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«Los profesionales» («The Professionals», 1966), de Richard Brooks

Anoche vimos con nuestros hijos una obra de arte del western crepuscular, y también un alegato sobre el idealismo y las revoluciones. Se trata de Los profesionales, una película escrita y dirigida por Richard Brooks a partir de la novela A Mule for the Marquesa (1964), de Frank O’Rourke.

Cuenta en su elenco con Burt Lancaster, Lee Marvin, Robert Ryan, Woody Strode, Jack Palance, Claudia Cardinale… Casi nada. Cada uno de ellos llena la pantalla con esa gloria y poderío tan habituales en el cine de antes.

Claudia, bellísima –aunque no tanto como en Hasta que llegó su hora– es también una mujer que sabe lo que quiere y se niega a ser un florero. Woody Strode –el gladiador nubio de Espartaco y buen amigo de John Ford– es una escultura de alabastro, silencioso y eficaz con su arco. Lancaster y Marvin son unos animales cinematográficos, con mil registros en cada uno de sus gestos. Ryan llama la atención en ese grupo tan heterogéneo por su humanidad con los caballos…

La idea tiene todos los ingredientes de éxito que más tarde el cine ha explotado hasta la saciedad: cuatro mercenarios muy distintos, con caracteres y habilidades complementarias ‒Bill Dolworth (Lancaster), Henry «Rico» Fardan (Marvin), Hans Ehrengard (Ryan) y Jake Sharp (Strode)‒, son contratados por un rico hacendado, J.W. Grant (Ralph Bellamy), para que rescaten a su mujer, María (Cardinale). Ella ha sido secuestrada por Jesús Raza (Palance) y su banda de rebeldes mejicanos durante los últimos estertores de la revolución (noviembre de 1910-mayo de 1920).

A partir de ahí, la película conjuga sabiamente unos paisajes espectaculares ‒el valle de la Muerte y el de Coachella, en California, y el valle del Fuego, en Nevada‒, acción, y sobre todo, unos diálogos memorables, de esos que demuestran que el cine puede ser también una especie de conversación socrática que nos aproxime a la verdad.

Pienso, por ejemplo, en este:

«–¡Es usted un bastardo!

–Sí, señor, pero lo mío es de nacimiento y, sin embargo, usted se ha hecho a sí mismo»

Hay otro de esos diálogos, casi al final, entre Burt Lancaster y Jack Palance que sintetiza la esencia de las revoluciones, y que reproduzco al final del este artículo.

He visto ocho veces Los profesionales y siempre me emociona, me hace soñar y me lleva a pensar qué haría yo en ciertas situaciones. Siempre te ves reflejado en alguna actitud de los protagonistas, no necesariamente en las mejores.

Los dilemas que abordan no son sencillos y tienen que optar y llegar a acuerdos entre ellos, a pesar de manejar códigos de conducta totalmente antagónicos. Especialmente Bill (Lancaster), que es un cínico redomado, y «Rico» (Marvin), que es un hombre de honor.

El final (que no desvelaré) es maravilloso. De esos que te impulsan a levantarte del sofá y ponerte a aplaudir, como hacíamos los niños de antaño en las sesiones continuas del cine de sábado.

Lo mejor es que, por fin, he conseguido que mis hijos de 10 y 13 años se animen a ver una película «antigua» y la disfruten sobremanera. No es fácil, pues están acostumbrados a un cine de ritmo vertiginoso, efectos especiales informáticos y guiones basados en la mera acumulación de triples mortales. Pero ayer mismo habíamos terminado de ver la serie galáctica The Mandalorian, y dado que sigue el esquema de los spaghetti western, aproveché para proponerles un western como Los profesionales que, sin duda, ha sido una inspiración para el citado serial de Disney.

La película contiene frases míticas como esta, referida a María: «Es de esas mujeres que convierten a los niños en hombres y a los hombres en niños».

O el siguiente diálogo:

«–¿Cómo alguien enamoradizo como tú se hace dinamitero?

–Te lo diré. Yo nací con una fuerte pasión por crear. No sé escribir, ni pintar, ni cantar.

–Y provocas explosiones.

–Así se creó el mundo. La explosión más grande».

¿Y qué me dicen de la siguiente réplica:

«–¿Piensas en algo que no sean mujeres, whisky y oro?

–Amigo, acabas de escribir mi epitafio».

Dejo para el final este maravilloso intercambio dialéctico entre Raza (Palance) y Bill (Lancaster), al que ya hice alusión más arriba:

«Raza: ¿Supongo que sabes que uno de los dos ha de morir?

Bill: Es posible que los dos.

Raza: Morir por dinero es una estupidez.

Bill: Y morir por una mujer más aún. Sea la mujer que sea, incluso ella.

Raza: ¿Cuánto tiempo vas a retenernos?

Bill: Un par de horas y lo que pase aquí ya no importará. Ella volverá a ser la señora Grant.

Raza: Pero eso no cambiará nada. Lo que importa es que ella es mi mujer antes, ahora y siempre.

Bill: Nada es para siempre, excepto la muerte. Pregúntale a Fierro, a Francisco, a todos aquellos del cementerio de los hombres sin nombre.

Raza: Todos ellos murieron por un ideal.

Bill: ¿La revolución? Cuando el tiroteo termina, los muertos se entierran y los políticos entran en acción, y el resultado es siempre igual, una causa perdida.

Raza: La revolución es como la más bella historia de amor. Al principio ella es una diosa, una causa pura, pero todos los amores tienen un terrible enemigo. El tiempo. Tú la ves tal como es. La revolución no es una diosa, sino una mujerzuela, nunca ha sido pura, ni virtuosa, ni perfecta, así que huimos y encontramos otro amor, otra causa, pero solo son asuntos mezquinos, lujuria, pero no amor, pasión… Pero sin compasión y sin un amor, sin una causa, ¡no somos nada! Nos quedamos porque tenemos fe, nos marchamos porque nos desengañamos, volvemos porque nos sentimos perdidos, morimos porque es inevitable».

Copyright del artículo © Fernando Navarro. Reservados todos los derechos.

Fernando Navarro García

Fernando Navarro García

Director general de HAC Business School and University, vicepresidente Ética y Responsabilidad Social de Inspiring Committed Leaders Foundation, secretario general de Innovaética y vicepresidente del Instituto de Estudios Panibéricos. Fernando Navarro es licenciado en Derecho y coordinó un proyecto humanitario en Angola. Como profesor, ha desarrollado su trayectoria docente en varias universidades y escuelas de negocios (UNED, Universidad Rey Juan Carlos, Carlos III, ESIC, Instituto Universitario Ortega y Gasset y la Escuela de Profesionales de Inmigración y Cooperación de la Comunidad de Madrid). Asimismo, es coautor de "El fenómeno socialista" (ed. crítica y anotada de la obra de Igor Shararevich, Última Línea, 2015), "El delirio nihilista: Un ensayo sobre los totalitarismos, populismos y nacionalismos" (Última Línea, 2018), "Nueve necesarios debates sobre la responsabilidad social" (Comares, 2019), "Inspirando líderes comprometidos: La innovación en valores, una visión para cambiar el mundo" (Última Línea, 2019) y "¡Eureka! Valores. Principios básicos de ética para las organizaciones" (Última Línea, 2020). Entre sus restantes libros, destacan "Estratégicas de marketing ferial" (ESIC, 2001), "Diccionario biográfico de nazismo y III Reich" (Sepha, 2010), "Hitler: Los años desconocidos" (ed. crítica de las memorias de Ernst Hanfstaengl, Última Línea, 2012) y "Responsabilidad social corporativa: Teoría y práctica" (ESIC, 2012).