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Una función como (casi) las de antes

Josep Mestres Cabanes fue un pintor y, para lo que aquí interesa, un escenógrafo operístico que en el Gran Teatro del Liceo ejerció su actividad entre 1941, con un Lohengrin wagneriano, y 1957, cuando se cerró el taller del teatro, asimismo con otro título del compositor alemán: Tristan und Isolde.

Sus formidables trabajos fueron continuamente repuestos y en 1989 aún se disfrutaba de otro Wagner suyo, el de Los maestros cantores. Pintor realista al cien por cien, sus plasmaciones escénicas se distinguieron siempre por la arrolladora belleza de su hechura. No es de extrañar que sigan siendo modelos del mejor hacer tradicional operístico y es de agradecer que el teatro barcelonés haya recuperado últimamente ‒del 13 de enero al 2 de febrero de 2020‒ uno de sus más ostentosos logros, precisamente en una obra que se presta a grandiosas y suntuosas escenografías: la Aida verdiana.

Fue vista por vez primera en diciembre de 1944, con Fidela Campiña e Hipólito Lázaro. Rescatada ya en 2003, con dirección escénica de José Antonio Gutiérrez y musical de Miguel Ángel Gómez Martínez, Daniela Dessì y Fabio Armiliato en la pareja amorosa, regresa diecisiete años después con vestuario de una excelente profesional del medio: Franca Squarciapino. La figurinista italiana supo adaptar su exquisita imaginación, como era de esperar, a los decorados de su antecesor en un espectáculo, pues, de un atractivo visual extraordinario.

Ha sido un acierto que una de sus funciones se pudiera disfrutar a través de las pantallas cinematográficas del Palacio de la Prensa, a pesar de que las especiales características de algunos momentos de la segunda parte resultaran un tanto oscuras de visualización. No obstante, como de costumbre, la cuidada iluminación de Albert Faurá que hubo de acudir los medios lumínicos de la época de la original realización, ya que los actuales con su potencia podrían dañar las pinturas reforzadas al ser pegadas a telas de mayor densidad y cuerpo. Una irreprochable labor de la que se encargó Jordi Castells. Igualmente, esa dificultad en las imágenes se había detectado con la comercialización videográfica de la reposición anteriormente citada, que figura en el nutrido catálogo del sello Opus Arte.

Thomas Guthrie, regista inglés, tomó el relevo en la dirección escénica de 2020 a José Antonio Gutiérrez en 2003. Guthrie se redujo a contar lo que ocurre en la acción, con claras y sencillas indicaciones actorales, resolviendo la complicada escena triunfal con los habituales recursos y dejando que el coreógrafo Angelo Smimmo se inclinara por unos bailarines más gimnastas que danzantes. Los resultados fueron superiores en el último de los tres ballets, de corte primitivo y guerrero. Pero Guthrie no perdió la ocasión de incluir su granito de arena: una niña escriba sedente, con tierna mirada y abrazo de un señor, abre (durante el preludio) y cierra la ópera. ¿Significado? Cualquiera podrá entenderlo a su manera; el responsable sabrá el por qué.

Gustavo Gimeno hizo una lectura musical de competente dignidad con una orquesta y un coro (preparado por Conxita García) que sonaron bien. La función fue ganando calidad e interés hasta un muy conseguido último acto, gracias en especial al espléndido rendimiento de Clémentine Margaine, una Amneris de voz, regia presencia y temperamento acordes con las posibilidades brindadas por tan jugoso papel. Hasta la pareja amorosa mejoró en el cuadro siguiente una prestación que hasta ese momento el calificativo mejor dedicado sería el de irregular.

La imponente voz de Angela Meade (que debutaba Aida) posee sin límites las exigencias vocales del personaje. Tras un Ritorna vincitor aceptable llegó al exigente acto III (que es todo suyo) algo indecisa, hasta el punto de que necesitó tres intentos para alcanzar el do agudo de la elegiaca O patria mia, no por carecer de la nota (que la tiene con prodigalidad), sino por calcular mal la respiración. Mejor en el dúo con Radamès, en general sería necesario que mejorara un fraseo un tanto cuadrado. Quizás ello venga con el rodaje sucesivo de la parte; los medios, como ya se adelantó, están ahí, ricos y pródigos y, además, perfectamente adecuados al papel.

Yonghoon Lee entendió a Radamès por su parte más heroica, la del guerrero, y menos por la del amoroso. Por lo que brilló en las oportunidades que para ello cuenta el personaje. La voz no es precisamente bella (algo nasal a veces), pero es sólida y poderosa, aunque, inexplicablemente, tienda a forzarla cuando falta de ello no le hace. Hasta el citado dúo final, donde se atrevió a reducirla a unas medias voces no del todo bien emitidas, su Radamés fue sobre todo hercúleo y, como actor (estático, rígido) bien susceptible de revisar y mejorar. En cuestiones de dicción ¿por qué se dirigió en ocasiones a su amada como “Aide”?

Franco Vassallo aprovechó su escena y el dúo con Aida para dar cuenta de medios suficientes y de un concepto cabal del agresivo y poco paternalista Amonasro, un poco llevado a territorios veristas.

Kwangchul Youn sigue manteniendo su rica presencia vocal aunque no sea ya el gran bajo de tiempos mejores. Il Re de Mariano Buccino, caracterizado (o no caracterizado) como algo joven para ser el padre de Amneris, tuvo autoridad de acentos pero la última frase se le fue de tono.

Colaboraron sin sobresaltos Berna Perles (Sacerdotisa) y Josep Fadò (Mensajero, presente asimismo en las funciones de 2003).

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Fernando Fraga

Fernando Fraga

Es uno de los estudiosos de la ópera más destacados de nuestro país. Desde 1980 se dedica al mundo de la música como crítico y conferenciante.
Tres años después comenzó a colaborar en Radio Clásica de Radio Nacional de España. Sus críticas y artículos aparecen habitualmente en la revista "Scherzo".
Asimismo, es colaborador de otras publicaciones culturales, como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Crítica de Arte", "Ópera Actual", "Ritmo" y "Revista de Occidente". Junto a Blas Matamoro, ha escrito los libros "Vivir la ópera" (1994), "La ópera" (1995), "Morir para la ópera" (1996) y "Plácido Domingo: historia de una voz" (1996). Es autor de las monografías "Rossini" (1998), "Verdi" (2000), "Simplemente divas" (2014) y "Maria Callas. El adiós a la diva" (2017). En colaboración con Enrique Pérez Adrián escribió "Los mejores discos de ópera" (2001) y "Verdi y Wagner. Sus mejores grabaciones en DVD y CD" (2013).