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Los evangelistas

Esta es otra historia verdadera, también del año largo que viví en Angola, allá por el 2001. Es preciso recordar que entonces el país aún estaba en cruenta guerra civil y que la vida era bastante insegura. Nosotros, los expatriados, éramos sin embargo los que menos riesgo corríamos porque ninguna de las partes en conflicto quería ser responsable de cargarse a un blanco, y menos si eran humanitarios. Y eso era así, salvo que el blanco en cuestión decidiese saltarse todas las normas de seguridad e ir pidiendo a gritos que lo mataran. De esto y algo más va esta historia.

La primera norma de seguridad era jamás caminar solo por las calles de la ciudad, y en cuanto empezará a caer el sol, no hacerlo ni solo ni acompañado de un comando mercenario entrenado en Mogadiscio. A partir de las 18 horas, caminar por la calle era una petición pública de suicidio que sería atendida de mil amores por numerosos angoleños que andaban a la busca y captura de presas propiciatorias. Tengan esto en cuenta para lo que seguirá.

Serían más de las 20 horas y ya era noche bastante cerrada. Esa noche yo no estaba solo en la residencia de los expatriados en Lubango. Había venido de visita un amigo veterano que conocía bien el país y del que aprendí casi todo lo necesario para no arriesgar en exceso mi vida y para hacer bien mi trabajo. Lo llamaré Mr. X.

Mr. X era un fumador empedernido y esa noche además decidió liarse unos canutos de «maría» para rebajar el estrés del día. Aquello contravenía las normas de mi organización ‒también de mis hábitos‒, pero no de su empresa.

Por otra parte, Mr. X llevaba media vida fundado porros, y aquella mala costumbre no parecía haberle enturbiado el buen juicio, así que mientras poco a poco el ambiente del salón se iba transformando en una especie de fumadero de opio, mi amigo sacó su guitarra y empezó a tocarla suavemente.

Tocaba de maravilla y su música nos sirvió para recordar anécdotas de la semana o hasta del día. Un país en guerra es una fábrica de historias y también el origen de amistades que no se quiebran jamás. Recuerdo aquella velada como un momento espléndido de los muchos que tuve en Angola.

De pronto, alguien llamó a la puerta. ¿Quién demonios sería? Aquello no era nada normal. A esas horas, las calles estaban desiertas. Pregunté quién era y me respondió un hilo de voz con acento marcadamente inglés. Abrí.

Ante mí se materializaron dos hombres caucásicos, uno de casi sesenta años y otro de apenas veinte, si es que los había cumplido. Impecablemente vestidos, con traje de chaqueta blanco ¡y corbata!

El mayor portaba un maletín de piel negra, a modo de reclamo del millar de asesinos y guerrilleros que debía de haber a menos de cien metros a la redonda. Sus aspecto era básicamente el de una familia aria, de esas que aparecían en las portadas del Völkische Beobachter o de Signal. Ambos rubios casi platino, altos y de ojos muy claros. La cara enrojecida por la insolación. Impecablemente afeitados y cada uno con su móvil, lo cual era un lujo inusitado en aquel país. La pareja de dandis era una verdadera extrañeza en Angola y muy particularmente en la villa de Lubango.

‒Es que nos hemos perdido… Venimos caminando todo día y se nos hizo de noche sin encontrar un hotel… Y vimos luz en esta vivienda así que… ‒se aventuró a decir el mayor, en un pésimo español en el que intercalaba anárquicamente alguna palabra en portugués.

¿Un hotel, aquí? ‒pensé para mis adentros­‒ ¿Caminando? ‒les pregunte incrédulo. Con esas pintas y caminando lo lógico y normal es que hubieran sobrevivido los primeros dos kilómetros, y eso con mucha suerte. Después, alguien acostumbrado a matar a diario los habría sodomizado, asesinado y robado (por ese orden). Eso era lo habitual, pues en aquella Angola te podían asesinar para robarte unas zapatillas Nike usadas o un pantalón vaquero. Caminar en Angola con un maletín negro era más o menos como entrar en un antro de moteros en Tiblisi y decirles a voz en grito: «Sois todos una pandilla de maricones». Por eso había que seguir unas reglas estrictas.

Nos contaron que eran predicadores evangelistas, oriundos de Australia, y que iban por el mundo predicando la Palabra, que solo llevan unos días en Angola y que si podía darles cobijo. Naturalmente que se lo di. Dejarles fuera significaba entregarles al Leviatán, así que les pedí que pasaran. Por otra parte, era evidente que Dios estaba de su parte, habida cuenta de que habían sobrevivido a su disparatada locura, así que no quise agraviar al Dios que ambos compartíamos con liturgias distintas.

Mi amigo Mr. X seguía estupefacto la escena desde el sillón, con su porro en la boca y la guitarra entre sus manos. Nunca supe si el extravío de su mirada se debía a los efectos de la marihuana o a la surrealista visión de aquellos extraños predicadores con la cara achicharrada y vestidos de blanco en la noche africana. Noté que la guitarra de Mr. X empezaba a desafinar…

Tras las presentaciones de rigor, se acomodaron el sofá y no tardaron en iniciar su labor de proselitismo apostólico, que para eso venían caminando desde Australia. El mayor hablaba y el otro iba desperdigando maquinalmente folletos de diversos tamaños sobre la mesita, casi como sin fuera un repartidor de cartas de póker. Yo ‒que siento un gran respeto por la fe‒ lo escuchaba en silencio, mientras Mr. X daba caladas sincopadas a su canuto y posaba su mirada en alguno de los folletos dispersos en la mesilla, tratando de encontrar respuestas a que sé yo.

De pronto, mi amigo sintió que estaba faltando a las normas de cortesía y les ofreció una calada a los predicadores. Ambos dieron un respingo hacia atrás. ¡Vade retro! Mr. X sonrió y se encogió de hombros, mientras ellos volvían a las Sagradas Escrituras y a su monólogo. La habitación estaba envuelta en una humareda casi tóxica, lo que, sumado al salmodio de aquellos hombres de fe, creaba un ambiente casi letárgico.

Entonces ‒justo cuando yo estaba a punto de desvanecerme por la peste a porro y la extensa homilía monocorde en un idioma indeterminado‒ el más joven de los predicadores sugirió con forzadísima alegría que uniésemos nuestras manos y rezásemos juntos una oración al Altísimo por habernos encontrado. Y lo cierto, es que motivos para rezar si que tenían, sí.

Aquel cuadro, absolutamente surrealista, quedara grabado para siempre: 4 hombres como cuatro armarios, entrelazadas sus manos y rezando al unísono en voz alta (leíamos de los folletos), mientras Mr. X hacia esfuerzos por pegar una calada al porro entre pausa y pausa y yo intentaba desesperadamente no partirme de risa.

Copyright del artículo © Fernando Navarro. Reservados todos los derechos.

Imagen superior: repatriación de refugiados angoleños tras la guerra civil, 2014 (Fotografía: Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en la República Democrática del Congo).

Fernando Navarro García

Fernando Navarro García

Director general de HAC Business School and University, vicepresidente Ética y Responsabilidad Social de Inspiring Committed Leaders Foundation, secretario general de Innovaética y vicepresidente del Instituto de Estudios Panibéricos. Fernando Navarro es licenciado en Derecho y coordinó un proyecto humanitario en Angola. Como profesor, ha desarrollado su trayectoria docente en varias universidades y escuelas de negocios (UNED, Universidad Rey Juan Carlos, Carlos III, ESIC, Instituto Universitario Ortega y Gasset y la Escuela de Profesionales de Inmigración y Cooperación de la Comunidad de Madrid). Asimismo, es coautor de "El fenómeno socialista" (ed. crítica y anotada de la obra de Igor Shararevich, Última Línea, 2015), "El delirio nihilista: Un ensayo sobre los totalitarismos, populismos y nacionalismos" (Última Línea, 2018), "Nueve necesarios debates sobre la responsabilidad social" (Comares, 2019), "Inspirando líderes comprometidos: La innovación en valores, una visión para cambiar el mundo" (Última Línea, 2019) y "¡Eureka! Valores. Principios básicos de ética para las organizaciones" (Última Línea, 2020). Entre sus restantes libros, destacan "Estratégicas de marketing ferial" (ESIC, 2001), "Diccionario biográfico de nazismo y III Reich" (Sepha, 2010), "Hitler: Los años desconocidos" (ed. crítica de las memorias de Ernst Hanfstaengl, Última Línea, 2012) y "Responsabilidad social corporativa: Teoría y práctica" (ESIC, 2012).