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Savonarola o la hoguera de las vanidades

El 7 de febrero de 1497 una gran hoguera calentaba a los florentinos que habían acudido a lanzar a las llamas purificadoras, todos aquellos objetos que pudieran incitar a la lascivia, a la vanidad, y a otros pecados de los de arder en el infierno durante toda la eternidad, como espejos, cosméticos, vestidos muy escotados, ciertos libros (por ejemplo los de Petrarca o Boccaccio) e instrumentos musicales.

Incluso el pintor Sandro Botticelli arrojó al fuego sus pinturas mitológicas, que tanto daño podían causar a las almas cándidas que las contemplaran.

El maestro de ceremonias de la performance era el dominico Savonarola, un tipo que había nacido en Ferrara en 1452 y que se creía poseedor de una inconmensurable dignidad moral destinada a acabar con el pecado. Girolamo, que así se llamaba el fraile, había llegado a Florencia llamado por Lorenzo el Magnífico, a quien le habían llegado rumores sobre el halo de santidad que comenzaba a rodear al ínclito. Pero a Lorenzo le salió el tiro por la culata porque Savonarola, que dominaba la oratoria, se dedicó a lanzar sermones incendiarios desde Santa Maria di Fiori a babor y a estribor, contra el lujo, contra los poderosos, contra el alto clero y sobre el Apocalipsis.

Savonarola tenía cada vez más seguidores, que escuchaban sus sermones apocalípticos con arrebato, incluyendo en este grupo a algunos artistas e intelectuales como Marsilio Micino, Della Mirandola o el ya mencionado Botticelli.

Carlos VIII de Francia decide invadir Nápoles y para ello recorre alegremente la Península Itálica, llegando a la Toscana y amenazando Florencia. Lorenzo el Magnífico había muerto y se encarga entonces de las negociaciones su joven e inexperto hijo Pietro, que tras presentarse ante Carlos firma un acuerdo muy desfavorable para los florentinos, pues si bien es cierto que los franceses aceptan no tomar Florencia, obtienen de Pedro el paso por la ciudad, las ciudades de Livorno y Pisa y las plazas fuertes ubicadas en las fronteras florentinas. Cuando regresa a Florencia, la élite florentina lo depone y delegan en Savonarola el poder. Este organiza un nuevo gobierno, una especie de “democracia teocrática” y negocia con Carlos VIII un nuevo acuerdo que, aunque básicamente es similar al anterior, es visto como la oportunidad de librarse de los Médici y de contar con un fiel aliado.

En Florencia se instaura así un férreo régimen político dirigido con mano dura por Savonarola, donde el fanatismo y la persecución radical a todo lo que pueda ser considerado pecado, empieza a cansar a los florentinos, acostumbrados a las cuchipandas, los saraos y las manifestaciones artísticas de toda índole. Todo está prohibido salvo las prácticas religiosas y las procesiones. El paroxismo del aburrimiento, resumiendo.

El papa Alejandro VI (el del Tratado de Tordesillas) le tenía bastante ojeriza al dominico pero no se atrevía a echarle el guante, ante el temor de que Carlos VIII tornara sus regios ojos hacia los Estados Pontificios. Pero en la primavera de 1495 Venecia, Milán, el papa y Fernando el Católico forman una Liga para dar leña al gabacho, que teniendo las de perder, regresa a Francia.

Entonces, Alejandro VI saca de su interior a la Marifé de Triana que todos los españoles llevamos dentro e invita a Savonarola a acudir a Roma para que le explique lo del Apocalipsis y el significado de todos los epítetos que le había dedicado. Savonarola, que era un fanático pero no era tonto, le responde que verdes las han segado. El papa entonces le prohíbe seguir predicando, prohibición que el dominico se pasa por el archetto del trionfo. Alejandro le ofrece entonces un capelo cardenalicio y ante una nueva negativa, excomulga al fraile.

Savonarola escribe entonces cartas a los reyes europeos instándoles a la convocatoria de un concilio para deponer a Alejandro VI y el de Játiva se coloca la peineta y amenaza con lanzar un interdicto a la ciudad de Florencia, lo que supondría entre otras cosas, no poder enterrar a nadie en suelo sagrado ni recibir ningún sacramento.

Tanto las grandes familias partidarias del regreso de los Médici como las que habían colaborado en darles puerta, se unen contra el fraile. Los florentinos también están hartos de tanto sermón, tanto Apocalipsis y tanto recato. Ocurre entonces algo más propio de tiempos pasados: se propone que un fraile franciscano (los franciscanos, rivales siempre de los dominicos, también ansiaban la caída de Savonarola) y uno de los dominicos que seguía al de Ferrara, caminaran descalzos sobre brasas encendidas. El que se quemara demostraría así que su doctrina era la errónea, ya que Dios mostraría su preferencia por uno de los participantes en la ordalía. Savonarola puso mil excusas para que la prueba no se celebrara, hasta tal punto que no fue hasta bien entrada la tarde cuando se procedió a hacerla. Pero cuando la multitud congregada en la Piazza delle Signoria ya había sacado las pipas de girasol, los cacahuetes o lo que fuere que comían esas personas cuando presenciaban un espectáculo, se puso a llover y el show se tuvo que cancelar.

Al día siguiente, los florentinos atacaron el convento de San Marco y apresaron a Savonarola y a dos de sus discípulos. Enseguida llegaron los delegados del papa. Savonarola fue torturado, acusado de herejía, ahorcado y su cadáver fue quemado en una hoguera. Los Médici volvieron a cortar el bacalao en 1512.

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María Ortigosa

María Ortigosa

Historiadora y profesora de español como lengua extranjera.