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Luisa Isabel de Orleans, una joya

Luisa Isabel nació en Versalles en 1709 y era la quinta hija del regente de Francia, el duque de Orleans (un sátiro), y de Francisca María de Borbón, fruto esta última del tórrido romance que habían mantenido Luis XIV y Madame de Montespan.

Aunque la criatura era enviada a algún convento cada cierto tiempo, las monjas, hartas de su comportamiento asilvestrado, enseguida la mandaban a casa de nuevo y allí, en el Palais Royal, creció junto a sus hermanas sin ninguna disciplina y en un ambiente donde eran habituales todo tipo de excesos.

En España reinaba Felipe V, el primer Borbón. Cuando se decidió que había que buscarle una novia al heredero, el príncipe Luis, se pensó inmediatamente en nuestra Luisa Isabel. Probablemente os estéis preguntando por qué eligieron a una princesa de 3ª división B para que se casara con el heredero al trono de España. Se me ocurren algunas explicaciones, pero sin duda, esta fatídica elección se debió a que las negociaciones las llevó a cabo la intrigante Isabel de Farnesio, mujer de Felipe V pero no madre del príncipe Luis, a quien el futuro de su hijastro le importaba un comino (por no mencionar que le tenía bastante ojeriza y que era peor que la madrastra de Cenicienta).

En Francia recibieron la noticia con alegría y regocijo, pero se dieron cuenta de un pequeño detalle: la novia no tenía nombre. Efectivamente, nuestra protagonista había sido inscrita como Mademoiselle de Montpensier en el acta de bautismo pero, bien porque su frágil salud no presagiaba que llegara a cumplir el año, bien porque sus padres demostraron siempre un absoluto desinterés por la criatura, lo cierto es que no tenía nombre, por lo que tuvieron que nominarla, bautizarla y celebrar su Primera Comunión antes de que fuera enviada a España.

Finalmente, Luisa Isabel y Luis se casan en Lerma en enero de 1722 aunque no pudieron consumar hasta que Luisa Isabel alcanzó la menarquia año y medio después (para desesperación del verriondo Luis). Pronto descubrirán cómo era la “perla” que habían adquirido. La chiquilla era maleducada llegando a extremos insospechados, hasta tal punto que acostumbraba a eructar en público (no quiero ni imaginar la cara de la Farnesio). No solía comer con los reyes y otros miembros de la familia real pero acudía frecuentemente a las despensas del palacio, y allí se daba unos banquetes pantagruélicos.

Normalmente no cuidaba su higiene personal, hábito que compaginaba con ataques de limpieza en los que llegaba a quitarse la ropa delante de todos, para dejar con su camisa los cristales de los salones de palacio como si hubiera pasado por allí Mister Proper (que ahora se llama Don Limpio).

Y el remate: aficionada al vino y los licores, era habitual verla tambalearse por las estancias de palacio. La Farnesio, siempre tan acertada en sus sentencias, lo resumió de esta forma: “Hemos hecho una terrible adquisición”.

Cuando Felipe V se siente incapaz de seguir gobernando a consecuencia de su enfermedad mental, abdica en su hijo Luis. El comportamiento de Luisa Isabel, ahora reina de España, se hace aún más insoportable para los que la rodean.

Un día, la camarera de la reina, condesa de Altamira, le cuenta al rey que su regia esposa “había pervertido a varias camaristas con las que se entregaba a placeres sensuales”. Al rey Luis le costó bastante entender lo que la condesa de Altamira trataba de explicarle, todo hay que decirlo, que la cuestión LGTB no estaba por aquél entonces muy aceptada.

Pero la gota que colmó el vaso fue que la reina, que solía ir sin ropa interior, se subió a una escalera de mano que estaba apoyada en un árbol y empezó a gritar, viendo todos los que acudieron a su rescate más de lo que el pudor permite.

Luis, harto de los escándalos y el comportamiento de su mujer, decide encerrarla durante dos semanas en palacio de los Austria (Campo del Moro). Mano de santo; la criatura estuvo una temporada sin montar ningún numerito.

Pero Luis enferma de viruela y toda la familia se traslada a La Granja para evitar el contagio, permaneciendo a su lado únicamente Luisa Isabel, que acaba contagiándose también. El rey muere en agosto de 1724 y Felipe V tiene que volver a ceñirse la corona por la minoridad de sus otros hijos. No obstante, será la Farnesio la que corte el bacalao del reino.

En cuanto a Luisa Isabel, la enviaron con cajas destempladas de vuelta a Francia, con una exigua paguita (La Farnesio era rencorosa como el enano de la canción de Rocío Jurado), donde protagonizó algún que otro escándalo (incluso para los franceses) hasta que falleció en el Palacio de Luxemburgo, el 16 de junio de 1742, de un coma hiperglucémico al que probablemente le había llevado su bulimia.

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María Ortigosa

María Ortigosa

Historiadora y profesora de español como lengua extranjera.