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«The Hopkins Manuscript» (1939), de R.C. Sherriff

Robert Cedric Sherriff fue un novelista inglés conocido sobre todo gracias a su novela El final del viaje (Journey’s End: A Novel, 1930), basada en sus experiencias como capitán durante la Primera Guerra Mundial. Firmó diversas obras teatrales, novelas y guiones y recibió nominaciones a los Oscar y a los BAFTA en esa categoría. En su ecléctica carrera también encontró tiempo e interés para cultivar la ciencia ficción con esta novela apocalíptica.

El libro se abre con un prefacio de la Real Sociedad de Abisinia en el que describen lo que constituye el único documento superviviente de la caída de la civilización occidental. En su momento, se pensó que su hallazgo revelaría cómo el hombre blanco llegó a extinguirse pero, por desgracia, al examinarlo, se vio que la atención que el narrador prestaba a su propia circunstancia personal oscurecía cualquier valor histórico del texto. Aun así, el manuscrito, bautizado con el nombre de su autor, constituye un relato detallado de los días que precedieron y siguieron al acontecimiento conocido como el Cataclismo.

Así, el texto está narrado en primera persona por Edgar Hopkins, director retirado de una escuela rural de Beadle, Hampshire. De sus propias palabras nos hacemos con la idea de un individuo poco dado a las reuniones sociales, celoso de su intimidad y cuyo máximo placer es criar pollos y exhibirlos en las ferias locales. Hopkins tiene otro hobby: la astronomía y es miembro de la Sociedad Lunar Británica. En una de las reuniones de esa institución, se entera de un horrible descubrimiento: la Luna se está acercando gradualmente a la Tierra y al cabo de siete meses chocará con ella.

Tal información se intenta mantener en secreto para evitar el caos y permitir que los gobiernos tracen planes. Con la excusa de anticiparse a una guerra, se excavan y construyen refugios subterráneos y se establecen comités locales que se ocuparán de llevar a cabo los preparativos. Mientras tanto, Hopkins, agobiado por el pesado secreto, trata de continuar con su vida normal y hallar un nuevo equilibrio mental que le permita enfrentarse a lo que pueden ser los últimos meses no sólo de su vida, sino de toda la humanidad.

Conforme la Luna se va haciendo más grande en el cielo, se hace imposible seguir negando lo evidente. Las noches quedan bañadas en una luz plateada y empiezan a soplar siniestros vientos. Los vecinos de Beadle, dirigidos por el soldado galés Sapper Evans, comienzan a preparar los planes de supervivencia. Hopkins hace amistad con el coronel Parker, cuyos sobrinos, Robin y Pat, aportan un soplo de vida al reprimido maestro mientras todos tratan de hallar algo de felicidad antes de que el cataclismo se abata sobre ellos.

Por supuesto, sabemos desde el comienzo que la Tierra y la Humanidad –o al menos parte de ella– sobrevivirán; el interés del relato reside en saber quién y cómo lo conseguirán y la forma que adoptará nuestra vida como especie tras la catástrofe. En Inglaterra, aquellos que lo logran empiezan a reconstruir sus vidas de una forma un tanto inesperada, ya que aúnan fuerzas y hacen planes para intentar recuperar cierta sensación de normalidad. Pero es un sentimiento ilusorio destinado a no perdurar. El caos y la miseria agrietan lo que resulta ser una delgada capa de civilización basada en la prosperidad, y pronto el propio ser humano se convierte en el peor peligro para sí mismo.

Este libro es recomendable por varias razones: la calidad de su prosa, lo interesante de su perspectiva, lo vívido de sus escenas y el ritmo algo al que se desarrolla su historia, opuesto a las frenéticas narraciones de hoy y que permite al autor ir aumentando progresivamente la tensión (la preparación ante la colisión ocupa la mayor parte de la novela) y describir el efecto de la inminente catástrofe en los protagonistas, gente común que ni quiere ni sabe comportarse como héroes.

A primera vista se diría una versión más de la ficción wellsiana que tanto se cultivó en Inglaterra; recordemos que el propio Wells firmó una obra de planteamiento similar, En los días del cometa; pero a diferencia de ésta, Sherriff la puebla con personajes verosímiles y bien diferenciados: los jóvenes Robin y Pat, con toda su vida por delante y dispuestos a enfrentarse con lo que el futuro les pueda deparar; el alcoholizado terrateniente del pub local, incapaz ya de asumir la tragedia inminente; los incultos aldeanos, que o no entienden o no creen lo que se les anuncia…

El propio Edgar Hopkins es un personaje completamente verosímil: un maduro soltero recalcitrante, lastrado por sus vanidades y debilidades, sin más intereses que sus ocupaciones cotidianas y su estatus local. Sabe que tiende a obsesionarse con pequeñeces pero siempre encuentra alguna forma de justificar tal actitud. Es un individuo inofensivo aunque a menudo insufrible, algo grosero y volátil, en general satisfecho con su vida pero con un poso de soledad. Son sus defectos más que sus virtudes los que facilitan la empatía del lector. Enfrentado al inaplazable cataclismo, ha de reconocer que su antigua existencia se ha acabado, que todo lo que consideraba importante en su devenir cotidiano no eran sino nimiedades, que las fuerzas que se van a desencadenar van mucho más allá de cualquier poder humano. Es entonces cuando establece fuertes lazos de amistad con gente con la que en el pasado nunca se hubiera relacionado. En último término, con todas sus carencias, Hopkins simboliza el espíritu humano, encontrando en su interior la resolución necesaria para sobrevivir aun cuando su temperamento no sea el de un héroe.

Las críticas que ha recibido el libro respecto a la implausibilidad científica de su punto de partida no tienen cabida aquí. Cierto, no se menciona nunca cómo es posible que la Luna se salga de su órbita; y la posibilidad de que la especie humana pudiera sobrevivir a semejante acontecimiento, no digamos ya conservar un rastro de civilización, sería en tal caso insignificante. Pero es que esos aspectos no le preocupaban a Sherriff. Para él, como para gran parte de la ciencia ficción europea de aquellos años, lo verdaderamente importante es el aspecto humano.

Sherriff utiliza la ciencia ficción para escribir una historia que ataca con acidez a sus compatriotas, o al menos a aquellos que residen en las zonas rurales y que, como Hopkins, se empeñan en la importancia de mantener las viejas tradiciones y su clasista sistema social en lugar de preocuparse por la amenaza de la guerra con Alemania. Cuando Hopkins insiste en que la feria local de pollos debe seguir celebrándose o se aferra a sus rancias ideas sobre la preeminencia de unas clases sociales sobre otras a pesar de que la Luna está a punto de caer sobre la Tierra, los lectores pueden hacerse una idea del concepto que el escritor tenía de sus conciudadanos.

Pero, al mismo tiempo, los habitantes de las regiones rurales más tradicionales son los que, gracias a su estoicismo y sentido práctico, antes consiguen rehacerse del impacto de la noticia, dejar aparte sus prejuicios y comenzar a trabajar juntos en la construcción de refugios y la organización de actividades para mantener alta la moral incluso durante la semana inmediatamente anterior a la colisión. Cuando Edgar visita Londres, se encuentra con una sociedad mucho menos productiva, más dispuesta a negar la realidad y más proclive a estallidos de histeria seguidos de depresión. Sherriff plasma de esta forma la diferencia entre una respuesta errónea ante un desastre (nostalgia y una rígida adherencia a las normas del pasado) y lo que considera la reacción más sensata (trabajo duro y capacidad adaptativa).

Sherriff pertenecía a esa clase de intelectuales urbanos para los que la vida rural, con todos sus defectos, constituía el auténtico refugio de los mejores valores humanos. En esta novela nos dice que, para dar el siguiente paso adelante, el mundo debe dejar atrás las normas que tradicionalmente rigen la vida social. La mayoría de nosotros identificaríamos la modernidad con la vida urbana, pero para él Londres no es una metrópolis progresista y vibrante sino un lugar deprimente. Claro que puede que ello no responda sino a la visión que el narrador, Edgar Hopkins, tiene de la misma, quizá intentando exaltar la superioridad de su amada Beadle. O tal vez Sherriff se sintiera dividido ante la idea de la modernidad, consciente de que en tiempos tan difíciles como los que él tuvo que vivir era necesario un cambio profundo, pero sintiendo –quizá influido por su experiencia militar en las trincheras de la Primera Guerra Mundial– que un regreso a una forma más pura de tradición y una vida comunitaria en lugar de una exaltación del individualismo podría funcionar mejor que arrojarse a lo desconocido en la esperanza de hallar un nuevo sistema de valores morales.

El manuscrito Hopkins pertenece a esa categoría dentro de la ciencia ficción firmemente anclada en los acontecimientos de su época. Puede que los hechos que narra sean fantásticos, pero sin duda el panorama de fondo resultaba familiar para los lectores del momento. Escrita a finales de la década de los treinta y publicada en 1939, es difícil no ver en la catástrofe lunar una alegoría de las oscuras nubes de guerra que se estaban acumulando sobre Gran Bretaña. La resolución de los aldeanos de Beadle y su indomable espíritu de supervivencia y esfuerzos por reconstruir lo perdido, anticipan las penalidades que sufrieron los londinenses durante los futuros bombardeos alemanes en lo que se llamó el Blitz y las penalidades experimentadas en la posguerra.

El mundo que Hopkins imagina remite a los sueños socialistas de Wells: un estado igualitario y humanista en el que desaparezcan las divisiones de clase y todos los ciudadanos trabajen juntos en aras del bien común. En palabras del propio Hopkins: «Pensé en este maravilloso año que se aproximaba a su final, este año de progreso imparable, de paz y prosperidad en Europa. Toda la amargura y hostilidad, todas las sospechas y los odios raciales que habían amenazado y oscurecido los postreros años del viejo mundo, ya han desaparecido para siempre. Las naciones de Europa se habían levantado sobre las ruinas del cataclismo, limpias de codicia, unidas en armonía por un desastre común, decididas a construir un nuevo mundo basado en la amistad y el respeto mutuo. El cataclismo casi nos había destruido, pero de las cenizas surgieron los Estados Unidos de Europa». Por otro lado, resulta chocante que la amenaza final para ese nuevo mundo, tal y como lo imaginó Sherriff, proviniera del mundo islámico.

El manuscrito Hopkins es un libro de ascendencia humanista más profundo y desde luego más inquietante de lo que solía ser la ciencia ficción norteamericana por aquellas mismas fechas. No podía ser de otra manera dado el clima político y social que se vivía entonces en Europa. Es el tipo de novela que, aunque algo ajada por el tiempo, mantiene cierto encanto y consigue guardar el precario equilibrio entre lo coyuntural y lo atemporal, la ciencia ficción añeja y la sátira social; una lectura plena de dramatismo, melancolía y significación histórica.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Descubre otros artículos sobre cine, cómic y literatura de anticipación en nuestra sección Fantaciencia. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".