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La reina María Luisa Gabriela de Saboya

A finales del siglo XVII, Europa se dividía en dos bandos: el francés de Luis XIV y el alemán del emperador Leopoldo I. El 1 de noviembre de 1700 fallecía el último rey de España de la dinastía de los Austrias: Carlos II el Hechizado, convirtiéndose el trono español en un preciado caramelito que todos querían chupar.

En su testamento, Carlos II nombraba a Felipe de Anjou (nieto de Luis XIV de Francia) su heredero sucesor con la condición de que se casara con una de las hijas del emperador Leopoldo, manteniendo así cierto equilibrio entre los dos bloques. Vaya por delante que el artífice del testamento de El Hechizado no fue este (la pobre criatura no hubiera podido ni rellenar un cuaderno rubio del número 1), sino el cardenal Portocarrero. Sea como fuere, Luis XIV se pasó esta condición del testamento por el Arc de Triomphe, decidiendo que su nieto Felipe se casara con María Luisa Gabriela de Saboya (1688-1714), decisión que tendrá mucho que ver con el estallido de la Guerra de Sucesión poco después.

El mismo día que Felipe de Anjou se convierte en Felipe V de España, se hace público su compromiso con María Luisa Gabriela.

El rey era bastante flojo, apático, tímido y pusilánime. La pobre criatura había tenido unos padres que no ayudaron precisamente en el desarrollo de una personalidad equilibrada. Sobre su padre escribió Saint-Simon: “Sin vicios ni virtudes, absorbido en su gordura y en sus tinieblas, sin ideología, jamás fue nada de nada”. De su madre baste decir que, heredera del tiro de los Wittelsbach, murió en un completo estado de enajenación mental cuando Felipe era un tierno churumbel.

La noche de bodas resultó un tanto sui generis cuando María Luisa Gabriela, que tenía entonces catorce años, se negó a consumar el matrimonio. La princesa de los Ursinos, enviada por Luis XIV como espía de la corte española, recordó a la inocente criatura sus deberes conyugales, pero la chiquilla se mantuvo en sus trece durante varios días, para desesperación del anhelante Felipe. Solucionado este contratiempo, los esposos se dedicaron con entusiasmo a tener tórridos encuentros, que fueron creando en el rey una fortísima dependencia sexual hacia la reina.

Durante las ausencias del rey con motivo del desarrollo de la Guerra de Sucesión, María Luisa Gabriela actuó en varias ocasiones como regente apoyada y asesorada por el cardenal Portocarrero, Macanaz y Orry, entre otros, desarrollando excelentes medidas para la centralización de las administraciones y del Estado, y mostrando mejores aptitudes que su “melancólico” esposo para gobernar el reino. Dos de sus hijos llegaron a ser reyes de España: Luis I y Fernando VI.

María Luisa Gabriela falleció a los veintiséis años, víctima de una tuberculosis. Sus restos reposan en el Panteón de los Reyes de San Lorenzo de El Escorial, no así los de Felipe V que están en la Granja de San Ildefonso.

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María Ortigosa

María Ortigosa

Historiadora y profesora de español como lengua extranjera.