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Sigmund Freud y Martin Heidegger

Martin Heidegger y Sigmund Freud no son dos autores que situemos habitualmente en el mismo esquema. A Freud lo ubicaríamos junto a autores como Nietzsche o Marx (el grupo conocido como Los filósofos de la sospecha), y a Heidegger con Husserl, Kierkegaard y también Nietzsche. Pero, a pesar de que ambos puedan parecer dos pensadores opuestos, o que nada guardan en común, considero que si hacemos una relectura veremos que coinciden al menos en un aspecto: tanto Freud como Heidegger dividen al ser humano bajo dos perspectivas distintas que, aunque estén relacionadas, cada una forma parte de una esfera diferente.

En Heidegger hablamos de la autenticidad y la inautenticidad del hombre y en Freud del consciente y el inconsciente. Aunque ambas concepciones atañen a reflexiones distintas (la reflexión de Heidegger posee un carácter ontológico, mientras que la de Freud psicológico) podemos encontrar en ello ciertas similitudes. La exposición de éstas es el motivo de este texto.

El presente artículo tiene como objetivo ofrecer al lector una comparativa entre Freud y Heidegger y resaltar que ambos autores sí pueden estar en un mismo esquema filosófico. Sabemos que Heidegger no comentó explícitamente tener influencia de Freud, pero tanto el pensador checo como el pensador alemán comprendieron al hombre a través de un binomio fundamental. Esta concepción antropológica tiene más similitudes de las que podemos comprender desde un primer momento y así quiero destacarlo en este escrito.

Dicho esto, el trabajo constará de cuatro partes: en el primer punto, hablaremos de comprensión antropológica de Heidegger, centrándonos sobre todo en los conceptos de existencia auténtica e inauténtica. Posteriormente, procederemos a explicar qué entiende Freud por consciente e inconsciente y después, cómo ambas ideas se relacionan con el pensamiento de Heidegger. Terminaremos con una conclusión donde se recojan las ideas más fundamentales para dar al lector una visión completa de lo explicado con anterioridad.

Heidegger: la existencia auténtica e inauténtica y sus implicaciones ontológicas

En la obra filosófica de Martin Heidegger encontramos al ser humano representado a partir de una dualidad antropológica: el hombre es un ente que a su vez está girado hacia la pregunta “qué es ser”, es decir, puede generar un pensamiento ontológico. Dada esta doble concepción, el hombre es definido como Dasein, como ser-en-el-mundo su esencia, nos dice Heidegger, es su existencia. Esto quiere decir que el Dasein, aunque pueda moverse por el ámbito de lo óntico, su esencia es fundamentalmente ontológica: es preguntarse qué es ser y qué es él.

Vattimo explica que «descubrir que el hombre es ese ente, que es en cuanto está referido a su propio ser como a su posibilidad propia, a saber, que es sólo en cuanto puede ser, significa descubrir que el carácter más general y específico del hombre, su “naturaleza” o su “esencia” es el existir» (1).

Vemos que el hombre está constituido tanto por el ámbito ontológico como por el ámbito óntico, de ahí que sea comprendido como Dasein (ser-en-el-mundo) porque justamente su existencia «no se define sólo como rebasamiento que trasciende la realidad dada en dirección de la posibilidad, sino que este rebasamiento es siempre sobrepasamiento de algo, está siempre situado, está aquí» (2).

Dicho esto, Heidegger repara en dos posibilidades de vida que el propio Dasein puede tomar: la vida inauténtica o la vida auténtica. De la primera podemos decir que se trata de una vida donde el ser humano está sometido a lo que Heidegger señala como Dasman (y que nosotros traducimos por “se dice”), ya que se sitúa en un continuo estar pendiente de lo que se opina, de lo que se cree, de lo que se piensa, de lo que se critica etc. Es decir, la vida inauténtica conduce al Dasein a situarse en lo puramente óntico, despreocupándose de su existencia, sin atender a sus estados de ánimo y comprendiendo toda ontología como una extrañeza.

La vida inauténtica nos conduce inevitablemente al olvido del ser. Este olvido se caracteriza por desatender al ser y prestar atención tan sólo a lo puramente óntico llegando incluso a comprender al ser como un ente. Esto, nos dice Heidegger, es el pensamiento que se ha ido apoderando de Occidente durante toda la tradición metafísica.

Sin embargo, la vida inauténtica no es una vida irremediable; el Dasein puede tomar conciencia de esta situación y girarse hacia lo que verdaderamente es; un ser que se pregunta por su ser. Cuando el Dasein se preocupa por su existencia, hablamos de un modo auténtico de relacionarnos con el mundo.

Heidegger expone en la Carta sobre el humanismo que «si el hombre quiere volver a encontrarse alguna vez en la vecindad al ser, tiene que aprender previamente a existir prescindiendo de nombres. (…) El hombre debe dejarse interpelar por el ser» (3). Es decir, debe desligarse del conocimiento que sólo atiende a lo óntico y ponerse a la altura del pensar ontológico. Sin embargo, Heidegger señala que, entre el paso de lo óntico a lo ontológico, nos hallamos ante la angustia.

La angustia es presentada por Heidegger como aquello que acontece cuando el Dasein se torna hacia lo ontológico y toma cuidado de su existencia (se preocupa por preguntarse por qué es ser). La angustia aparece porque en este giro hacia su esencia, el Dasein se ve arrojado a una inmensa soledad que difícilmente comprende; el mundo de lo óntico ya no se “satisface” de ningún modo.

El Dasein siente angustia porque ya no le protegen, ni favorecen las relaciones que tiene tanto con los objetos que le rodean como con otros Daseins, y en medio de esta angustia comprende que el hombre es un ser finito, un ser para la muerte.

La existencia del Dasein es una existencia temporal, lo que significa que la finitud, la muerte, está arelada en el hombre desde su inicio en el mundo. Pero la muerte, lejos de ser una desventaja, cree Heidegger que es justamente lo que nos permite pensar al ser, desvelarlo.

Sánchez Meca nos dice que «la capacidad de asumir mi existencia en la constante lucidez de este ser-para-la-muerte, que es lo más íntimamente mío –morir es lo único que nadie puede hacer en mi lugar– constituye el punto culminante de la autenticidad» (4). Por consiguiente, dado que siendo seres-para-la-muerte se despliega la autenticidad del hombre, es a partir de la muerte que el hombre puede pensar al ser. Ahora sólo cabe preguntarnos: ¿cómo podemos acceder al ser en tanto que es?

Ser tan sólo puede manifestarse desde lo ente, aunque el ser se presente como lo absolutamente otro con respecto al ente porque, «de entre todos los entes, el hombre es el único que, siendo interpelado por la voz del ser, experimenta la maravilla de las maravillas: que lo ente es» (5). Y ante esta experiencia, el hombre posee el lenguaje como medio para desvelar al ser (aunque en todo desvelamiento del ser, hay siempre un ocultamiento, algo queda velado e inaccesible al hombre).

Aun así, Heidegger señala que el lenguaje (que es la casa del ser) es un arma de doble filo: por un lado, nos capacita para pensar al ser, pero, por otro lado, el lenguaje es el más peligroso de los bienes que posee el hombre porque, aunque el lenguaje es el único medio de dar testimonio de la propia existencia del hombre, es desde el lenguaje donde podemos caer en la comprensión óntica del ser. Es decir, mediante el lenguaje el hombre puede olvidar su esencia (girarse hacia el ser) y habitar tan sólo el mundo de lo ente que amenaza al ser y extravía la posibilidad de preguntarse por él; el lenguaje también puede extraviar la posibilidad de la ontología.

Freud: consciente e inconsciente y sus implicaciones psicológicas

En Sigmund Freud también podemos ver que existe una concepción antropológica binaria a partir de la cual basa toda su teoría psicoanalista; para Freud el hombre es un ser dividido en dos extremos que se hallan en constante disputa: el consciente y el inconsciente.

Antes de abordar estas dos concepciones reales del ser humano, es preciso empezar a hablar de las tres estructuras que entran en tensión en la personalidad humana: el ello, el yo y el superyó.

Freud comprende el ello como la parte más “oscura” de nuestra psique; es el lugar de nuestros deseos más ocultos, de nuestras pasiones y sobre todo de nuestros impulsos eróticos y “tanáticos”.

Por el contrario, el yo se presenta como el rechazo del ello, es decir, se presenta como la racionalización de todo suceso; es la parte del hombre que intenta adaptarse a la realidad que se despliega ante él, pero, dado que continuamente el ello amenaza la “estabilidad racional” y acorde del sujeto con el mundo, el yo se abastece de mecanismos de represión de los impulsos más peligrosos y desconocidos del hombre.

Por último, el superyó «se refiere a la asimilación de normas de la sociedad en la cual se encuentra inmersa la persona desde la infancia. Es la sede de la conciencia ética y social. El superyó censura y castiga los impulsos o actos innobles y aprueba los nobles. El yo está, entonces, en medio de un campo de batalla» (6).

Tanto el ello como el superyó forman parte del ámbito del inconsciente, mientras que el yo se sitúa en la conciencia del hombre, ya que es el ámbito que se encarga de filtrar y ordenar los deseos que se dan en el inconsciente y que desatienden a las normas sociales y morales en las que el hombre convive.

El ámbito de la conciencia es para Freud el ámbito visible que es comprendido y aceptado por el propio hombre, mientras que el ámbito de la inconsciencia se muestra ajeno e incomprensible para el hombre, incluso le produce cierta angustia saber que en él hay deseos que no están dentro de lo “normativo” y que se muestran contrarios a los impulsos del yo.

Dado que el ámbito de lo inconsciente comprende las pulsiones latentes y “oscuras” del hombre, se trata de un ámbito que el ser humano reprime constantemente (para Freud la represión forma parte de la constitución psíquica del hombre) y tan sólo podemos acceder a él a través de lo que se forma en lo preconsciente, separado de lo inconsciente por un veto.

La represión es un movimiento que pretende eliminar de la conciencia los impulsos eróticos y tanáticos, pero que no lo logra de forma absoluta. Es decir, a pesar de todos los intentos de represión, los deseos del inconsciente afloran en la conciencia en representaciones tales como los sueños que contienen significaciones que deben ser “descifradas”, o el chiste, donde bajo la “excusa” del humor liberamos nuestros deseos reprimidos. Además, es importante señalar que la represión no resuelve la lucha entre la conciencia que silencia los impulsos placenteros y agresivos y el inconsciente que los quiere descubrir; el deseo reprimido siempre se manifiesta en la conciencia mediante una representación que lo hace patente sin desvelarlo del todo.

Similitudes entre la filosofía de Sigmund Freud y Martin Heidegger

Dicho esto, podemos ver que tanto Heidegger como Freud comparten elementos esenciales para la estructuración de sus propias filosofías. A simple vista, podría parecer que ambos autores tratan temas completamente distintos, pero, si uno presta atención a las ideas que hay de fondo, se desvela ante nosotros una fuerte similitud que nace a partir de las divisiones antropológicas que cada autor realiza y sus implicaciones ontológicas y psicológicas.

Primeramente, encontramos similitudes en la concepción heideggeriana del lenguaje. Recordemos que, para Heidegger, el lenguaje era el modo de acceso del Dasein al ser, pero también se presentaba como una peligrosidad ya que el hombre corría el riesgo de olvidar al ser y permanecer en el mundo de lo óntico.

Si tomamos la teoría de la represión de Freud, vemos que la concepción heideggeriana del lenguaje encaja perfectamente: el lenguaje también se como un mecanismo de represión del ser.

Éste no deja de ser una representación en tanto que deja siempre algo oculto ya que el lenguaje se estructura como un medio para comprender al ser porque a él (al ser) no podemos acceder de forma directa, necesitamos una mediación. Ésta es constituida por el lenguaje, pero, siendo mediación, no puede desvelarnos el ser en toda su totalidad porque nuestro acceso hacia él es mediado, no directo.

Así pues, siempre habrá algo que se nos escape, algo donde el lenguaje no tiene acceso; el ser se muestra ante nosotros, pero siempre de forma parcial, nunca total.

En Freud, así también operan las representaciones de los deseos del inconsciente, por lo que podemos establecer una similitud entre el carácter de desvelamiento (αλήθεια) del sueño o el chiste y de la concepción lingüística heideggeriana.

Tanto en Freud como en Heidegger comprendemos lo que permanece latente (el inconsciente y el ser) por lo que se deriva (tanto las representaciones lingüísticas como oníricas) que ejerce como intermediario de dos polos opuestos: consiente e inconsciente, ser y ente.

Otra similitud que encontramos en el pensamiento tanto de Freud como de Heidegger se refiere a la represión y el olvido. Heidegger señala, tal y como ya hemos mencionado en la primera comparación, que el hombre puede olvidar al ser (de hecho, lo ha olvidado durante toda la historia de la metafísica occidental) y este olvido es posible si el Dasein se mueve tan sólo en el mundo de lo óntico, si desatiende su posibilidad ontológica: su existencia. El Dasein puede llegar a “reprimir” la pregunta por qué es ser y centrarse tan sólo en lo ente, viviendo una vida inauténtica.

Del mismo modo, el hombre de Freud reprime los deseos eróticos y tanáticos para centrarse tan sólo en la racionalidad de la conciencia, en el mundo de lo visible y aceptado (el mundo de los entes que diría Heidegger) y esto, querer olvidarse de sus deseos más ocultos, hace que el hombre viva una vida inauténtica.

Tanto el hombre freudiano como en el Dasein desatienden lo que sienten o lo que desean cuando están girados hacia el mundo óntico (que en Freud sería el mundo de la conciencia) y eso les lleva a vivir en la más pura inautenticidad.

Por último, y siguiendo el hilo de la vida inauténtica en Heidegger, cuando el hombre está instalado en ella podemos decir que olvida también de que es un ser-para-la-muerte porque sólo mediante la vida auténtica se comprende nuestra finitud. El Dasein, que se mueve en el ámbito de los entes, no piensa en la muerte, más bien rehúye de ella. Sucede así también en el hombre freudiano que, cuando sólo se mueve en el ámbito de la conciencia, reprime y hace todo lo posible por no poseer deseos tanáticos, por no verse vinculado de ninguna forma con la muerte.

Conclusión

Con la comparación entre ambos autores, llegamos al final de este trabajo. Después de la comparativa realizada, podemos concluir diciendo que, a pesar de que tanto Freud como Heidegger realizar una búsqueda filosófica en distintos ámbitos y con fines diferentes (Freud quiere comprender cómo funciona la psicología humana y desvelar lo que esconde el inconsciente para comprender los delirios del hombre, mientras que Heidegger quiere realizar una recuperación de la diferencia ontológica entre ser y ente y reformular una metafísica que no decaiga en el olvido del ser), ambos pensadores poseen estructuras similares para realizar la tarea que les mantiene inmersos entre libros e investigaciones.

Ambos comprenden al hombre como un ser constituido por dos esferas que se necesitan mutuamente para generar la totalidad del hombre. Tanto el consciente (en Freud) como la esfera de lo ente (en Heidegger) generan al hombre una serie de sentimientos que podemos encontrar en ambos pensadores. Esto hace que podamos comprenderlos desde la similitud y no desde la diferencia.

No es muy común unificar ontología y psicología, pero considero que tanto Heidegger como Freud constituyen un excelente binomio (del mismo modo en que lo hace el consciente y el inconsciente o el ser y el ente) para comprender qué ocurre en el exterior, en ese mundo en el que somos, pero también qué ocurre en nuestra mente. Comprender a Freud y Heidegger de forma conjunta revela, sin lugar a dudas, una comprensión mucho más excelsa del hombre que mientras desvela qué es ser, oculta sus deseos amorosos y mortales.

Gracias a estos dos autores, podemos comprender que en el hombre también ocurre un desocultamiento que siempre revela, pero también esconde porque, quizás, en la tarea de desvelar al ser, esconde a su vez todo deseo irracional.

Citas

(1) Vattimo, Gianni, Introducción a Heidegger, trad. Alfredo Báez, Gedisa Editorial, Madrid, 2002, 26

(2) Ibídem, 27

(3) Heidegger, Martin, Carta sobre el humanismo, trad. Helena Cortés y Arturo Leyte, Alianza Editorial, Madrid, 2016, 24

(4) Sánchez Meca, Diego, Historia de la Filosofía moderna y contemporánea, Dykinson, Madrid, 2010, 450

(5) Heidegger, Martin, ¿Qué es metafísica?, trad. Helena Cortés y Arturo Leyte, Alianza Editorial, Madrid, 2014, 55

(6) Torralba, Francesc. Los maestros de la sospecha, Fragmenta editorial, España, 2013, 122

Bibliografía

Freud, Sigmund, El yo y el ello y otros escritos de la metapsicología, trad. Ramón Reyes Ardid, Luis López Ballesteros de Torres, Alianza Editorial, Madrid, 2012

Heidegger, Martin, Carta sobre el humanismo, trad. Helena Cortés y Arturo Leyte, Alianza Editorial, Madrid, 2016

Heidegger, Martin, ¿Qué es metafísica?, trad. Helena Cortés y Arturo Leyte, Alianza Editorial, Madrid, 2014

Sánchez Meca, Diego, Historia de la Filosofía moderna y contemporánea, Dykinson, Madrid, 2010

Torralba, Francesc. Los maestros de la sospecha, Fragmenta editorial, España, 2013

Vattimo, Gianni, Introducción a Heidegger, trad. Alfredo Báez, Gedisa Editorial, Madrid, 2002

Copyright del artículo © Paula Sánchez. Publicado previamente en Filosofía en la red y editado en Cualia con permiso de la autora. Reservados todos los derechos.

Paula Sánchez

Paula Sánchez

Estudiante de Filosofía en la Universidad de Barcelona y de Ciencias Religiosas en el Institut Superior de Ciències Religioses de Barcelona (ISCREB). Combina sus estudios con distintos seminarios (sobre todo de teología, en el Centre d'Estudis Cristianisme i Justícia) y forma parte del Seminario de Teología y Ciencias de Barcelona (STICB).