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Noches áticas en Olula del Río

Hoy me contó mi primo una historia familiar que no conocía y me ha encantado.

Transcurrió en Olula del Río, al inicio de la Guerra Civil. Mi abuelo, al comenzar la guerra era teniente de las milicias republicanas (MAOC) en el frente de Purullena-Guadix. El hecho de que fuera maestro supongo que lo hizo subir rápidamente varios niveles en el escalafón. Y así, de la noche a la mañana, pasó de enseñar a unos niños a mandar a otros casi niños…

Un día la milicia a la que estaba adscrito fue a una de las fincas mas ricas de la zona (un molino de harina) y un oficial que no era del lugar, después de las requisas oportunas, intentó forzar a la hija de los propietarios, una moza que a la sazón rondaría los dieciséis años. Mi abuelo intentó impedirlo, pero el agresor estaba tan enervado que no le hizo caso y siguió con su acoso, así que mi abuelo –que era alto y fuerte–  ni corto ni perezoso lo cogió de las solapas, y tras darle una somanta de tortas, lo arrojó violentamente al suelo.

El otro no hizo nada en aquel momento, probablemente porque vio en el rostro de mi abuelo la decisión clara de matarlo si respondía.

Pero no quedó así la cosa, porque poco después incoaron un consejo de guerra a mi abuelo: había golpeado a un superior y esas cosas se pagan caras, especialmente en tiempos de guerra. El caso es que salió con vida de aquel juicio, al parecer porque varios testigos corroboraron la versión de mi abuelo. Sabiendo lo que hoy sabemos acerca de los consejos de guerra en aquella terrible época, creo que mi abuelo realmente nació con estrella. La poca disciplina de las milicias y el escaso apego a los oficiales puede que también le ayudará.

Varios años después –y ya perdida la guerra por el bando de mi abuelo–, él fue encarcelado. Vae Victis! Estuvo casi dos años en prisión, los primeros meses en su propia casa que había sido reconvertida en cárcel por los falangistas que pavoneaban sus correajes y banderas por el pueblo.

El médico de Olula siempre que pasaba delante de su casa-prisión gritaba que aquel hombre era inocente a carta cabal ¡Inocente!.

Después lo trasladaron a Purchena, y en su prisión siguió cumpliendo su condena. Mi madre de niña (6 o 7 años) lo visitaba a menudo para llevarle cigarrillos y comida casera. En realidad, lo que quería era verlo.

Desde su prisión, escribió a algunas personas a las que recordaba haber ayudado a salvar la vida durante la guerra y les solicitó su ayuda. Algunas no quisieron ni siquiera reconocerlo. Hubo un alto prelado de la iglesia murciana que se cubrió de ignominia, pero eso ya es historia y prefiero no escarbar en la miseria humana.

Una de las personas a las que pidió ayuda fue a la familia de la adolescente a la que había «salvado la honra» (como se decía antes) y probablemente la vida. Pocos días después, recibió la respuesta de la madre, con las mejores recomendaciones para mi abuelo, detallando su intervención en defensa de su hija y adjuntando una foto de su hija, paseando por Sevilla del brazo de Queipo de Llano, quien desde hacía poco tiempo se había convertido en su suegro. ¡La joven a la que defendió se había casado con el hijo de Queipo de Llano! Basta saber la enorme influencia que tenía este último en la Andalucía de 1941 para darse cuenta del valor salvífico que tuvo aquella carta y aquella fotografía.

Mi abuelo estuvo algo menos de dos años en prisión y finalmente salió libre de cargos, tras numerosas declaraciones de personas que intercedieron a su favor. Siempre fue un republicano honesto, ilustrado y recto. Nunca nos inculcó odio hacia los vencedores, pero tampoco idealizó a los perdedores, quizás porque en su familia –como en casi todas– hubo de ambos bandos.

Esta historia me recuerda un poco a esa otra leyenda de Androcles y el león en las Noches áticas de Aulo Gelio, pues es verdad que cuando somos capaces de sobrevolar por encima de las malditas ideologías, solo quedan las personas y estas, a menudo, son mejores que un mero ideario.

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Fernando Navarro García

Fernando Navarro García

Director general de HAC Business School and University, vicepresidente Ética y Responsabilidad Social de Inspiring Committed Leaders Foundation, secretario general de Innovaética y vicepresidente del Instituto de Estudios Panibéricos. Fernando Navarro es licenciado en Derecho y coordinó un proyecto humanitario en Angola. Como profesor, ha desarrollado su trayectoria docente en varias universidades y escuelas de negocios (UNED, Universidad Rey Juan Carlos, Carlos III, ESIC, Instituto Universitario Ortega y Gasset y la Escuela de Profesionales de Inmigración y Cooperación de la Comunidad de Madrid). Asimismo, es coautor de "El fenómeno socialista" (ed. crítica y anotada de la obra de Igor Shararevich, Última Línea, 2015), "El delirio nihilista: Un ensayo sobre los totalitarismos, populismos y nacionalismos" (Última Línea, 2018), "Nueve necesarios debates sobre la responsabilidad social" (Comares, 2019), "Inspirando líderes comprometidos: La innovación en valores, una visión para cambiar el mundo" (Última Línea, 2019) y "¡Eureka! Valores. Principios básicos de ética para las organizaciones" (Última Línea, 2020). Entre sus restantes libros, destacan "Estratégicas de marketing ferial" (ESIC, 2001), "Diccionario biográfico de nazismo y III Reich" (Sepha, 2010), "Hitler: Los años desconocidos" (ed. crítica de las memorias de Ernst Hanfstaengl, Última Línea, 2012) y "Responsabilidad social corporativa: Teoría y práctica" (ESIC, 2012).