Cualia.es

La reina María Cristina: pasión y latrocinio

Fernando VII había enviudado en tres ocasiones: de María Antonia de Nápoles (que aparece en “La familia de Carlos IV” volviendo el rostro hacia atrás, puesto que cuando Goya pintó este cuadro, la princesa aún no había llegado a España y el aragonés no sabía cómo era), de Isabel de Braganza, de cuyo enlace los madrileños decían: “Fea, pobre, portuguesa… ¡Chúpate esa!”; y de María Amalia de Sajonia, la que accedió a tener relaciones sexuales con el verriondo Fernando gracias a la intercesión del papa León XII, aunque previamente le hiciera rezar el rosario, quizá con la esperanza de que al otrora Deseado se le quitaran las ganas de practicar la alegre coyunda.

Después de la sucesiva muerte de estas tres desventuradas, el Felón decidió contraer matrimonio con la hija de su hermana María Isabel: María Cristina de Borbón.

La muchacha era joven, culta y atractiva; Fernando era un cuarentón prematuramente envejecido, enfermo y decrépito que se enamoró perdidamente de su sobrina. Después de cuatro años de matrimonio, plagado de intrigas palaciegas y ruido de sables tras el nacimiento de dos niñas, el Felón murió en 1833. La reina, que actuaría como regente dada la minoridad de su hija Isabel II, se retiró entonces a La Granja, donde conoció al amor de su vida: Agustín Muñoz.

Parece ser que mientras viajaba en el carruaje que la conducía a La Granja, María Cristina comenzó a sangrar profusamente por la nariz y que fue entonces cuando uno de los oficiales de la Guardia Real, le ofreció galantemente su pañuelo. El muchacho estaba de untar pan y María Cristina inició un tórrido romance que santificó en el altar, pero cometiendo la torpeza de no hacerlo público, lo que suscitó no pocos problemas a la pareja. Los madrileños, siempre tan salaos, cantaban: “Clamaban los liberales que la reina no paría, y ha parido más muñones que liberales había”. Efectivamente; la parejita tuvo ocho churumbeles, para escándalo de la mayoría (“La reina es una dama casada en secreto y embarazada en público”).

Los tortolitos gozarían de nuestras simpatías (un matrimonio morganático siempre tiene un no se qué romántico) si no fuera porque le dieron al trinque como si no hubiera un mañana.

Después del Motín de los Sargentos y de que Espartero tratara de lograr un Gobierno más progresista, la reina se ve forzada a renunciar a la Regencia y marcha al exilio a Francia con su apolíneo marido. Se le prohíbe regresar a España, en parte porque para la opinión pública ella y Muñoz viven amancebados (que Espartero tardara varias eras geológicas en hacer pública su acta matrimonial no ayudó mucho, la verdad).

La parejita acude entonces a la Sante Sede para que el papa valide su unión, algo a lo que Gregorio XVI accede, no sin antes prohibir a los susodichos mantener relaciones sexuales durante tres meses, a modo de castigo (que María Cristina estuviera entonces embarazada de su sexto hijo es algo que añade una nota surrealista al tema).

En 1844 regresan finalmente a España, y ahora es cuando María Cristina da rienda a sus pasiones (además de solazarse con el macizo de Muñoz): tratar de influir por todos los medios en política y ganar mucho parné.

Su primer acierto (dejando atrás los complots que tramó contra Espartero mientras estaba en el exilio) fue casar a su hija Isabel II con el primo carnal de esta, Francisco de Asís, a pesar de saber que el muchacho era homosexual (homosexual y sobre todo, un cretino de tomo y lomo).

Con la inestimable ayuda del marqués de Salamanca y el beneplácito de Narváez, la feliz pareja amasó un fortunón con la trata de esclavos, el negocio de la sal –tuvieron el monopolio durante cinco años‒ y sobre todo, la minería. El dinero para estas inversiones era desviado desde fondos estatales, y como disponían de información privilegiada, meses antes del Real Decreto que rebajaba los aranceles sobre los productos siderúrgicos, se deshicieron de todos los negocios que mantenían en Asturias.

Finalmente, aprovechando el descrédito de la pareja, se les obliga de nuevo marchar al exilio en 1854, intentando a la vez sofocar las críticas por la gestión de los gobiernos de Isabel II y su intensa vida amorosa.

María Cristina regresará a España por cuestiones familiares en contadas ocasiones. Ella y Muñoz vivieron felices comiendo perdices hasta que él fallece en 1873. Ella morirá el 22 de agosto de 1878. Sus restos reposan en el Panteón de El Escorial, los de su marido en Tarancón.

Copyright del artículo © María Ortigosa. Reservados todos los derechos.

María Ortigosa

María Ortigosa

Historiadora y profesora de español como lengua extranjera.