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María Victoria del Pozzo, “la rosa de Turín”

Tras la Revolución Gloriosa (1868) y la derrota del general Pavía en Alcolea, Isabel II es derrocada y tiene que tomar las de Villadiego. Se forma un triunvirato compuesto por el general Prim, el general Serrano y el almirante Topete. Pero la Constitución de 1869 establecía la monarquía como forma de gobierno en España así que ni cortos ni perezosos, se pusieron a buscar rey. Después de descartar a varios candidatos, el elegido fue Amadeo, duque de Aosta, hijo segundo del rey de Italia Víctor Manuel II.

En un primer momento declinó el ofrecimiento pero animado por su esposa, envío el siguiente telegrama al Consejo de Ministros (octubre de 1870): “Aceptaré la Corona si el voto de las Cortes me aprueba que esta es la voluntad de la nación española”. Su candidatura fue aprobada en las Cortes con una amplia mayoría.

¿Cómo era el nuevo rey? Descendiente directo de Catalina Micaela, la hija menor de Felipe II (como la mayoría de los soberanos europeos), era alto, guapetón, elegante, tímido y un poco chuleta. Llamaba la atención su escasa preparación intelectual y sobre todo, su afición a beneficiarse a toda señora o señorita que se le pusiera a tiro. Cuando el barco que lo trae a España arriba a Cartagena, al bueno de Amadeo le extraña que Prim, su valedor principal no salga a recibirlo (como en el zorcico Maitechu mía): el general Prim acababa de morir como resultado de las heridas recibidas en el atentado de la calle del Turco.

Dos días después, hace su entrada en Madrid. Serrano le aconseja algo discretito, sin llamar mucho la atención. Pero el de Aosta decide hacer una entrada triunfal a caballo, a trotecito lento, que diría María Dolores Pradera, y al frente de un regimiento. Jacinto Benavente, que contempló el desfile desde el balcón de su casa de la calle Alcalá lo describió el acto como “tan glacial como la temperatura de aquel día”. Una reacción lógica si tenemos en cuenta que no lo quería nadie: ni los republicanos ni los carlistas (por razones obvias) ni la nobleza que anhelaba el regreso de Isabel II.

En marzo de 1871 llega a España su esposa, María Victoria dal Pozzo della Cisterna, que había estado recuperándose de su último parto. Era hija del príncipe de La Cisterna, uno de los aristócratas más acaudalados de Europa. Había tenido una infancia difícil, puesto que cuando su padre falleció, su madre manifestó un grave desorden mental hasta el punto de negarse a enterrar a su marido (algo que nos recuerda a doña Juana de Castilla y al capitán Butler cuando murió Bonnie al caerse del pony) y decidió recluir a la familia en su residencia en la que no permitía que se abrieran las ventanas para que no entrara la luz. También sufrió la muerte de varios hermanos a consecuencia del tifus.

María Victoria no se parecía a su marido, la verdad: era discreta, inteligente y muy culta. Hablaba alemán, francés e inglés y leía y escribía en latín. Había estudiado Literatura, Filosofía, Astronomía, Mineralogía y Derecho Internacional. Ni que decir tiene que durante el breve lapso de tiempo que vivió en nuestro país, aprendió el español a la perfección mientras que su marido apenas logró chapurrear cuatro palabras. (Cuando el general Cialdini, el embajador en España, le afeó la conducta por su falta de interés hacia la lengua cervantina, el salao de Amadeo le respondió: “Para hacer el amor, mi querido embajador, no hace falta saber español”. En esto tenía razón, todo hay que decirlo).

María Victoria no tuvo precisamente una estancia agradable en España: supo enseguida que, mientras ella había estado ausente, su marido se había dedicado a la “caza mayor” de féminas, siendo de dominio público el tórrido romance que mantenía con Adela de Larra, la hija del brillante escritor. También sufrió un atentado junto a su esposo en la primavera de 1872 del que salieron ilesos pero con un susto morrocotudo.

La nobleza le hizo el vacío absoluto siendo incluso imposible encontrar a una aristócrata que aceptara el puesto de camarera mayor de la reina. Como además María se había negado a contratar a amas de cría puesto que prefería amantar ella a sus hijos, las burlas y los desprecios estaban a la orden del día. Las nobles madrileñas se habían confabulado en su contra, y cuando María Victoria transitaba en carruaje por el Paseo del Prado (lugar de encuentro de la alta burguesía y de la nobleza), se encontraba con que todas las damas con las que se cruzaba, lucían mantilla de blonda y peineta y un broche con la flor de lis en la espetera. Todas giraban la cabeza para no saludarla.

Cansada de tanta burla, optó por ir a pasear a la orilla del Manzanares. Allí pudo observar numerosos grupos de lavanderas que realizaban su durísimo trabajo rodeadas de sus harapientos y hambrientos churumbeles. Las madres no podían vigilarlos constantemente y los ahogamientos eran frecuentes. Así que, ni corta ni perezosa, nuestra protagonista creó guarderías para estas criaturas, siendo las primeras creadas en España y que sufragó ella con su patrimonio.

También colaboró con Concepción Arenal (probablemente, su mejor amiga en España) en numerosos proyectos fundando, por ejemplo, hospicios y una casa-escuela para los hijos de las cigarreras. (Amadeo I emitió una Real Orden para que las mujeres españolas pudieran estudiar medicina, es justo también reconocérselo).

Harto de desaires, sublevaciones militares y presiones políticas, Amadeo I abdica ante las Cortes el 11 de febrero de 1873. En la misma sesión se proclama la I República.

Amadeo y María Victoria abandonarán España para siempre. María Victoría falleció en noviembre de 1876, a los veintinueve años, víctima de la tuberculosis. El sátiro Amadeo contrajo segundas nupcias con su sobrina Leticia Bonaparte.

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María Ortigosa

María Ortigosa

Historiadora y profesora de español como lengua extranjera.