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Lecciones de Auschwitz

Un vagón como este resume el trágico destino de millones de nuestros hermanos. No hay palabras, yo al menos no las encuentro, para describir el horror y el dolor sufrido por millones de hijos, padres, hermanos, abuelos, novios o esposas. No hay palabras que hagan justicia a esa sensación de desvalimiento y vulnerabilidad ante la persecución creciente y criminal del nazismo hacia aquellos a los que consideraba ‘infrahumanos’ (untermenschen).

La Shoá no comenzó tan brutalmente. Fue cocinada a fuego lento. Primero se envenenó el alma alemana, especialmente la de sus niños, y en paralelo, se cultivó el antisemitismo eterno, usando para ello todas las armas del Estado, principalmente la propaganda. Cine, medios de comunicación, radio, universidades, centros de investigación, editoriales, filósofos, artistas, compositores… Todos unidos por la argamasa envenenada del antisemitismo. Y potenciado por el uso criminal de la palabra, esa lengua del Tercer Reich que, según mostró Klemperer, mataba sin usar expresiones inadecuadas, y que asesinaba por compasión, que vejaba por salubridad y que no exterminaba, sino que más bien buscaba una «solución final» tras una agradable tarde en la villa de Wannsee, con Eichmann tomando notas y Heydrich ofreciendo canapés.

Durante años, se fue preparando la Shoá, que en modo alguno fue improvisada. Hay pruebas escritas, algunas muy tempranas, en las que se acredita la clara intención de Hitler de exterminar a los judíos. Y no era solo una forma de hablar: era una decidida voluntad. Sus perros guardianes –Himmler a la cabeza– no dudaron en cumplir los deseos del amo. Y lo hicieron con celo y hasta delectación. Seis millones de judíos fueron asesinados en los territorios que ocuparon los nazis.

Solamente en Auschwitz fueron asesinados más de un millón y medio de seres humanos. Un millón y medio.

Pero quiero olvidar los números, ya que muy a menudo despersonalizan el horror y ocultan el dolor que siempre es singular y no entiende de estadísticas ni porcentajes ni decimales. El dolor es individual y absoluto. Toda muerte es igual, pero mi muerte será en realidad la autentica muerte. Y es por eso por lo que me sumerjo en los rostros no tan lejanos, no tan distantes, de mis hermanos asesinados, y en los jirones de sus vidas truncadas por el odio racial.

Es ahí cuando cobra todo su sentido un zapato rojo de tacón o una postal bellamente decorada por un preso, como queriendo plantar cara con sus colores pastel al hedor de la muerte y al aliento de los verdugos.

Leo con silencioso respeto las cartas y los diarios de personas que murieron mucho antes de lo debido. Observo los instrumentos para el mal y el asesinato industrializado y rentable de la IG Farben, con su Zyclon-B, y aquellos otros pequeños utensilios que fueron tesoros efímeros y memoria en miniatura de todo el universo que el nazismo había arrebato a mis hermanos.

Imagen superior: zapatos de las víctimas de Auschwitz-Birkenau © Catholic Church England and Wales, CC.

¿Qué fuerza impelió a unos padres –en medio de semejante pesadilla– a conservar una tacita con un pequeño conejo a modo de decoración? ¿Qué alma poderosa fue capaz de escribir tan bellas cartas de despedida desde los vagones abarrotados que les llevaban a una muerte conocida?

¿Puede haber dolor más grande que verte separado de tus hijos? ¿O un pánico mayor que el de una pequeña criatura al verse desgarrada de sus padres? Soy padre, Dios mío, y sé que una vez fui un dios para mis hijos. Mi simple presencia era garantía de seguridad. Yo podía con todo. Nada podía pasarles si yo estaba con ellos. Y aquellos niños –que también son mis hermanos y mis hijos pequeños– fueron arrojados brutalmente a la más despiadada verdad, en la que sus padres nada podían hacer por ellos. Nada. Dios mío, cuánto horror… Y ver sus ropitas y sus juguetes y sus rostros aturdidos (las fotografías no dejan rastro de gritos en alemán, ni de olores, ni de gemidos) rasga el alma de parte a parte.

Aun así –o precisamente por eso– creo que todos debemos visitar Auschwitz, pues aquel espanto no sucedió ni hace tanto, ni tan lejos. Visitar Auschwitz es un gesto de amor.

Y hay algo más que aconseja visitar Auschwitz: aquel crimen contra la humanidad no es imposible que pueda volver a repetirse. Sus factores desencadenantes –el antisemitismo y el nacionalismo– siguen vivos. Los Protocolos de los Sabios de Sion, La seta venenosa o El judío Suss adoptan nuevos ropajes y se reciclan bajo la cobarde máscara del humor negro, la villanía del negacionismo o la trivialización de la Shoá.

¿Por qué estudio y escribo para combatir el nazismo? Lo hago por ellos, por los millones de víctimas. Por los niños a los que una bestia les escupió que sus padres no podrían salvarles, y por los padres despojados de sus hijos y cuyo sufrimiento solo quien es padre puede llegar a intuir.

Por ellos, por mis hermanos asesinados, lucho a mi manera y a la de Dylan Thomas. Lucho con rabia contra la muerte de la luz. Hay heridas en mi alma que no quiero que se curen. Quiero que me duelan, pues hay dolores que no son mas que un antídoto contra el olvido. Y olvidarlos sería matarlos de nuevo.

Copyright del artículo © Fernando Navarro. Reservados todos los derechos.

Fernando Navarro García

Fernando Navarro García

Director general de HAC Business School and University, vicepresidente Ética y Responsabilidad Social de Inspiring Committed Leaders Foundation, secretario general de Innovaética y vicepresidente del Instituto de Estudios Panibéricos. Fernando Navarro es licenciado en Derecho y coordinó un proyecto humanitario en Angola. Como profesor, ha desarrollado su trayectoria docente en varias universidades y escuelas de negocios (UNED, Universidad Rey Juan Carlos, Carlos III, ESIC, Instituto Universitario Ortega y Gasset y la Escuela de Profesionales de Inmigración y Cooperación de la Comunidad de Madrid). Asimismo, es coautor de "El fenómeno socialista" (ed. crítica y anotada de la obra de Igor Shararevich, Última Línea, 2015), "El delirio nihilista: Un ensayo sobre los totalitarismos, populismos y nacionalismos" (Última Línea, 2018), "Nueve necesarios debates sobre la responsabilidad social" (Comares, 2019), "Inspirando líderes comprometidos: La innovación en valores, una visión para cambiar el mundo" (Última Línea, 2019) y "¡Eureka! Valores. Principios básicos de ética para las organizaciones" (Última Línea, 2020). Entre sus restantes libros, destacan "Estratégicas de marketing ferial" (ESIC, 2001), "Diccionario biográfico de nazismo y III Reich" (Sepha, 2010), "Hitler: Los años desconocidos" (ed. crítica de las memorias de Ernst Hanfstaengl, Última Línea, 2012) y "Responsabilidad social corporativa: Teoría y práctica" (ESIC, 2012).