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¿Por qué escribo sobre mi familia?

Alguna vez me pregunto por qué razón escribo en estos mundos virtuales sobre mi pasado, y muy principalmente sobre mis padres. En realidad, se trata de cuestiones privadas que no deberían importar a nadie mas que a mí, y que, casi con toda seguridad, han sido transformadas y embellecidas por el paso de un tiempo que pule las aristas dolorosas y lustra las mas bellas.

La primera razón, y la mas importante, para escribir sobre mis padres es porque ya no están con nosotros, y cuando la memoria arrastra a las playas de la mente algún recuerdo salvado del naufragio, necesito guardarlo a buen recaudo para evitar un nuevo olvido, quizás definitivo. De algún modo, el recuerdo es un dique, frágil y provisional, contra la mortalidad (recordemos que el cínico Bierce afirmaba que «la mortalidad era la parte conocida de la inmortalidad»).

Mi padre y mis abuelos fallecieron con Alzhéimer, esa maldita enfermedad que tritura el pasado, la identidad y los recuerdos, y si algún día me devorase también a mí, al menos mis escritos dejarían a mis hijos un pequeño rastro de nuestra intrahistoria familiar. Al fin y al cabo, somos lo que hemos vivido juntos y creo que hay en mi mucho de lo que fueron mis padres, tíos y abuelos. Y no hablo solo de genética –que también–, sino de valores o temperamento con el que encaramos la vida.

A medida que recuerdo ciertos instantes y los cotejo con mi yo actual, me doy cuenta de ciertas semejanzas con quienes hace medio siglo tenían la edad que tengo yo hoy. Obviamente, somos diferentes –ningún hijo es un calco de sus padres–, pero reconozco una esencia y un tronco común del que me enorgullezco sin excesos pues también se que para la mayoría de los hijos sus padres son únicos e irrepetibles. En ellos y en su ejemplo –o en la esencia que dejaron y pervive en mis recuerdos– encuentro muchas veces algunas pistas para afrontar ciertos retos. ¿Cómo habrían actuado? ¿Qué me habrían aconsejado? Se trata de una ficción, lo sé, pero la ausencia de los padres te enajena una referencia moral fundamental durante toda tu existencia y la orfandad te hace ser consciente de que ya no cuentas con ese castillo inexpugnable en la retaguardia que era el hogar de aquel «reino en el que nunca moría nadie».

La segunda razón para escribir de mis cosas y hacerlo sin excesivo pudor es que creo que, en realidad, no son historias mías, sino de casi todos o, al menos, de casi todos los de mi generación, los niños del baby boom (1964). Década arriba, década abajo. A lo largo de estos años, escribiendo sobre nuestro pasado, he ido siendo consciente de que nada de lo escrito era único u original, y que muchos de quienes iban leyendo el goteo de mis pequeñas cuitas me confirmaban que también ellos habían sentido cosas muy parecidas ante hechos similares. Que todos los padres son grandes y que la infancia casi siempre es bella. Y es que nada hay mas universal que el amor por la familia o el dolor ante la ausencia.

Hay, por último, una tercera razón para recordar esos pequeños jirones de pasado, y es la necesidad que tengo de abstraerme por unos minutos del ruidoso presente y de permitirme un tiempo para pasear, tranquilo, por esos jardines de «noches antiguas y música lejana» (esto es de Eastwood), pues al volver a ellos siento recargar mis pilas con la necesaria dosis de optimismo que todos necesitamos para avanzar en tiempos de tribulación.

Creo que necesitamos reivindicar la belleza, la alegría y la bondad. Creo que esos son los sentimientos que predominan en la mayoría de nosotros, aunque no sean los mas difundidos, ni todo el mundo se anime a exponerlos, y por eso trato también de reivindicar esas virtudes al escribir sobre ciertos recuerdos que son míos pero que en realidad son nuestros.

Y todo esto me lleva a concluir que probablemente mis instantes de hoy serán también un recuerdo –espero que esperanzador y blanco– para mis hijos el día en que ya no esté u olvidé quién fui y de dónde vengo.

Imagen superior: Pixabay

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Fernando Navarro García

Fernando Navarro García

Director general de HAC Business School and University, vicepresidente Ética y Responsabilidad Social de Inspiring Committed Leaders Foundation, secretario general de Innovaética y vicepresidente del Instituto de Estudios Panibéricos. Fernando Navarro es licenciado en Derecho y coordinó un proyecto humanitario en Angola. Como profesor, ha desarrollado su trayectoria docente en varias universidades y escuelas de negocios (UNED, Universidad Rey Juan Carlos, Carlos III, ESIC, Instituto Universitario Ortega y Gasset y la Escuela de Profesionales de Inmigración y Cooperación de la Comunidad de Madrid). Asimismo, es coautor de "El fenómeno socialista" (ed. crítica y anotada de la obra de Igor Shararevich, Última Línea, 2015), "El delirio nihilista: Un ensayo sobre los totalitarismos, populismos y nacionalismos" (Última Línea, 2018), "Nueve necesarios debates sobre la responsabilidad social" (Comares, 2019), "Inspirando líderes comprometidos: La innovación en valores, una visión para cambiar el mundo" (Última Línea, 2019) y "¡Eureka! Valores. Principios básicos de ética para las organizaciones" (Última Línea, 2020). Entre sus restantes libros, destacan "Estratégicas de marketing ferial" (ESIC, 2001), "Diccionario biográfico de nazismo y III Reich" (Sepha, 2010), "Hitler: Los años desconocidos" (ed. crítica de las memorias de Ernst Hanfstaengl, Última Línea, 2012) y "Responsabilidad social corporativa: Teoría y práctica" (ESIC, 2012).