actos, pero sobre todo, cuidar al otro que clama nuestra ayuda; sólo de este modo podemos eliminar la diferencia que situamos entre nosotros y empezar a ver a aquellos que tengo en frente como rostro. Comprender que son rostro y no cara implica ver en ellos la extrema vulnerabilidad que me interpela y esto sólo puede realizarse a través del perdón.

Bibliografía

Esquirol, Josep Maria. La resistencia íntima. Ensayo de una filosofía de la proximidad. Ed. Acantilado, Barcelona, 2015.

Mélich, Joan Carles. La condició vulnerable. Assaig de filosofia literaria. Ed. Arcadia, Barcelona, 2018

Tolentino Mendonça, José. Pequeña teología de la lentitud, Ed. Fragmenta, España, 2017

Copyright del artículo © Paula Sánchez. Publicado previamente en Filosofía en la red y editado en Cualia con permiso de la autora. Reservados todos los derechos.

Paula Sánchez

Paula Sánchez

Estudiante de Filosofía en la Universidad de Barcelona y de Ciencias Religiosas en el Institut Superior de Ciències Religioses de Barcelona (ISCREB). Combina sus estudios con distintos seminarios (sobre todo de teología, en el Centre d'Estudis Cristianisme i Justícia) y forma parte del Seminario de Teología y Ciencias de Barcelona (STICB).