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Miguel Ángel Quintana Paz: «Nos guste o no, la educación es un campo de batalla»

«Por qué nos pide Horacio que sapere aude, que nos atrevamos a saber? Porque, como todos los clásicos, Horacio nos conocía perfectamente, sin importar que nos separen de él más de veinte siglos. Horacio sabía que los humanos somos seres extraños, y que, aunque nos apresuramos a limpiar de nuestros ojos una simple mota de polvo que los incordie, sin embargo postergamos días, meses, ¡incluso años!, el ponernos a limpiar las manchas de ignorancia que atribulan nuestra alma».

Estas líneas de Sapere aude, o ¿cabe llamarnos aún ilustrados? (UEMC, 2018) reflejan la actitud que aprecio en Miguel Ángel Quintana Paz: una incansable curiosidad, reforzada con un enfoque crítico de los grandes temas de nuestro tiempo.

Hay un par de cosas que separan al filósofo de otros intelectuales de su generación. La primera, que Quintana Paz es más brillante. Además de lograr el tercer mejor expediente de España en Filosofía y de ser doctor en esta materia con Premio Extraordinario por la Universidad de Salamanca, ha ejercido como Lonergan Post-Doctoral Fellow en el Boston College y fue investigador en las universidades de Turín y Viena.

En segundo lugar, está acostumbrado a plantar cara. Como escritor, hace que otros colegas parezcan simples productores de tópicos. Incluso en los debates más incómodos, está armado con datos que la mayoría ignora. Por otro lado, frente a la tentación de acurrucarse en las cercanías del poder, evita la autocensura y nos somete a incesantes estímulos de sentido común.

Además, para Quintana Paz la divulgación y la enseñanza parecen casi un acto de servicio. Así lo demuestra como director académico del Instituto Superior de Sociología, Economía y Política (ISSEP) y en sus clases en el Título de Experto en Comunicación Social de la Universidad Pontificia de Salamanca.

En La cultura moderna, Roger Scruton escribe que los intelectuales de hoy no difunden las claves de la civilización occidental. Al contrario: se dedican a ponerla en duda y a minar su autoridad. ¿Dónde cree usted que comienza este problema? ¿En las propias élites? ¿En el deterioro de las instituciones culturales, incapaces de proteger el legado de Occidente? ¿O en una sociedad infantilizada, alérgica al papel de la alta cultura? 

Antes que buscar culpables, me gustaría ahondar en las causas de lo señalado por Scruton.

A menudo se nos olvida que uno de los siete sabios griegos, Solón, no solo fue famoso por su sapiencia, sino también por viajero. Y otro tanto cabe decir de Heródoto, el primer historiador. Platón, Jenofonte… prolongarán luego esta ambición andariega. ¿Por qué amaban viajar estos fundadores de nuestra civilización? Desde luego, no para sacarse selfis impactantes, sino porque querían conocer ideas y costumbres extrañas. Y en esta ambición de conocimiento había ya cierto cuestionamiento de lo propio: quien está muy a gusto en su casita, tanto material como mental, no se mueve, no mueve ni su cuerpo ni su alma, para verse desafiado por lo ajeno.

Occidente se funda ya sobre la idea de autocuestionamiento, pues. Es ella la que nos permite hacer filosofía, ciencia, modificar nuestros sistemas políticos, nuestra religión… Cuando San Pablo visita Atenas sabe que a sus ciudadanos se interesarán, al menos en principio, por ese nuevo mensaje, cristiano, que les trae; y por ello no debe ir a buscarlos uno a uno a sus casas o mercados, sino que muchos atenienses se juntan, espontáneos, en el areópago para ver qué les cuenta ese forastero recién llegado.

¿Qué ha ocurrido de reciente? Que ese ímpetu autocrítico que nos caracteriza se ha pasado de rosca; de algún modo, los anticuerpos críticos que tanto bien nos han hecho durante dos milenios y medio… han acabado degenerando en una enfermedad autoinmune. Es bueno renovar la autocrítica, como es bueno regenerar las células de un cuerpo; pero si esto se acelera en exceso nos encontramos con un tumor.

A partir de ahí, ¿dónde podemos detectar las fases más avanzadas de ese cáncer al que aludía Scruton? Sin duda en nuestras élites, que son las encargadas de calibrar entre la reproducción y la reforma de nuestra tradición occidental (a eso se dedican desde sus universidades, medios de comunicación, industria del entretenimiento, política, grandes empresas…). Élites que últimamente parecen poco interesadas en conservar y reformar nuestra civilización, pues prefieren más bien sustituirla por otra (una civilización woke, ecofeminista, progresista, secularista, antitradicional…)

En el entorno académico, los medios de comunicación y el mundo de la cultura y el entretenimiento se expandieron muy rápido esa ideología woke y ese moralismo identitario. ¿Qué ha pesado más en este proceso? ¿El hecho de que estemos colonizados culturalmente por el mundo anglosajón o el oportunismo político de nuestras élites?

Más que oportunismo, yo hablaría de pereza. Nuestras élites progres cuentan con una hegemonía indudable dentro de España desde hace medio siglo (en el ámbito universitario, me atrevería a decir que desde antes incluso, pues en el tardofranquismo ya dominaban ese ámbito, como bien les gusta a ellas mismas blasonar). Ahora bien, lo interesante no reside en si eran mayoritarias, sino en ¿qué han producido durante todo este tiempo? Teniendo como han tenido el bastón de mando durante décadas y décadas entre nosotros, ¿qué ideas han exportado, qué autores de los suyos son hoy referencia internacional? Me temo que ellas mismas, sin son honestas, han de reconocer parcos resultados ahí.

Bien es verdad que acaso se pueda acusar de lo mismo a nuestra intelectualidad no izquierdista. Pero la vara de medir no puede ser la misma. Los autores ajenos a la izquierda han sido, en primer lugar, minoría; en segundo lugar, han debido lidiar día a día no solo con la hostilidad del establishment, sino con la de los propios políticos de derecha, que en el mejor de los casos les han tratado con indiferencia, en el peor con difidencia. Franco ya avanzó esta actitud desconfiada con aquella famosa frase a su director general de Propaganda: “Rocamora, Rocamora, no se fíe usted de los intelectuales”. ¡Y el intelectual al que se refería en aquel caso era nada menos que don José Ortega y Gasset!

En suma, si los pensadores de derechas han tenido que lidiar con el menosprecio de las propias élites político-económicas, además de con su propio menguado número, quizá se lo hemos puesto entre todos demasiado fácil a la izquierda, y de ahí que se haya apoltronado en sus laureles, se limite a copiar importaciones woke del otro lado del Atlántico y resulte poco influyente más allá de adonde lleguen La Sexta o El País.

Cuando se insiste en el deterioro de las humanidades en la educación, suele mencionarse el paulatino arrinconamiento de la Filosofía. Pero hay otro problema que se añade a esto último, y sobre el que quiero preguntarle… Hoy las clases de Filosofía, dependiendo del profesor que las imparta, pueden ser algo serio o pueden convertirse en una charla insignificante, marcada por esa política moralista sobre la que estamos hablando. ¿Cómo habría que redefinir el estudio de la Filosofía para que fuese algo realmente formativo y beneficioso?

Ese uso de las humanidades para charlitas ligeras sobre “valores”, sobre lo bueno que es ser buenecitos y demás papillas ideológicas, no afecta solo a la Filosofía, por desgracia. Hace tiempo que combato para que en clases de Religión, por ejemplo, se enseñe Religión (en vez de a hacer murales por la paz o por la Madre Tierra). Sin mucho éxito por mi parte, he de reconocer: los alumnos cada vez ignoran más quién fue San Pablo, o Abraham, o Isaac (lo cual es un problema si luego deseas, por ejemplo, enseñarles las ideas filosóficas de Kierkegaard sobre el “salto de fe” en estos últimos). De modo que si tenemos a los obispos católicos, que teóricamente tienen un mensaje concreto que transmitir (el cristiano), despreocupados por imponer una disciplina rotunda para ello, no sorprende que también en clases de Filosofía, donde a diferencia de en la Religión no hay una jerarquía a la que obedecer, se produzca todo tipo de desmanes.

¿Cómo evitar que las clases de Filosofía (o Religión, o Historia, o Literatura…) se conviertan en una mera plataforma para que la profesora de turno te cuente sus opinioncitas sobre el mundo? Creo que mucho se arreglaría si nuestros exámenes finales, de Selectividad o EBAU o como quiera llamárselos, se fueran pareciendo a los franceses. Allí la Filosofía se evalúa concediendo a los alumnos varias horas en que han de desarrollar por extenso un tema (“¿qué sentido tiene la vida?”, o “¿hay que obedecer siempre la ley?”, o “¿es posible el conocimiento?”), sin limitarse solo a citar autores, sino hilando razonamientos, referencias, argumentos y contraargumentos. Dicho en pocas palabras: allí los alumnos no repiten apuntes de clase de Filosofía, sino que se ponen a filosofar.

Con miras a ese tipo de exámenes, la profe con el pelo tintado de violeta que te ha estado nueve meses contando sus ideítas sobre Trump resulta de poca ayuda; con lo que habría más probabilidades de que alumnos y padres le exigiesen, contundentes, que se atuviera a enseñar su disciplina. (Bien en verdad que esa exigencia no siempre desembocaría en éxito: las docentes así suelen ser bastante tozudas, quién sabe si a resultas de alguna sustancia en el tinte violeta que las torne más cabezotas).

Los intereses estéticos y el conocimiento de la historia o de las tradiciones literarias y filosóficas han sido filtrados por eso que llamamos cultura pop. Hasta cierto punto, creo que esto ha ido abaratando lo que entendemos como «persona culta». Uno puede pasar por culto hablando sobre teleseries, cómics o películas de serie B ‒muy respetables, por otra parte‒, sin haber leído una sola línea de Stendhal, Pérez Galdós o Tolstói. ¿Asistimos al triunfo definitivo de los «eruditos a la violeta»?

No quiero pecar de apocalíptico, pero al menos los «eruditos a la violeta» de los que se reía José Cadalso tenían la ambición de conocer un poco de todo (aunque fuese superficialmente): en esa ambición omnicomprensiva eran, al fin y al cabo, hijos de la Ilustración. Hoy son tantas las posibilidades de acceso a la cultura (por ejemplo, el libro de Cadalso que acabamos de citar está a un golpe de clic, aquí) que el proceso parece más bien el contrario: cada uno profundiza en un tema (series policiacas estadounidenses protagonizadas por mujeres, por ejemplo) y ya queda como erudito ante cualquiera, a igual nivel que quien domina los intríngulis de la filosofía moderna o de la energía nuclear.

En un mundo en que todos podemos ser expertos nadie es experto, y por tanto el conocimiento deja de ejercer el papel que ha jugado como músculo de nuestra civilización.

Uno de mis maestros, Mario Perniola, insistía mucho en esto: incluso los movimientos irracionalistas que vivió antiguamente Europa trataban de fundarse en lo intelectual; los románticos del XVIII y el XIX, por ejemplo, no dejaron de escribir libros (para valorar la vida por encima de lo libresco, pero libros al fin y al cabo). O incluso los nazis, pese a su desprecio del “intelectual degenerado” y de la mera racionalidad, trataron de promocionar sus propios autores de cabecera (Alfred Rosenberg, el Nietzsche manipulado por su hermana nazi Elisabeth…). Y no dudaron en echar mano de la ciencia para fundamentar su racismo.

Hoy, sin embargo, nos encontraríamos ante un fenómeno nuevo, en que es todo lo intelectivo como tal lo que ha perdido su prestigio: desconfiamos de los expertos, somos conscientes de que “la ciencia” a menudo la usan unos y otros en su beneficio, desesperamos de poder hallar en “el saber” una respuesta a nuestras preguntas más acuciantes… Se diría que Paul Feyerabend, que ya en los 60 advirtió de estas cosas, ha acabado triunfando con los años (si bien él limitó el desprestigio a las ciencias naturales, mientras que este ha acabado contagiando a todo saber). Un servidor también elaboró un librito sobre ello hace cuatro años, y la verdad es que no ha dejado de cobrar vigencia. Estamos, en suma, en una situación nueva para Occidente, de la que a saber cómo acabamos saliendo.

Decía Italo Calvino que el valor revolucionario de la filosofía consiste en trastocar el sentido común y los sentimientos, perturbando el pensar «natural». En el mismo artículo, Calvino critica las filosofías prácticas, en especial el marxismo, por emplear una literatura exhortativa que representa como natural su visión filosófica del mundo. Al leer esto, me pongo en guardia frente a ciertos filósofos de moda, pero claro… puede que el propio Calvino, como escritor, también redujera aquí el papel de la filosofía.

Tiendo a pensar como Italo Calvino, la verdad. Cuando me preguntan que para qué sirve la filosofía, mi respuesta favorita es aducir que no sirve para nada. Y ese es su mérito. Pues todo lo grande no sirve a otra cosa. Justo por eso es grande. Se basta a sí mismo. Lo que sirve a otro, es que lo reconoce como superior a sí. Por eso nuestras vidas no sirven para nada: si sirvieran a algo serían un mero instrumento suyo, pero poseen valor por sí mismas. La belleza tampoco sirve para nada. Ser feliz no sirve para nada. Dios no sirve para nada (y, cuando empieza a servir a unos u otros, se convierte en un mero idolillo).

Cuando los economistas más serios hablan sobre nuestra disparatada deuda pública, dicen que pueden pasar dos cosas: que los políticos sigan pasando el problema a sus sucesores, hasta que colapse, o que se propongan soluciones a largo plazo, sabiendo que enderezar el endeudamiento llevaría décadas. Quiero relacionar esa deuda económica con una formación educativa cada vez más deficiente. La ignorancia, como sucede con el endeudamiento, nos lleva al síndrome de la rana hervida. ¿Empieza a notar alguna reacción por parte de la sociedad o cree que aún debemos caer más hondo?

La verdad es que sí veo reacciones, aunque temo que no sean suficientes.

Pongamos un ejemplo que me es cercano, el ISSEP (Instituto Superior de Sociología, Economía y Política) de Madrid, donde desde hace un año me ocupo de su dirección académica. La primera vez que me hablaron de él me pareció un proyecto demasiado bonito para ser verdad: ¿íbamos a conseguir que veintitantos jóvenes dedicasen durante todo un curso académico todos los viernes por la tarde y los sábados por la mañana simplemente a formarse en Historia, en Derecho, en Geopolítica…? ¿Iban a estar dispuestos a pagar el importe (no barato) de la matrícula para saber más de Filosofía, de Comunicación, de Gestión? Pues eso es lo que pretende nuestro máster en Liderazgo y Gobierno: suplir el desconocimiento sobre nuestro mundo y nuestra civilización con que uno sale hoy día de las universidades; y preparar a los alumnos para que sean eficaces a la hora de transformar una sociedad que está olvidando sus raíces y su lugar en el mundo.

Mis dudas iniciales se vieron, en todo caso, resueltas del mejor modo posible: por la realidad misma. Pues son ya dos los cursos en que hemos podido ejercer nuestra vocación formativa; y hemos tenido que ampliar incluso a un segundo programa (para personas de edad más avanzada) y un tercero (de refuerzo, para alumnos que ansiaban seguir con nosotros) para satisfacer la demanda que recibimos.

Ahora bien, esta reacción señeramente positiva, ¿es suficiente? Cuando uno lee a nuestros enemigos, su histerismo ante la mera existencia de ISSEP pareciera dar a entender que de nuestras aulas manasen centenares y centenares de jóvenes dispuestos a transformar nuestro país; pero lo cierto es que de momento solo podemos formar a unas pocas decenas cada año. Ojalá surgiesen otras muchas iniciativas educativas y culturales que, aunque nos supusiesen una competencia, reforzasen las filas de quienes no están dispuestos a conformarse con el pensamiento débil que hoy proporciona nuestra educación convencional.

¿Cree que, a medio plazo, surgirá del entorno académico una élite más positiva para el futuro de nuestro país? ¿Qué papel puede representar el ISSEP en ese proceso de cambio?  

A mí me hacen mucha gracia ciertos defensores “centristas” de la educación, que aún viven perplejos ante el hecho de que no se hallen “consensos educativos”. ¡Claro que nunca conseguiremos una educación a gusto de todos! Desde Rousseau, quienes ansían transformar nuestra civilización de cabo a rabo saben que la educación es pieza fundamental para ello, y no van a dejársela como regalito a los del mero “consenso”.

Nos guste o no, pues, la educación es un campo de batalla; y si algunos quieren usarla para corroer los fundamentos de Occidente, a los demás no nos queda más remedio que ponernos a buscar cómo usarla para fortificar y renovar esos cimientos. Ese es el proyecto de ISSEP, y desde luego nuestros alumnos salen convencidos de que les hemos proporcionado armas de lo más potentes para ello. Dado que a su vez son alumnos selectos, que han superado nuestro proceso de admisión, se trata de una mezcla explosiva: personas con ambición de cambiar el mundo, con formación sobrada para ello y con empuje para no arredrarse ante las dificultades. Te aseguro que no me gustaría tenerlos en el bando contrario; y que me enorgullece contar con su compañía en las duras batallas que habremos de lidiar.

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Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Colaborador de "La Lectura", revista cultural de "El Mundo". Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Álbum Letras-Artes" y "Scherzo".
Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).
Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.