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Las tribulaciones del tiranosaurio adolescente

«La más profunda definición de juventud es vida no afectada aún por la tragedia» (Alfred North Whitehead).

Joseph Burr Tyrrell quedó es­tu­pefacto ante la noticia. Corría el año de 1884 y el joven ca­nadiense, recién graduado en artes por la Universidad de Toronto, recibía la encomienda de realizar un levantamiento geo­lógico en la región del río Red Deer, justo a mitad de ca­mino entre lo que ahora son las ciudades de Edmonton y Calgary, en la provincia de Alberta.

Sin conocimiento cientí­fico previo, Tyrrell, apenas de 26 años, había participado en otras exploraciones en la región. Debido a cambios en la política canadiense de exploración y crecimiento, se había decidido impulsar el desarrollo de esa zona, y dentro de la es­tra­tegia para lograrlo se es­ta­ble­ció la importancia de realizar un reconocimiento en bus­­ca de riquezas geológicas. Tyrrell, pa­ra sorpresa suya, fue designado responsable de tal estudio.

La cuenca del Red Deer es una región inhóspita. La retirada de los glaciares hace unos cuantos miles de años de­jó al descubierto un terreno erosionado y difícil de explorar. Paradójicamente, es esa erosión la que ha dejado expuesto uno de los grandes te­so­ros de la zona: los afloramientos cretácicos ricos en inusitados fósiles de dinosaurios. La expedición de Tyrrell, que tuvo que realizar peligrosas travesías río abajo en frági­les balsas, dio fru­tos con el descubrimiento de res­tos del cráneo de un di­no­sau­rio, bautizado años después por Edward D. Cope como Albertosaurus sarcophagus (reptil carnívoro de Alberta).

Posteriormente, Tyrrell renunció a sus encargos en la prospección geológica y se hizo millonario como administrador de varias minas de oro en Onta­rio. No obs­tante, su nombre se recuer­da aún en el Museo Tyr­rell de Paleontología, localizado en Drumheller, muy cerca del lugar de su gran hallazgo.

En la década de 1910, Bar­num Brown, del Museo Ame­ri­cano de Historia Natural de Nue­va York, realizó expediciones a lo largo del río Red Deer en balsas de gran tamaño, equi­padas para el trabajo paleontológico. Brown logró res­catar material de alto valor cien­tí­fico, que incluía restos de al menos diez individuos de Albertosaurus. Por ese mismo tiempo, ya se había logrado es­tablecer que los albertosau­rios eran pa­rientes cercanos de Tyrannosaurus, el dinosaurio carnívoro por excelencia.

A finales del Cretácico, ha­ce alrededor de 70 millones de años, Albertosaurus sar­co­phagus era el depredador más temible en los ambientes subtropicales de lo que ahora es el suroeste de Canadá. Era un tiranosaurio de talla “moderada”, lo que para estos gigan­tes­­cos depredadores significa ser una bestia de nueve metros de longitud, de unos tres o cua­tro metros de altura y de un peso de unas tres toneladas. En términos generales, la fisonomía de Albertosaurus era muy parecida a la de Tyrannosaurus: un dinosaurio bípedo, con corpulentas patas traseras y rudimentarias extremidades superiores, ridículamente pequeñas y dotadas de dos de­dos terminados en garras. Tenía una cabeza desproporcionadamente robusta, fuertemente armada con hileras de imponentes y afilados dientes propios de los carnívoros. Albertosaurus tenía un perfil más esbelto y grácil que el de Tyran­nosaurus. Aun así, es muy pro­bable que haya sido un muy poderoso de­predador capaz de sembrar el pánico entre los hadrosaurios, los dinosaurios de “pico de pa­to” con los que convivía.

En 1997, usando las notas de campo de un miembro de la expedición de Brown, se logró localizar el sitio de las ex­ca­vaciones, y entre 1998 y 2005 se logró el rescate de material procedente de un número inu­sitado de individuos de Albertosaurus.

Los estudios de Philip Currie, de la Uni­versidad de Alberta, permitieron establecer que los fósiles conocidos correspondían a veintidos indi­viduos. Más aún, Currie pudo estimar la edad de cada individuo, examinando las líneas de crecimiento en las tibias y huesos del metatar­siano. Esta infor­mación, proveniente de un solo sitio y, pre­sumiblemente, de un intervalo de tiempo redu­ci­do (al­gunas semanas o meses), constituía una oportunidad úni­ca para ana­lizar la estructura de edades de una población de di­nosaurios, así como para especu­lar sobre los patrones de su­pervivencia con la edad.

La estructura de edades y la supervivencia de las poblaciones, tanto humanas como de plantas y animales, se estu­dian construyendo las llamadas tablas de vida. En ellas se tabula la proporción de individuos que pertenecen a dife­ren­tes categorías de edad, de ma­nera que se pueden calcular las tasas de mortalidad co­rres­pondientes a las diferentes fases de la vida del organismo en cuestión. Parece ser que los romanos del siglo III a. de C. ya usaban tablas actuariales para calcular las necesidades ali­mentarias de acuerdo con el número de personas de diferen­tes edades. La prime­ra tabla de vida moderna fue construida por Edmund Halley, el astró­no­mo del cometa, en 1693, para una población polaca.

La primera tabla de vida cons­truida para un organismo no humano fue elaborada por Pearl y Parker, en 1921, para una población de la mosca de la fruta (Drosophila melanogas­ter) cultivada en laboratorio. No fue sino hasta 1947 que se logró tener datos similares para una población silvestre, cuando Edward Deevey construyó una tabla de vida para los borregos cimarrones (Ovis dalli) de Alaska.

Deevey utilizó un método indirecto que consiste en recolectar restos de individuos muertos en forma natural y estimar la edad al mo­mento de la muerte. En el caso de los borregos cimarrones es posible calcular la edad con base en los patrones de crecimiento de los cuernos. Bajo al­gunos supuestos, como la no variabilidad en la estructura de edades, es posible construir tablas de vida completas usan­do datos como los de Deevey.

De hecho, eso fue lo que hi­zo un equipo de trabajo encabezado por Gregory Erickson, un ecólogo de poblaciones de la Universidad Estatal de Florida, con los fósiles de tiranosaurios de Alberta. De acuer­do con los datos de Erick­son y sus colaboradores, los al­bertosaurios tenían una ex­pec­tativa de vida máxima de unos treinta años. De hecho, se ha calculado que el individuo más longevo que se ha en­contrado tenía veintiocho años en el mo­mento de su muer­te.

Como su­cede con la mayoría de los ver­tebrados actuales, y par­ticularmente con los ovíparos, los albertosaurios muy jóvenes tenían una mortalidad muy alta. Erick­son y sus colegas cal­cu­lan que apenas entre 20 y 50% de los tiranosaurios alcan­za­ban la edad de dos años. Un albertosaurio recién salido del cascarón segura­men­te era tan vulnerable como la cría de cual­quier otro vertebrado coe­táneo.

Entre dos y trece años de edad, en cambio, los jóvenes ti­ranosaurios aparentemente gozaban de una vida tranquila y segura. La tasa de mortalidad anual era de apenas tres y me­dio por ciento. Es difícil pen­sar en algo que pudiera ser una amenaza mortal para un jo­ven e inquieto albertosaurio de un par de toneladas de peso. Pero como sucede en muchos casos, la adolescencia y el inicio de la actividad reproductiva traían como conse­cuen­cia la pérdida del paraíso infantil. En­tre catorce y veintitres años de edad, la tasa de mortalidad anual era de 23%.

Erickson y co­laboradores especulan que el incremento en la mortalidad tenía que ver, en las hembras, con el estrés fisio­lógico de pro­ducir huevos y, en los machos, con la compe­tencia entre ellos por conse­guir parejas para la reproducción. Sea cual haya si­do la cau­sa, el hecho es que para los tirano­saurios la vida se hacía cada vez más difícil con los años, de manera que muy po­cos de ellos sobrevivían más allá de veinticinco años de edad.

Hace 70 millones de años los albertosaurios vivían y morían en los parajes semi­tro­pi­ca­les de lo que ahora es Canadá. La historia de sus vidas estuvo perdida en la inmensidad del tiempo, hasta que varios eones después la narrativa de su nacimiento, crecimiento y muerte fue develada por pe­que­ñas marcas en el material fosilizado de sus huesos. Hoy en día, otros seres nacen y mue­ren y, al igual que los tiranosaurios del Cretácico, parecen dominar su ecosistema. ¿Qué historias contarán sus restos fósiles dentro de 70 mi­llones de años?

Re­fe­ren­cias bi­blio­grá­fi­cas

Erickson, G. M., P. J. Currie, B. D. Inouye y A. A. Winn. 2006. “Tyrannosaur life tables: An example of nonavian dinosaur population biology”, en Science, núm. 313, pp. 213-217.

Hutchinson, G. E. 1981. Introducción a la ecología de poblaciones. Blume, Barcelona.

Imagen superior: «Primeval» © ITV, Impossible Pictures. Reservados todos los derechos.

Copyright del artículo © Héctor T. Arita. Reservados todos los derechos. Publicado previamente en la revista Ciencias de la UNAM. Editado sin ánimo de lucro, con licencia CC.

Héctor T. Arita

Héctor T. Arita

Héctor T. Arita es biólogo por la Facultad de Ciencias de la UNAM (1985) y doctor en ecología por la Universidad de Florida, Gainesville (1992). Desde 1992 es investigador en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), primero en el Instituto de Ecología y luego en el Centro de Investigaciones en Ecosistemas (CIEco). En el Instituto de Investigaciones en Ecosistemas y Sustentabilidad (IIES), realiza proyectos de investigación que se enfocan a la comprensión de los patrones de composición, estructura y diversidad de los conjuntos de especies a nivel local (ecología de comunidades) y regional y continental (macroecología). Realiza también investigaciones sobre las aplicaciones de estos estudios a la conservación de la diversidad biológica. Ha sido representante académico en diferentes cuerpos colegiados de la UNAM, además de haber sido el primer jefe del Departamento de Ecología de los Recursos Naturales y director del Instituto de Ecología. También fue presidente de la Asociación Mexicana de Mastozoología (AMMAC) y coordinador de la sección de biología de la Academia Mexicana de Ciencias. A nivel internacional, ha participado en comisiones y mesas directivas de asociaciones como la American Society of Mammalogists, la North American Society for Bat Research y la International Biogeography Society. Ha participado también en el consejo científico asesor del National Center for Ecological Analysis and Synthesis (NCEAS) de los Estados Unidos y actualmente es miembro del consejo de editores de "Ecology Letters". En 2016, ganó el III Premio Internacional de Divulgación de la Ciencia Ruy Pérez Tamayo por su obra "Crónicas de la extinción. La vida y la muerte de las especies animales".

Fotografía de Héctor T. Arita publicada por cortesía del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología.