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Palomares, Almería, 1966

Anoche vi el primer capítulo de Palomares: Días de playa y plutonio (2021), la miniserie de Alvaro Ron que emite y produce Movistar+. Se trata de un documental muy elaborado que aborda el recordado accidente del 17 de enero de 1966 en el pueblo almeriense de Palomares.

Aquel día, un avión cisterna KC-135 y un bombardero estratégico B-52 chocaron cuando este último estaba repostando. Aquella explosión en pleno vuelo, sobre el cielo de Palomares, supuso la muerte de siete de los once tripulantes que viajaban en los aviones y la desaparición de cuatro bombas termonucleares con una potencia muy superior a la lanzada sobre Hiroshima.

Fue un incidente gravísimo, en plena Guerra Fría, del tipo conocido como broken arrow (pérdida de misiles nucleares).

La historia general creo que es bien conocida. En la España del desarrollismo fue un acontecimiento que, aunque el régimen trato de minimizar, caló en gran parte de la sociedad. Si las bombas hubieran estallado –y fue un milagro que no lo hicieran– Palomares y una gran parte de la costa almeriense y murciana habrían desaparecido en segundos.

Las cuatro bombas perdidas fueron localizadas, y al poco, la situación volvió a la calma. De todos es bien conocida la famosa imagen de Fraga con su braga náutica, luciendo palmito, mientras se bañaba en Palomares junto al embajador norteamericano para demostrar al pueblo español que no había riesgo de radiación.

Pero a esa historia general quiero sumar mi intrahistoria sobre los acontecimientos de Palomares, pues yo entonces tenía dos años y pasaba parte del año a escasos kilómetros de esa pequeña población costera. Exactamente a 10 kilómetros, en San Juan de los Terreros, donde mi padre estaba construyendo varias urbanizaciones y nuestro inolvidable chalet.

Como mi madre también trabajaba, yo me pasaba parte del año con ella en Valencia y el resto con mi padre y mis abuelos en Almería. No sé dónde me pilló cuando cayeron las bombas, pues nunca hablamos de esto en casa, y ahora ya es tarde para preguntarle a mis padres. Pero si sé que ese año 1966 estuve correteando por aquellas playas de Almería, en las que, a escasos kilómetros, habían caído cuatro bombas de hidrógeno.

Vuelvo al documental: lo que me pareció más hermoso y mas edificante fue la actitud ante el suceso de los lugareños, algunos de los cuales viven en la actualidad, pues cuando aquello sucedió, eran niños o muy jóvenes.

Ninguno de los entrevistados muestra la más mínima inquina contra los norteamericanos o los pilotos. Más bien todo lo contrario, y alguno de ellos hasta se emociona al recordar la fotografía familiar que encontró dentro la cartera del cadáver de uno de los pilotos americanos. Otros hablan con absoluta naturalidad de aquellos terribles días y explican, sin pretensión alguna de heroísmo, cómo habían navegado con sus pesqueros al rescate de los pilotos caídos al mar, cuyas vidas indudablemente salvaron, pues al localizarlos, ya tenían claros síntomas de hipotermia.

Eran gentes humildísimas, dedicadas a la pesca mayormente, y al borde siempre del hambre. Yo conocí de crío a gente de esa estirpe morena, enjuta y callada, casi siempre con un cigarro en la boca y hoy ya casi en extinción… Estuve en sus casas que, a veces, eran cuevas excavadas en los cerros y jugué con sus hijos en viejas salinas o minas abandonadas. No sentíamos diferencias de clase y éramos solo niños que jugaban.

Ninguno de los entrevistados se acoge al victimismo, tan habitual en nuestros días, tratando de arañar alguna indemnización o un fugaz aplauso por parte de una audiencia ansiosa por aplaudir o abuchear. Ninguno dramatiza las cosas. Todos hablan ante las cámaras con esa naturalidad tan almeriense y cuentan sus vivencias –en ocasiones admirables– sin darles demasiada importancia.

Hicieron lo que hicieron porque era lo que tenían que hacer, y punto. Aquella generación era así: actuaban porqué había que hacerlo, sin mas contemplaciones, ni intereses o expectativas ocultas. Un repipi diría que obraron por «imperativo moral», pero en realidad actuaron así porque eran buena gente. A pesar de sus muchas privaciones, vivían con una ética que ya quisiéramos tener los niños del baby boom y quienes vinieron después.

Copyright del artículo © Fernando Navarro. Reservados todos los derechos.

Fernando Navarro García

Fernando Navarro García

Director general de HAC Business School and University, vicepresidente Ética y Responsabilidad Social de Inspiring Committed Leaders Foundation, secretario general de Innovaética y vicepresidente del Instituto de Estudios Panibéricos. Fernando Navarro es licenciado en Derecho y coordinó un proyecto humanitario en Angola. Como profesor, ha desarrollado su trayectoria docente en varias universidades y escuelas de negocios (UNED, Universidad Rey Juan Carlos, Carlos III, ESIC, Instituto Universitario Ortega y Gasset y la Escuela de Profesionales de Inmigración y Cooperación de la Comunidad de Madrid). Asimismo, es coautor de "El fenómeno socialista" (ed. crítica y anotada de la obra de Igor Shararevich, Última Línea, 2015), "El delirio nihilista: Un ensayo sobre los totalitarismos, populismos y nacionalismos" (Última Línea, 2018), "Nueve necesarios debates sobre la responsabilidad social" (Comares, 2019), "Inspirando líderes comprometidos: La innovación en valores, una visión para cambiar el mundo" (Última Línea, 2019) y "¡Eureka! Valores. Principios básicos de ética para las organizaciones" (Última Línea, 2020). Entre sus restantes libros, destacan "Estratégicas de marketing ferial" (ESIC, 2001), "Diccionario biográfico de nazismo y III Reich" (Sepha, 2010), "Hitler: Los años desconocidos" (ed. crítica de las memorias de Ernst Hanfstaengl, Última Línea, 2012) y "Responsabilidad social corporativa: Teoría y práctica" (ESIC, 2012).