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Spinoza y la religión

Spinoza y la religión es un escrito que pretende, tal y como hace patente su título, establecer una relación entre el pensamiento de Spinoza con su particular comprensión de la religión. Así pues, en dicho ensayo se hablará de cómo el hombre debe comprender la religión e interpretar las Sagradas Escrituras y cuál debe ser el papel de la religión en el conocimiento de los fenómenos naturales, así como también el papel que juegan los profetas o los milagros en tales cuestiones. Sin embargo, antes de empezar a abordar todos estos temas es necesario entender la visión que Spinoza guarda sobre Dios.

Para el filósofo neerlandés, Dios es la sustancia que se expresa en sí misma a través de sus atributos. Estos son infinitos y en grado superlativo. Sin embargo, el hombre sólo tiene constancia de dos de ellos, que son pensamiento y extensión. De los demás atributos no puede poseer ningún tipo de conocimiento.

La sustancia ya es expresión en sí misma, y cuando expresa ya está expresada en ella. Por un lado, según Spinoza el mundo no ha sido creado, sino que se sigue del hecho de que Dios se expresa y al hacerlo el mundo se ve desplegado. Dios y mundo son eternos y la totalidad de lo existente es la expresión de Dios. Por otro lado, la sustancia es causa sui, ya que todo lo demás forma parte del orden de la naturaleza que es, en última instancia, la expresión desde una determinada perspectiva de los atributos de Dios.

De acuerdo con esto, cuando Spinoza habla de Dios suele hacerlo también con el término Naturaleza entendida como Natura naturans, es decir, los atributos que expresan la esencia infinita y eterna, a saber, Dios.

Plenamente ligado a esto, Spinoza nos habla de la Natura naturata, que es lo que se sigue de los atributos: los modos de los atributos de Dios.  El hombre será un modo de la sustancia y, por ende, poseerá los modos de extensión y pensamiento; de ahí que pueda conocer dichos atributos de Dios.

Dicho esto, procedamos a comprender cómo Spinoza concibe la religión. Sabemos que el pilar fundamental de la religión cristiana es la Sagrada Escritura, pero Spinoza no parece estar muy de acuerdo con lo que se expresa en tales escritos. Para él, todo conocimiento natural es conocimiento divino, ya que participamos en la naturaleza, mientras que el conocimiento revelado no es más que un conocimiento impulsado por la imaginación. La revelación no pretende hacernos conocer la naturaleza divina y sus atributos, ya que estos no han sido manifestados jamás, considera Spinoza. Por lo tanto, la revelación tan sólo concierne a las enseñanzas respecto a los rituales y a la conducta moral como obligaciones que un cristiano ha de tomar en consideración. La religión es sólo un modo de establecernos en un modelo de vida, no se trata de una vía de conocimiento de Dios.

Entonces, ¿cuál es la vía para conocer a Dios? Spinoza señalará que la razón es lo único que el hombre tiene para comprender lo que se expone en la Sagrada Escritura, y separar aquello que realmente sí puede ser aceptado por la razón.

Spinoza pone mucho énfasis en la tarea de señalar, dentro de los relatos bíblicos, aquellos atributos que se les ha concedido un carácter expresivo que no tienen ante los dos únicos atributos que sí podemos conocer (extensión y pensamiento). Por lo tanto, todos los “atributos” mencionados en la Escritura que no sean estos dos, van a ser considerados nombres de Dios, pero no atributos. Dicho esto, las parábolas y los milagros quedan al margen porque no manifiestan los atributos de extensión y de pensamiento. Éstos sólo tienen como fondo un principio moral: hacer que aquél que reciba el mensaje se muestre obediente ante tal mandato, considera Spinoza.

El problema que se encuentra Spinoza con respecto a la religión judeo-cristiana es que ésta, al no atenerse a los límites y funciones de la razón (comprender los dos atributos de Dios que podemos conocer), realiza una interpretación errónea del mundo; esto se debe al exceso de imaginación por parte de aquellos que han querido comprender y nombrar los atributos de Dios, ya sea a través de símbolos o a través de palabras. Y fueron precisamente los profetas los que hicieron especial uso de tal imaginación. Su mensaje fue escrito, y eso llevó a tomar la palabra de la Escritura como absolutamente verdadera e indiscutible, y ni los teólogos ni los filósofos supieron discernir entre lo esencial y lo imaginativo y se tomaron ambas cosas como certeras. Como resultado, se obtuvo la errónea idea de que en la Escritura había muchos aspectos que desbordaban el orden de lo conocido y se presentaban como algo que ni siquiera la luz natural podía llegar a comprender.

Pero si leemos la Biblia correctamente, señala Spinoza, debemos encontrar tan sólo obras que reflejen justicia, caridad y amor que son la base fundamental de toda religión, pero ninguna explicación de cuáles son los atributos de Dios. Para comprenderlos será fundamental el papel de la razón.

Es el teólogo el que tiene que dedicarse a narrar todo acto de amor, justicia y obediencia que promueven las Sagradas Escrituras, pero debe ser el filósofo el que, a través de la razón, pueda diferenciar entre esencia y mandato. Las Sagradas Escrituras no pueden ser comprendidas como una alternativa de conocimiento, sino como un soporte a la luz natural, ya que no hay nada en la Biblia que contradiga la comprensión racional de la Naturaleza. Seguir la razón en las Escrituras es someterlas a una crítica para eliminar incoherencias sobre aquellos aspectos que parecen refutar el conocimiento racional que el hombre tiene de la Naturaleza.

Spinoza veía que se estaba haciendo un mal uso de las Escrituras, ya que en nombre de Dios se sometía al vulgo (incapaz de ejercer su razón) a las proclamas de aquellos que se alzaban como poseedores de la Verdad, combatiendo a todos aquellos que no pensaran como ellos. Para Spinoza «la religión no se reduce a la caridad, sino a difundir discordias entre los hombres y a propagar el odio más funesto, que disimulan con el falso nombre de clero divino y de fervor más ardiente. A estos males se le añade la superstición, que enseña a los hombres a despreciar la razón y la naturaleza y a admirar y venerar únicamente lo que contradice a ambas» (1).  

El hombre, dice Spinoza, parece querer contraponer las Escrituras con la Naturaleza, pero no puede haber contradicción alguna entre lo que dice la Palabra de Dios y la misma Naturaleza. Para ello, será necesario realizar una recta lectura de las Escrituras, tal y como ya hemos señalado anteriormente.

En esta recta lectura, Spinoza remarca que sólo se puede aceptar aquello que aparezca de forma clara ante la razón mientras que aquellos aspectos que parezcan ininteligibles deberán ser rechazados. Su interpretación de la Escritura puede resumirse tal como él explica en el Tratado Teológico-Político, del siguiente modo: «el método de interpretar la Escritura no es diferente del método de interpretar la naturaleza, sino que concuerda plenamente con él. Pues así como el método de interpretar la naturaleza consiste primariamente en elaborar una historia de la naturaleza y en extraer de ella, como de datos seguros, las definiciones de las cosas naturales; así también, para interpretar la Escritura es necesario diseñar una historia verídica y deducir de ella, cual de datos y principios ciertos, la mente de los autores de la Escritura como consecuencia lógica» (2). Dicho esto, para Spinoza cada individuo tiene el poder de interpretar la Biblia, ya que todo hombre posee luz natural y no es necesario poseer un conocimiento superior a la naturaleza para hacerlo, tal y como se decía que poseían los profetas a los que Dios se les había revelado.

Con todo ello, pasemos a hablar de la fe, las profecías y los milagros. Tal y como hemos ido exponiendo, la labor principal de Spinoza con respecto a las Sagradas Escrituras, fue intentar realizar una hábil separación entre las proposiciones imaginativas propuestas por los profetas y apóstoles y los enunciados dados tan sólo por la luz natural (que todo hombre posee en tanto que es modo de la sustancia), que expresan la verdad de la naturaleza.

Spinoza considera que la fe concede a cada uno libertad completa para filosofar. De este modo, aquellos que consideran los libros sagrados como una “carta de Dios” acusan al filósofo de cometer un pecado cuando afirma que muchos pasajes de las Sagradas Escrituras son engañosos. Sin embargo, el problema no es del filósofo, sino de la ignorancia de los hombres que atribuyen ciertos atributos a Dios a través de la imaginación que no pueden ser captados por la razón bajo ninguna circunstancia.

De las profecías Spinoza dice que están bien consideradas entre los hombres porque el ser humano, que conoce siempre a través de la luz natural, anhela sucesos inexplicables e incognoscibles. Para que los profetas percibieran a Dios, que no se comunica a través de nada corpóreo, deberían haber tenido una alma más poderosa y excelente que cualquier hombre. Esto, desde luego, es impensable para Spinoza y considera que el único que realmente cumple tales requisitos fue Cristo. Nadie a excepción de Él ha recibido revelaciones de Dios sin ningún tipo de imaginación que intervenga.

Con esto se concluye que los profetas no es que tengan un alma más perfecta sino una mayor capacidad de imaginación. Cuando se habla de que los profetas tenían el espíritu de Dios, tan sólo se está diciendo que percibían la mente de Dios, ya que ésta y sus eternos juicios están inscritos en nuestra mente debido a que todo lo que existe (incluido el hombre) es expresión de Dios. Así pues, la única característica de los profetas fue que tuvieron una virtud superior para captarla.

El asunto de los milagros tampoco queda exento de ser tratado en la obra de Spinoza. De los milagros dice que sólo son el nombre que el vulgo utiliza para explicar sucesos de la naturaleza que desconoce con tal de oponerse a aquellos que se instruyen en las ciencias naturales. Pero también son una explicación de la admiración y devoción a Dios, ya que sólo el poder de Dios puede ser admirado por el vulgo cuando éste imagina el poder de la naturaleza sometido por Dios, algo que para Spinoza es completamente erróneo. Él considera que a través de los milagros no se puede conocer ni la esencia ni la existencia de Dios. El único modo verdadero para conocer todas estas cosas es estudiando y conociendo la naturaleza.

No existe ningún fenómeno que incumpla las leyes universales; aquellos sucesos de la naturaleza que no alcancemos comprender con la luz natural no significa que tengan una explicación opuesta a ésta, ya que todo lo que sucede siempre es conforme la naturaleza que es, en último término, expresión de Dios.

Si los milagros contradijeran la propia naturaleza, también deberían ser contrarios a Dios, algo que no tiene mucho sentido si se comprenden los milagros como fruto de la voluntad de Dios.

Según Spinoza, cuando en las Escrituras se dice que algo fue hecho por Dios sólo se puede entender que se hizo según las leyes de la naturaleza y no a través de la interrupción de éstas. Pero es necesario remarcar que, para Spinoza, las Escrituras no tiene como fin enseñar cómo opera la naturaleza, sino que su objetivo es relatar sucesos de la imaginación para poder suscitar al vulgo admiración, devoción y obediencia. Así pues, si queremos conocer la existencia de Dios no podrá ser a través de los milagros, sino que ha de ser a través de las leyes de la naturaleza, y cuanto mayor sea nuestro grado de entendimiento de la naturaleza, más nos acercaremos a conocer a Dios.

Con todo, me gustaría terminar señalando que a pesar de que la escolástica situara la razón en una posición subordinada con respecto a la fe (Philosophia ancilla theologiae), Spinoza consigue romper con dicha concepción y sitúa a la teología como la encargada de los aspectos morales, reafirmando los dogmas de fe como medio necesario para la obediencia. Mientras que considera la filosofía como la disciplina que debe ocuparse del ámbito de la verdad y la sabiduría. De este modo, ni la Escritura se puede adaptar a la filosofía ni hacer a la filosofía esclava de la teología. Sin embargo, Spinoza considera que esto no ha sido tomado en serio y, por tanto, el hombre se ha visto envuelto en un grave problema. A saber: ha afirmado cosas que Dios no es y no ha sido capaz de preguntarse jamás si la Escritura verdaderamente refiere a la naturaleza de Dios y si tiene como fin hacernos conocer dicha naturaleza.

La respuesta de Spinoza es rotunda: bajo ningún concepto esa es la finalidad de la Biblia, su objetivo es otro. A Dios sólo se le puede conocer si se comprende la naturaleza tan sólo a través de la razón.

Como dijo Jorge Luis Borges en el poema Baruch Spinoza: «El hechicero insiste y labra / a Dios con geometría delicada; / desde su enfermedad, desde su nada, / sigue erigiendo a Dios con la palabra. / El más pródigo amor le fue otorgado, / el amor que no espera ser amado». Ese amor al que Spinoza llamó el amor intelectual a Dios.

Notas

(1) Spinoza, Baruch, Tratado teológico-político, trad. Atilano Domínguez, Madrid, Alianza Editorial, 2014, 236

(2) Ibídem, 237

Bibliografía

Beltrán, Miquel. Las creencias necesarias en el Tractatus Theologico-Politicus de Spinoza. Filosofia. Revista da Faculdade de Letras da Universidade do Porto, 2014, vol. 26, no 1

Amado, David; Ortuño, Juan Pedro. La Revelación en el tratado teológico político de Spinoza. 1993

Espinosa, Francisco Javier, et al. La actualidad del pensamiento de Spinoza sobre la religión. 2014.

Deleuze, Gilles, Spinoza y el problema de la expresión, trad. Horst Vogel, Barcelona, Muchnik Editores SA, 1999

Spinoza, Baruch, Tratado teológico-político, trad. Atilano Domínguez, Madrid, Alianza Editorial, 2014

Copyright del artículo © Paula Sánchez. Publicado previamente en Filosofía en la red y editado en Cualia con permiso de la autora. Reservados todos los derechos.

Paula Sánchez

Paula Sánchez

Estudiante de Filosofía en la Universidad de Barcelona y de Ciencias Religiosas en el Institut Superior de Ciències Religioses de Barcelona (ISCREB). Combina sus estudios con distintos seminarios (sobre todo de teología, en el Centre d'Estudis Cristianisme i Justícia) y forma parte del Seminario de Teología y Ciencias de Barcelona (STICB).