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Todos juntos

¿Cuándo podremos volver a juntarnos, a amontonarnos, a agruparnos? Es ésta una de las preguntas cruciales de nuestra época, esta época tan imprevista que hemos de asumir como entrañablemente nuestra. Y si adjetivo de crucial la interrogación es porque, justamente, en la aglomeración es donde nos cruzamos con los demás, donde entretejemos nuestra convivencia.

Se podrá decir que ahora convivimos por medios técnicos pero un semejante en la pantalla o el teléfono no deja de ser un fantasma. Vemos a nuestros contemporáneos como actores del cine de hace décadas. Nadie podría rozarse en la calle con cualquiera de ellos ni convidarlos a café en casa.

Es cierto que si no podemos asistir a museos ni exposiciones, la reproducción de cuadros, esculturas y aun salones resultan atentos y serviciales sustitutos. Una película en el televisor no es una proyección en la pantalla de una sala pública, pero sigue siendo una película. Lo esencialmente distinto es el espectáculo en vivo, el inmediato, el momento único que compartimos los intérpretes y los espectadores.

Los jugadores del fútbol o el basquetbol a puerta cerrada oyen los ecos de sus pelotazos contra las desiertas tribunas. El torero enfrenta a un toro de verdad pero carece de las exclamaciones, los estímulos y las pullas de los taurófilos. El actor ve caer el telón sin oír aplausos ni bufidos. Los operófilos faltamos a la cita y el tenor recogerá silencios apabullantes en vez de griteríos de aprobación tras sus nueve dos de pecho. Las venerables ruinas de Verona, Roma, Nápoles y Macerata tendrán eso, un aire ruinoso de abandono ante la multitud de solistas, coros, bailarines y músicos de orquesta que recogerán el acorde final envuelto por el vasto silencio nocturno.

No abundo en ejemplos que el lector aportará por su cuenta recordando fiestas del pueblos, verbenas y bailes en el club del barrio. Me detengo sólo en un detalle que hace al suspenso del espectáculo en vivo: el paso en falso. Es un sentimiento profundo –o sea: sin fondo– oscuro y ambiguo. Esperamos que el tenor salga airoso porque puede soltar un “gallo”. Esperamos que el espada sacrifique a la noble bestia porque puede ser embestido por ella. Queremos gritar de admiración ante el gimnasta que recorre con señorío la cuerda floja porque puede dar un traspié. Al mejor actor del mundo se le puede olvidar un parlamento. No faltará quien concluya, a toro pasado –nunca mejor dicho‒: “No, si ya lo decía yo…” O: “Se acabaron los buenos tiempos, en mi época esto no pasaba…” O. “Ya no podemos fiarnos de nadie.” En la tiniebla de la emoción acaso siga alentando en nosotros el antepasado romano que desde las gradas del circo veía al gladiador enfrentando a un colega o a una fiera. Nosotros saldremos vivos del estadio pero la muerte habrá dejado una víctima en la arena. Ambigua, la conmoción se sitúa en ese Límite de los límites que conforma nuestra existencia. Por eso nos gusta juntarnos, agruparnos, amontonarnos: para nutrirnos de las vidas ajenas y nutrirlas con nuestras propias vidas.

Imagen superior: Pixabay.

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Blas Matamoro

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista. Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de "La Opinión" y "La Razón" (Buenos Aires), "Cuadernos Noventa" (Barcelona) y "Vuelta" (México, bajo la dirección de Octavio Paz). Dirigió la revista "Cuadernos Hispanoamericanos" entre 1996 y 2007, y entre otros muchos libros, es autor de "La ciudad del tango; tango histórico y sociedad" (1969), "Genio y figura de Victoria Ocampo" (1986), "Por el camino de Proust" (1988), "Puesto fronterizo" (2003), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)
En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por "Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina". (Fotografía publicada por cortesía de "Scherzo")