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La vida y amores de la Bella Otero

Agustina Otero Iglesias nació el 4 de noviembre de 1868 en Valga, una aldea cercana a Caldas de Reyes, Pontevedra. Hija de madre soltera, que dicho sea de paso, nunca se preocupó mucho de la criatura, cuando tenía diez años fue violada brutalmente por un vecino. Tras unas semanas recuperándose de la fractura de pelvis que le produjo la bestia, huyó de Valga para no regresar jamás. Cambió su nombre por el de Carolina y comenzó a actuar en tugurios de mala muerte donde sufrió todo tipo de penalidades. Una niña de doce años, recorriendo España con titiriteros y artistas de medio pelo en 1890… aterrador.

Después de unos años en los que poco se sabe de ella, aparece en Barcelona siguiendo a un novio que la había abandonado. Actúa en cabarets y probablemente, ejerce la prostitución. Viaja a Montecarlo con un amigo con todo el oro que ha podido reunir y decide probar suerte en el casino. Por desgracia, un despiste del croupier les hace ganar 300.000 euros. A partir de ese momento, la ludopatía condicionará su vida.

Ya en París consigue alcanzar el éxito rápidamente. No tenía una voz especial y tampoco era una bailarina excepcional, pero poseía unas habilidades excelentes en el terreno sexual que la hacían irresistible. Por su cama pasaron empresarios, diplomáticos, banqueros, aristócratas y jefes de Estado. Mantuvo tórridos romances con el zar Nicolás II, con el emperador Guillermo de Alemania, con Leopoldo de Bélgica y (no podía faltar) con Alfonso XIII. Varios oficiales y nobles se suicidaron cuando la Otero los rechazó o dio por terminada la relación. Renoir la retrató y D’Annunzio le escribía poemas. No existía una mujer en Europa como Carolina Otero.

Gracias a los regalos de sus amantes, atesoró una inmensa fortuna. Solo uno de sus collares, un espléndido bolero de diamantes, llegó a estar valorado en 15 millones de euros.

Pensando en la vejez, decidió invertir parte de su dinero, en concreto 7 millones de francos (42 millones de euros, vamos) y asesorada por Nicolás II, compró bonos rusos. En París había comprado un hotel al que llamó «Villa Carolina». Pero en 1924, casi arruinada por el juego, tuvo que venderlo e instalarse en una pensión en Niza, donde viviría hasta su muerte, quemando los bonos rusos en una pequeña estufa para calentarse.

Su situación económica llegó a ser tan dramática que un amigo solicitó para ella la tarjeta para pobres de solemnidad, ayuda que le fue concedida a pesar de no poseer la nacionalidad francesa. En 1926, cuando llevaba diez años retirada de los escenarios, escribió sus memorias: Les souvenirs et la vie intime de la Belle Otero donde cualquier parecido con la realidad, es pura coincidencia. En ellas cuenta que era gaditana, hija de una gitana y un aristócrata y decenas de sucesos inventados más. Su «exotismo» fue siempre uno de sus principales atractivos que ella supo utilizar con gran destreza.

Cuando contaba 85 años, acudió a Paris muy emocionada para asistir al estreno de una película sobre su vida, protagonizada por María Felix. Regresó a su pensión de Niza donde fallecería el 10 de abril de 1965, añorando su Galicia natal. Está enterrada en el cementerio del barrio de San Mauricio, Niza.

La escritora Colette escribió sobre ella: «Entre los racimos de sus cabellos vigorosos, su frente pequeña permanece pura. La nariz y la boca de Carolina eran modelo de construcción simple y de serenidad oriental. Desde los párpados abombados al mentón goloso, desde la punta de la nariz aterciopelada a la mejilla célebre, dulcemente llena, me atreveré a asegurar que el rostro de Madame Otero era, por su estructura convexa, una obra maestra».

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María Ortigosa

María Ortigosa

Historiadora y profesora de español como lengua extranjera.