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«Revolucionarios», de Joshua Furst

El grado de exposición al que hoy estamos sometidos convierte cualquier detalle subversivo o rompedor en parte de la industria cultural. En cuestión de meses, una inicitiva marginal se transforma en un ingrediente de consumo. Lo aparentemente radical ‒del electropunk al trap‒ finalmente acaba siendo una moda, o incluso un punto más de referencia dentro de ese caldero universal al que los anglosajones llaman mainstream.

Sin embargo, no siempre fue así. Hubo una década en la que una serie de corrientes alternativas ‒sociales, artísticas‒ fueron confluyendo de forma orgánica, chocando con el gusto y la moral predominantes, y generando una contracultura digna de tal nombre. Me refiero, como ya habrán adivinado, a los sesenta. O mejor dicho, los revolucionarios sesenta. Una década alucinada y alucinante, febril, contradictoria y proteica, cuya esencia se resume en esta magnífica novela de Joshua Furst.

En realidad, hay algo de elegía y de ajuste de cuentas en este relato. Quien lo narra es Fred ‒»Freedom»‒, hijo de una leyenda del activismo contracultural, Lenny Snyder.

El modo en que Fred recupera su infancia y cuenta desde el presente los lances de su padre supone toda una fiesta para el lector.

Por un lado, se trata de un brillante ejercicio literario, y por otro, es un modo inteligente de conjurar aquella época en la que Allen Ginsberg, Abbie Hoffman o William Kunstler, entre otros, organizaron una genuina rebelión estética y moral. Como ya habrán supuesto, hablamos de una novela en clave, donde lo real y lo imaginado se concilian ‒muy bien, por cierto‒ hasta concebir identidades creíbles y así producir un efecto poderoso y vibrante.

Es probable que haya mucho de Hoffman en la figura de Snyder. En todo caso, creo que el botín que busca Furst es más interesante que el simple guiño biográfico. La lectura de Revolucionarios capta el hechizo de esa década prodigiosa, y en paralelo, nos descubre sus efectos más lamentables. Así, el deslumbrante y egomaniaco Snyder es una figura traumática como padre y como pareja. No es la única ambigüedad que sus enemigos podrían denunciar, pero sí es la más profunda con la que se topa el lector.

A otro nivel, la novela interpreta el modo en que se fue enturbiando la pureza inicial de aquel movimiento. En cierto modo, es como si toda una generación se abriera en canal y expusiera sin rodeos sus contradicciones, sus pecados y el precio que tuvo que pagar por sus empeños (los que hoy nos parecen nobles, y también los que incubaron traumas o incluso violencia).

Si es apasionante lo que cuenta Revolucionarios, aún lo es más cómo lo cuenta. La brillantez del estilo y la amenidad de Furst afloran en cada página, afianzando una novela de primer orden.

Sinopsis

Traducción de Alba Montes Sánchez

Un alucinado viaje por los feroces años sesenta, la era de Woodstock y Altamont, de John Lennon y Charles Manson, visto a través de los ojos de un niño. Una alegoría caleidoscópica de América y un retrato profundamente íntimo de la relación de admiración y rencor entre un padre y un hijo.

Fred (más conocido como «Freedom» para la gente del «movimiento») es el único hijo de Lenny Snyder, legendario activista, carismático líder intelectual e icono de la contracultura americana de los sesenta. Ahora, alcanzada la mediana edad, Fred descubre que no puede actuar como si su psicodélica infancia nunca hubiera existido. Su mente bulle de recuerdos: su niñez transcurrió entre protestas no violentas y campañas de resistencia armada, entre la brutalidad policial y el terrorismo doméstico. Una infancia salpicada de drogas, manifestaciones incendiarias, constantes cambios de domicilio huyendo de la pasma… Su viejo, Lenny Snyder, fue un profeta, un líder de personalidad magnética, un iluminado capaz de hipnotizar a las masas con sus eslóganes, un predicador del amor libre, un auténtico revolucionario. Un tipo capaz de nominar a un cerdo para presidente y de organizar una «protesta psíquica» con la que se proponían levantar los cimientos del Pentágono a ocho metros sobre el suelo. Pero no supo conseguir el cariño de su hijo y su mujer, a los que siempre trató con desdén.

Joshua Furst nació en Colorado en 1971, y pasó los primeros años de su vida en el Wisconsin rural. En la década de los noventa, estudió Dramaturgia en la Escuela de las Artes Tisch de la Universidad de Nueva York, con una beca completa, y pronto se convirtió en una figura muy popular en los círculos del teatro alternativo de la ciudad. En 1993, realizó sus estudios de posgrado en el Taller de Escritores de la Universidad de Iowa, y se graduó con honores en 2001. Es el autor del aclamado libro de relatos Short People (2003), y su primera novela, The Sabotage Café (2007), fue incluida en las listas de los mejores libros del año en periódicos y revistas de la talla de Chicago Tribune, Rocky Mountain News y Philadelphia City Paper, además de ser galardonada con el Premio Grub Street Fiction en 2008.

Revolucionarios (2019) es su segunda novela, y ha cosechado grandes críticas desde su publicación hace tan solo unos meses, erigiéndose en una obra clave sobre los años sesenta. Además, Furst es un colaborador habitual en medios como The Jewish Daily Forward, Chicago Tribune, Conjunctions PEN America, y ha recibido diversos galardones en The Best American Short Stories y en los Premios O’Henry. También es miembro fundador de un colectivo literario llamado Krïstïanïa, y sus obras de teatro, entre las que se cuentan Whimper, Myn y The Ellipse and Other Shapes, han sido llevadas a escena en numerosos teatros, tanto en los Estados Unidos como en el extranjero. Asimismo, Furst participó en la organización del Festival Faust, y fue uno de los productores de la Conferencia RAT de Nueva York en 1998, en la que se dieron cita cientos de artistas y performers del teatro experimental de todo Estados Unidos. Actualmente vive en Nueva York y es profesor en el Eugene Lang College de The New School.

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Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Album Letras-Artes" y "Scherzo".
Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).
Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.