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Merecer

Es un tópico y no exento de tóxicos, que la pandemia nos ha sorprendido, que nos llena de sorpresas hasta volverlas igualmente tóxicas. Me detengo en una sola: advertir que los defensores a ultranza de la libertad de mercado, que siempre consideraron al Estado un problema y no una solución, ahora claman al unísono por la intervención ilimitada del fisco en favor de sus empresas, acosadas por la catástrofe económica mundial. El Estado intruso, que se mete en nuestros bolsillos y los vacía, el Estado monumental que gasta y no produce, el Estado que ruge como un león en vez de maullar como un gatito, ese Estado es el que nos puede salvar de lo peor.

Repito una fórmula inventada hace años por un poeta, Octavio Paz: el Estado es el Ogro Filantrópico de los cuentos infantiles. Es huraño y rugiente pero benefactor. Así como vemos largas colas del hambre, tenemos largas colas empresariales que no vemos, salvo cuando pasamos ante locales clausurados, pistas de aterrizaje con aviones inmóviles o carteles descoloridos anunciando espectáculos del año pasado. ¿Dónde están las nieves de antaño que no vio disolverse el clásico? ¿Dónde, la mano oculta y omnisciente y omnipotente del mercado, que arregla todos los desequilibrios y provee todas las herramientas para zurcir los descosidos? ¿No importa nada la emisión de dinero barato a cuenta de futuras deudas públicas? Pero, sobre todo, ¿qué se hicieron los próceres de la meritocracia, los que merecieron los que tienen aquello que tienen y también aquello que les sobra gracias a que la sociedad siempre premia a los mejores?

Sin duda, una sociedad que selecciona a esos pocos felices que los romanos llamaban optimates y los responsabiliza de la gestión común, es un ideal deseable. Incluso sería un ideal democrático, el exigente resultado de un libre y pulcro concurso de excelencias al servicio del bien común. Una meritocracia, si se quiere.  La desazón nos sorprende cuando los selectos se llaman Jesús Gil, Silvio Berlusconi o Donald Trump, un trío de creciente magnitud aportado por las impecables elecciones democráticas. ¿De veras no había en su momento nada mejor, nadie mejor para ganar los respectivos concursos?

Tal vez la base de nuestra estructura meritocrática no sea lo suficientemente eficaz que debería. Un chico nacido en una chabola tiene un camino mucho más duro y difícil para llegar a la cima que si nace en un palacio. No se alimentará por igual uno que el otro, ni concurrirán a los mismos colegios, ni las comisiones que los selecciones tendrán parientes y amistades intercambiables para unos y otros.

Vuelvo al comienzo: ¿quién selecciona, en las colas del hambre invisibles de las grandes empresas, a las que han de perdurar o morir de inanición?

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Blas Matamoro

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista. Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de "La Opinión" y "La Razón" (Buenos Aires), "Cuadernos Noventa" (Barcelona) y "Vuelta" (México, bajo la dirección de Octavio Paz). Dirigió la revista "Cuadernos Hispanoamericanos" entre 1996 y 2007, y entre otros muchos libros, es autor de "La ciudad del tango; tango histórico y sociedad" (1969), "Genio y figura de Victoria Ocampo" (1986), "Por el camino de Proust" (1988), "Puesto fronterizo" (2003), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)
En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por "Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina". (Fotografía publicada por cortesía de "Scherzo")