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Un genio llamado Ignacio Gómez de Liaño

Parece que en España, por costumbre, los grandes escritores deben permanecer en el olvido mientras que otros, más dotados para la publicidad que para el arte, son laureados con honores dignos del mismo Virgilio. Bien. Como se suele decir en estos casos, el tiempo pone a todos en su sitio.

En una entrevista a Vladimir Nabokov se le pidió al autor de Lolita su opinión acerca de la literatura de su tiempo: “Solo hay unos pocos grandes escritores ‒respondió‒ y su trabajo es grotescamente imitado por un número de escritorzuelos banales a quienes una falsa etiqueta ayuda comercialmente”.

De no ser por la humildad que, a diferencia de Nabokov, caracteriza a Ignacio Gómez de Liaño, el autor madrileño nacido en 1946 podría identificarse con esos grandes escritores de los que habla el novelista ruso. Es más, su erudición y calidad literaria hacen que Gómez de Liaño destaque en nuestros días como un auténtico clásico. Su obra no tiene parangón en la historia reciente del pensamiento español. Para empezar, hablamos del gran filósofo español sobre la memoria y sus múltiples ramificaciones.

Gómez de Liaño es autor de una bibliografía apabullante, tanto por su volumen como por su ambición y calidad. Se trata de una obra no sistemática que, sin embargo, toca casi todos los campos del pensamiento (ética, historia, metafísica, política, simbolismo). También ha practicado la literatura, tanto desde la prosa como desde el verso, y ha cultivado el arte, como crítico y amigo de numerosos pintores contemporáneos.

En su itinerario se recoge el del siglo XX al completo: glosando sus desastres, apuntando sus derivaciones, iluminando sus grandes momentos. Y en el Olimpo de sus referentes permanecen los nombres que han formado la filosofía de Oriente y de Occidente. Un Olimpo en el que por supuesto se encuentra ya integrado.

En las últimas décadas, el desarrollo de las nuevas tecnologías, con su capacidad casi ilimitada de almacenamiento de información, nos ha llevado al desprecio por la memoria, que para autores de la relevancia de Dante equivalía en muchos sentidos al alma, en cuanto que constituyente nuclear del ser.

De alguna forma, esta pérdida de la memoria es el correlato al poderoso empuje de la tecnificación sobre lo humano. En este sentido, la obra de Gómez de Liaño es deudora de las meditaciones de Ernst Jünger acerca de los últimos estadios en la historia occidental. La lucidez de Jünger acerca del precio que el hombre moderno tendría que pagar la comodidad dispensada por la técnica ha sido completada por el filósofo español con sus conocimientos de la obra de Giordano Bruno o de Athanasius Kircher, entre otros,

Después de una larga trayectoria, Gómez de Liaño publicó en 2018 un libro que, desde entonces, ha sufrido varias reediciones sin alcanzar el éxito merecido: Democracia, Islam, Nacionalismo (2018). Esta es la obra que, tras cada atentado yihadista, ha servido para explicar los verdaderos motivos que esconde dicho horror. El autor realiza una semblanza de Mahoma y alerta, con los textos sagrados en la mano, de los peligros que entraña una creciente islamización de España y de Europa. También propone soluciones: «¿Qué más se puede hacer? ‒escribe‒ Invocar los textos del Corán que abogan por la tolerancia religiosa y las relaciones pacíficas entre musulmanes y dimmíes [cristianos y judíos, tradicionalmente discriminados y perseguidos]. Lo que significa oponerse a los juristas y teólogos que, invocando el principio de abrogación o revocación de un texto anterior del Corán por otro posterior, han establecido doctrinas extremistas de la yihad y de la discriminación de todo no musulmán hasta imponerlas como deber colectivo. Los musulmanes deben cobrar conciencia de que el Corán, como todo escrito, especialmente si es normativo, solo tiene sentido y validez dentro de un determinado contexto ‒el de Mahoma y la sociedad árabe de su tiempo‒ y que pretender mantener sus normas en un contexto diferente ‒el de las sociedades contemporáneas‒ es de todo punto improcedente. (…) Y hay ‒punto importante‒ que evitar dar alas a las tendencias de tipo anti-islámico, pues los propios musulmanes son víctimas en su inmensa mayoría de los islamistas, como se ve en Irán, Pakistán, Afganistán, Sudán, Egipto, Turquía, Argelia y tantos otros países. Cientos de miles, millones de musulmanes, han muerto de forma violenta en el curso de las guerras civiles que, en el último medio siglo, han tenido lugar en esos países».

Incluye Gómez de Liaño en esta obra clave una semblanza de Lutero y da cuenta de la imparable “protestantización” de la cultura occidental. Asimismo, denuncia el racismo latente en toda forma de nacionalismo. «Lo que más sorprende ‒escribe‒ es que España haya podido mantener su integridad nacional con una Constitución confeccionada a la medida de partidos cuyos miembros desconocen la historia de España o incluso se declaran sus enemigos. Una Constitución que, de haber estado en vigor en Alemania, Francia o Italia, habría llevado a esos países a su inexorable desmoronamiento. (…) El núcleo del problema nacionalista está, pues, en las trabas que los no nacionalistas se ponen a sí mismos para hacerle frente, empezando por la primera de esas trabas, que es de carácter educativo».

En Democracia, Islam, Nacionalismo aborda Gómez de Liaño el catolicismo cultural de Jorge Santayana como legado a preservar ante la decadencia actual de dicha religión. Y por supuesto, recoge las tropelías de las “religiones políticas” del siglo XX ‒fascismo, comunismo y nacionalsocialismo‒, frente a una democracia que el filósofo siempre ha propuesto recuperar: «Como nuestra vida individual no tiene otra alternativa que la de desarrollarse dentro del Estado ‒escribe‒, importa mucho que la casa esté bien construida y que la convivencia no esté a merced de las fantasías mesiánicas y los caprichos megalómanos de algunos de los inquilinos. (…) Cuando los partidos, en vez de potenciar la participación ciudadana, anteponen a toda otra costa su supervivencia, es que el Estado está mal constituido y se ha vuelto una ficción de democracia. (…) De ahí que una de las primeras cosas que hay que sacar de la cabeza de la gente es la idea de que el medio más adecuado para salvaguardar la libertad, la igualdad y otros derechos fundamentales es que el Estado sea débil, cuando la experiencia y la lógica enseñan que toda sustracción de poder que se hace al Estado, si este es un verdadero Estado de derecho, tiene la inexorable consecuencia de someter a la mayoría al arbitrio de minorías poderosas. Subrayo lo de ‘verdadero Estado de derecho’, pues si no lo es, entonces, al fortalecer al Estado, lo que hacemos es convertirlo en un ente político de signo totalitario, al estilo de los creados por Lenin en Rusia y por Hitler en Alemania».

Gómez de Liaño es un autor madrileño, español, europeo y universal pero siempre ha tenido presente el pueblo del que surgieron sus antepasados: Peñaranda de Bracamonte. Fue un niño brillante en el que latía el genio desde el principio y que demostró pronto su gran memoria ‒en buena medida heredada de su familia‒, así como un talento poético precoz que se manifestó en varios textos líricos, insultantemente tempranos, con influencias claras de lo más granado del Siglo de Oro español y de lo más selecto de la llamada Generación del 27.

Años después, pudo disponer del magisterio directo de algunos de los más grandes intelectuales de la época, como Francisco Rodríguez Adrados ‒siempre lo consideró su mejor alumno de latín‒ o José Luis Pinillos ‒le dirigió su tesis de licenciatura en filosofía‒. En los años siguientes, Gómez de Liaño no quiso quedarse estancado en el culteranismo, como le ocurriría a otros contemporáneos, y pasó a encarnar la poesía en la propia vida y sacarla a la calle, como en una procesión, volviéndose, con ello, la figura clave de la vanguardia española gracias a un manifiesto, Abandonner l’écriture (Abandonar la escritura), que prácticamente coincidió en el tiempo con el Mayo del 68 parisino.

Pero pronto dio el salto hacia la poesía experimental ‒a través de la poesía concreta, la poesía visual y la poesía de acción‒ e introdujo el vanguardismo dadaísta de Hugo Ball y el Cabaret Voltaire en España, realizando los primeros poemas públicos y manteniendo una amistad estrecha con Henri Chopin o con Alain Arias-Misson.

Exploró la poesía visual, la gramática generativa y los avances informáticos de la época y supo incorporarlos a una obra propia tan voraz como amplia en sus manifestaciones. Participó en los Encuentros de Pamplona de 1972 que siguen suponiendo un hito sin superar en la cultura experimental española.

Gracias a eso y a su omnívoro interés por las artes, se mezcló con una generación de artistas ‒Herminio Molero, Juana Mordó, Manolo Quejido, Eusebio Sempere‒, editores ‒Jesús Aguirre, Jaime Salinas‒, críticos de arte ‒Francisco Calvo Serraller, Juan Manuel Bonet‒ y escritores ‒Fernando Savater, Antonio Escohotado, Gabriel Albiac, Luis Alberto de Cuenca, Antonio Colinas, Andrés Trapiello o, más recientemente, Ilia Galán‒ de los que ha sido su mejor cronista a través de varias obras como Libro de los artistas (2016) o su más completo libro de diarios publicados hasta la fecha, En la red del tiempo 1972-1977 (2013), donde da cuenta de los años finales del franquismo y de una etapa fundamental en su formación intelectual y profesional, que más tarde desembocaría dentro de la universidad española.

Ese «tren de la vida», como él dice en Libro de los artistas, «sigue y sigue su curso , y hace paradas, sin salir del carril de los 60, en estaciones de nombres no menos conocidos, como Lugán, Julio Plaza, Elena Asins y Javier Utray. Y, entre los años 60 y los 70, en otras que se llaman Isidoro Valcárcel Medina, Pablo Pérez-Mínguez y William Burroughs. En los 70, este tren mío de la vida pasará por las de Guillermo Pérez Villalta, José Hernández, Carlos Durán, Carlos Forns, Alfonso Albacete, Chema Cobo y, sobre todo, por la del gran Salvador Dalí (…) El tren, claro está, siguió su marcha, atravesó las estaciones de los años 80 y los 90, cruzó la frontera del nuevo milenio, ha seguido haciendo paradas en estaciones».

Todo ello confluye en la exposición que se pudo ver en el Museo Reina Sofía (Abandonar la escritura. Ignacio Gómez de Liaño, 18 de diciembre de 2019 – 2 de noviembre de 2020), pero que trascendía sus contingencias biográficas para dar testimonio de una época.

Gómez de Liaño siempre ha sido un viajero y un estudioso. Un monje mundano a caballo entre lo fugaz y lo permanente. Su novela Extravíos (2007), una de las mejores en lo que va de siglo, es el mejor relato de una época. Sus dos protagonistas, Celso y Marcial ‒un hombre pragmático y un hombre místico‒, resumen bien las dos facetas más evidentes del autor: la acción y la contemplación.

Frecuentó a William Burroughs, Brion Gysin y Paul de Vree, entre otros. Vivió en Londres, donde pudo acceder a las más selectas bibliotecas para formase con sus lecturas exclusivas. Fue profesor universitario en Japón (Osaka) y en China (Pekín), mucho antes de que el turismo banalizara el concepto de viajero. Y sobre todo, fue amigo muy íntimo de Salvador Dalí hasta el final de su vida, y después, se convirtió en el mayor experto mundial en su obra. Aquellos años han quedado recogidos en El camino de Dalí (Diario personal 1978-1989) (2004).

El pintor sirvió de inspiración, además, para el personaje Kavalis de su novela Arcadia (1981). Más adelante, todos los escritos ‒artículos, conferencias, ensayos‒ sobre la obra de su maestro y amigo quedaron recogidos en Dalí descifrado, un libro que fue reeditado en 2021, en una versión ampliada y definitiva.

https://youtu.be/q4OauSSYFF4

El estudio de la vida del conde de Villamediana como antecedente en esa pretensión de encarnar la poesía en la vida, le llevó a la obra de otros autores herméticos, esotéricos y cercanos a la alquimia, como Pico della Mirandola, Marsilio Ficino y el gran Athanasius Kircher, al que pudo editar más adelante.

Esto último le hizo abandonar en buena medida la influencia que hasta entonces habían marcado en su obra los autores de la Escuela de Frankfurt ‒especialmente Theodor W. Adorno, al que investigó a fondo‒, como se puede apreciar en el breve texto Más allá de las ideologías, recuperado en 2020 por Ediciones de la Agencia Literaria Kolaval.

Un descubrimiento trascendental fue el de Giordano Bruno, al que tradujo por primera vez en España, editó como nadie, prologó con la maestría marca de la casa y del que es su máximo especialista mundial. Dicho descubrimiento le llevaría, a través de la senda iniciada por Frances A. Yates en libros como El arte de la memoria, al estudio del Teatro de la Memoria de Giulio Camillo, las utopías del Renacimiento, las reglas mnemotécnicas desde tiempos de Simónides de Ceos y, finalmente, los diagramas gnósticos —de los que indudablemente bebió Bruno— que analizó en profundidad. Esa exploración le llevó a comprobar, tras un primer viaje a Japón y un peregrinaje posterior a través de varios caminos concomitantes con la Ruta de la Seda, como en realidad la cultura clásica griega se había extendido por Oriente y, finalmente, estaba siendo recuperada.

Para este trabajo monumental, Gómez de Liaño se documentó sin descanso durante una década, leyendo en las lenguas originales toda la cultura clásica,  recopilando cada una de las variantes de todos los mitos gnósticos y, por fin, descifrando su expansión y sus conexiones con la cultura oriental hasta terminar impregnando la cultura semita y la judía para volver a integrarse en lo que conocemos como Europa. Dicha labor cristalizó en otras dos obras imponentes, El círculo de la sabiduría (1997-1998) y Filósofos griegos, videntes judíos (2000), y en un anexo posterior, El diagrama del primer evangelio (2003). No obstante, también impregnaría todo su trabajo posterior de forma decisiva.

«A Bruno ‒escribe en El idioma de la imaginación (1992)‒ se le conoció en su tiempo, sobre todo, por sus artes, sistemas y métodos de la memoria, lo que en siglos posteriores se ha tendido a olvidar. El arte que aprendiera, bajo la inspiración teológica de Santo Tomás de Aquino, en el convento dominicano de Nápoles, lo fundó y completó con la filosofía platonizante y hermética del Renacimiento, con el arte luliana (ante el tribunal de la Inquisición dirá que sabe de lulismo más que el propio Lulio) y con la técnica de componer imágenes, en la que confluían el arte de los emblemas y jeroglíficos y el de los talismanes astrológicos. Nada tiene de extraño que con tan abigarrada y apretada fórmula pretendiera enseñar los secretos de la mente, del mundo y de la lengua de los dioses».

Ignacio Gómez de Liaño lleva décadas perfeccionando un estilo literario “invisible”, amable con el lector, capaz de transparentar la excelente conversación que tiene el propio autor y una escritura que remite a los grandes nombres en el uso de la lengua: Galdós, Gracián o el propio Cervantes. Y esa voluntad de hacer un estilo pulcro y limpio, sin duda alguna el más difícil de cuantos el español comprende, tiene su correlato en una claridad de ideas y una ordenación del pensamiento dignas del mejor elogio.

Ha logrado pensar la poesía desde la filosofía y la filosofía desde la poesía, como demuestra su libro Filosofía y ficción (2020), donde reflexiona sobre el arte de contar historias al tiempo que ensaya sus propios cuentos relacionados con el pensamiento y con sus recuerdos personales.

A esa obra se suma una poética más amplia, que ha desarrollado a través de su inmenso conocimiento como lector en libros como Paisajes del placer y de la culpa (1990) o La variedad del mundo (2009), donde estudia, con una voz firme y propia, la obra de algunos de los mayores escritores de todos los tiempos.

En cuanto a la filosofía, destaca el díptico compuesto por El idioma de la imaginación y La mentira social. Imágenes, mitos y conducta (1989, revisado en 2019). En estos libros, reflexiona sobre la sociedad del momento, la mentira, los diferentes planos que componen la realidad y la evolución del imaginario en tiempos de masificación

«En el hombre masa de nuestros días ‒escribe en La mentira social‒ se observa el sentimiento de prepotencia que tanto se destaca en el hombre masa clásico, representado por el proletario, el señorito y el especialista, pero está matizado con el no menos vivo de su insignificancia y superfluidad. Es éste un complejo muy vivo en una sociedad tan representativa del individuo masa como la nipona. Cuando a la caída de la tarde el nuevo hombre masa se coloca ante el televisor o ante la pantalla del ordenador, a fin de no verse obligado a estar ni un minuto a solas consigo mismo, la técnica acude en su socorro y el milagro del nirvana se produce en el 99,9 por 100 de los casos. (…) Pero no sólo se le roba su tiempo, sino algo no menos grave: la relación directa con los demás (…) Desde que dispone de internet, ese sentimiento de poder se ha multiplicado. Ya puede estar seguro de haberse convertido en un sabio cósmico. Pero la realidad es que, si no se toma la molestia de cultivar su capacidad de memorizar y de organizar adecuadamente la información almacenada en la memoria, de potenciar su capacidad de razonar, analizar y usar la lengua, entonces su pretensión de estar en posesión de una sapiencia y conocimiento universales no pasa de ser un nuevo capítulo de la Historia de la Necedad y las Apariencias».

Gómez de Liaño es, asimismo, el autor de otro libro de una hondura y una complejidad superior a cualquier otro de su tiempo, Iluminaciones filosóficas (2001), donde cristaliza una filosofía que parece hecha a retazos y que, sin embargo, resulta tan coherente como perfectamente engarzada.

Toda su poesía está recopilada en el volumen Carro de noche (2010) y su teatro comprende tres obras de carácter histórico y biográfico recogidas en un único libro: Hipatia, Bruno, Villamediana. Tres tragedias del espíritu (2008).

Su obra literaria supone un jalón fundamental en la narrativa de final del siglo XX y principios del siglo XXI con una novela puramente posmoderna, Los juegos del Sacromonte (1975), a caballo entre el ensayo y la ficción, que propone una teoría propia sobre el origen del Quijote y que, en buena medida, se adelanta a un tipo de trama muy erudita que más tarde explotaron con éxito Umberto Eco en El nombre de la rosa o Theodore Roszak en Parpadeo.

En Arcadia (1981), una novela de viajes que se incrusta en una tradición iniciada con la Odisea, narra las peripecias de un alter ego suyo a partir de un viaje a Grecia que pasa por el Templo de Delfos y donde lo geográfico y lo simbólico se solapan hasta confundirse.

Musapol (1999) ‒reeditada como El Juego de las Salas de Salas en 2018‒, su obra de mayor implicación filosófica ‒y mi favorita de entre las suyas‒, es otra novela de viajes, esta vez con un personaje principal doble, modelo que repetiría en su siguiente novela. Ambos protagonistas representan las dos perfectas mitades del ser humano y se ven inmersos en un viaje iniciático inspirado por un personaje sabio y misterioso, Gregorio Salas, que les conducirá a Siberia, en busca de una civilización utópica construida de espaldas a la técnica ‒la misma que somete por entero al mundo moderno‒ y donde la han sustituido con éxito por el arte de la memoria como eje civilizatorio tal y como lo describió Giordano Bruno.

Tras numerosos años de trabajo, apareció su novela Extravíos (2007), donde se retoma la idea de los dos viajeros para incorporar la propia experiencia biográfica del autor: algunos hechos fundamentales de su tiempo, aunque sea de lejos, como la Guerra de Vietnam; los experimentos poéticos realizados por el propio autor; el hippismo narrado desde dentro y compuesto por la clásica fórmula de contracultura, amor libre y consumo de drogas; una colección enorme de ciudades del mundo ‒Madrid, Macao, Venecia, Nueva York, Hong Kong o… Wuhan‒; discusiones filosóficas sobre lo divino y lo humano ‒en la línea de La montaña mágica o de El hombre sin atributos‒ con personajes inspirados en personas reales ‒algunas de ellas de renombre‒; el arte moderno —aparece un tal Marcelo Delcampo que no es sino una versión de Marcel Duchamp—; y los grandes temas como el amor o el sentido de la vida en el contexto de su generación.

Se trata de una obra maestra de ambición ilimitada que, quizás, hubiera tenido una continuación, o varias, de no haber sido ninguneada por la crítica literaria española (Una crítica que, en realidad, es inexistente por aquello de haber degenerado en mera publicidad).

A pesar de haber vivido la Movida madrileña en primera persona y de haber sido una figura cultural fundamental durante la Transición, Gómez de Liaño no participa de la mitificación de ninguno de estos momentos históricos y siempre ha defendido el inmenso legado cultural de los años del franquismo, que ha tenido muy mala continuidad después. Tampoco ha participado del negocio literario endogámico, articulado sobre grupos de prensa influyentes, oficiales y oficiosos como PRISA.

De la misma manera, ha sido pionero en su valiente ataque a los nacionalismos y en su denuncia comprometida de la oligarquía que ha secuestrado nuestra democracia, como defiende en un libro fundamental para entender la decadencia de las libertades en España, Recuperar la democracia (2008), del que el ya citado Democracia, Islam, Nacionalismo es, en buena medida, una continuación.

Ambas obras componen, tomadas en conjunto, el texto clave para entender la situación social y política actual, en Occidente y, especialmente, en nuestra maltrecha España.

Pocos saben que el fenómeno de merecida revalorización de la Leyenda Negra en España empezó con Ignacio Gómez de Liaño y su labor editorial dirigiendo la sección de ensayo en Siruela. En ella se publicó, gracias a su intervención directa, Imperiofobia, escrito por su amiga María Elvira Roca Barea, hasta entonces una escritora desconocida y que hoy está donde corresponde a alguien de su enorme talla.

Unos años antes, tras décadas de olvido para el gran público, el propio Gómez de Liaño ya había reabierto esa veta con su apasionante estudio de Carlos III, para Gómez de Liaño el primer rey ilustrado europeo, a pesar de que la Leyenda Negra haya escamoteado durante siglos ese dato. El Reino de las Luces (2015), título del libro mencionado, hubiera merecido una mayor difusión y debería ser recuperado ahora que existe un público con interés en esa reparación del legado español oculto.

Los libros de Ignacio Gómez de Liaño tienen reediciones constantes. Nunca han dejado de venderse bien, a pesar del silencio crítico y mediático que pesa sobre su obra. Es el gran intelectual europeo de los últimos 50 años, incluso por encima de figuras tan admirables como George Steiner, Roberto Calasso o Pascal Quignard. Ha compuesto ‒y sigue componiendo‒ una bibliografía que encuentra una evidente continuidad temática entre sí. La mejor, con diferencia, de su tiempo, que podrá ser leída dentro de cientos de años, si es que alguien lee en ese futuro.

Terminaré con una nota personal: mi primer trabajo universitario de tema libre consistió en comparar Las ciudades invisibles de Italo Calvino con Musapol de Ignacio Gómez de Liaño. Dos años después de aquello, tuve la fortuna de cruzarme con el propio Gómez de Liaño al salir yo de una librería en el centro de Madrid. Él se encontraba en el transcurso de uno de esos paseos meditabundos a los que, como buen filósofo, es dado a entregarse. Un arranque de osadía me llevó a “asaltarle”. Lejos de mostrarse desagradable, me invitó a tomar un café otro día en su domicilio.

Conversamos durante horas una mañana de lluvia y me regaló el que era su último libro, Democracia, Islam, Nacionalismo. Durante aquella primera visita, me sorprendió encontrar en la inmensa librería de su casa decenas de pequeños cuadernos, alojados en la parte superior. “Son mis diarios sin publicar”, me aclaró (En la red del tiempo, su mayor volumen de dietarios supera, con mucho, las mil páginas).

En los meses posteriores, me abrió su casa, llena de cuadros, objetos antiguos y libros. Me mostró sus documentos: cartas, artículos en papel oxidado y publicaciones inencontrables. Y sobre todo, me brindó su conversación y su generosidad, además de su sabiduría y el relato oral de otro tiempo que yo no he podido conocer pero que añoro.

Juntos hemos compartido, desde entonces, charlas en el Café Gijón o en el Café Viena, y hemos paseado por el Parque del Retiro. Me ha ofrecido ese regalo inverosímil que supone escuchar la lectura en griego antiguo de textos que componen lo mejor de la literatura universal. Incluso me invitó a la inauguración de aquella muestra que el Reina Sofía le dedicó, junto a otras decenas de personas. Allí pude comprobar el amor y el respeto que le tiene tanta gente.

También me he llevado montañas de libros que ha tenido la gentileza de regalarme, sabiendo de los escasos posibles del estudiante universitario. Ante todo, me ha ofrecido una lección de humildad, poniendo en práctica una actitud del todo lejana al esnobismo tan habitual en otros compañeros de generación, mucho peor dotados para la escritura que para la farándula televisiva.

Recuerdo como en marzo de 2020 paseamos a la caída de la tarde por el centro de Madrid, el día previo a que comenzara el confinamiento y ya no se pudiera salir a la calle durante meses (Más adelante, el Tribunal Constitucional declaró inconstitucionales los estados de alarma decretados por el Gobierno). Gómez de Liaño me contó entonces lo que había supuesto el 11-S para nuestra época y me anticipó lo que podía suponer el virus para nuestra sociedad. Lo hizo con una lucidez que todavía hoy me sorprende, dada la desinformación que había entonces. Acaso nadie ha entendido con tanta profundidad el cambio que se ha producido, en todos los ámbitos, durante el último medio siglo.

Por esta y otras muchas razones, tengo la certeza de que Ignacio Gómez de Liaño es el mejor de los filósofos vivos, y diría que también el mejor de los hombres.

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Guillermo Mas Arellano

Guillermo Mas Arellano

Estudia Literatura General y Comparada en la Universidad Complutense de Madrid. Colabora en medios como "El Correo de España" y "Delirio: Fantasía y Ciencia Ficción". Asimismo, desarrolla su labor cultural a través del canal de YouTube "Pura Virtud: Cine y Literatura".