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La reina María Bárbara de Braganza

María Bárbara Josefa de Braganza nació en Lisboa el 4 de diciembre de 1711. Su padre era Juan V de Portugal y su madre María Ana Josefa de Austria. Bárbara creció en un ambiente muy culto; gran melómana y aficionada a la lectura, hablaba seis idiomas y tocaba el clavicémbalo.

Todo era paz, armonía y música hasta que la intrigante reina de España, Isabel de Farnesio, le echó el ojo a la criatura. El plan era casar a la infanta española María Ana Victoria con el heredero de Portugal José, y al mismo tiempo que la infanta portuguesa María Bárbara se casara con Fernando, hijo del rey de España y de su primera mujer, María Luisa Gabriela de Saboya. Dicho y hecho.

Pero cuando Fernando vio por primera vez a su prometida se sintió decepcionado. La portuguesa era bastante fea, bajita y regordeta y tenía además en la cara las marcas que le había dejado la viruela. Sin embargo, Fernando, que había pasado una infancia terrorífica con un padre prácticamente ausente por su enfermedad mental y una madrastra que lo odiaba, no tardó mucho en caer rendido ante los encantos de Bárbara, pues esta era inteligente, bondadosa, ocurrente, generosa y muy cariñosa.

Se casaron en 1729 y la pareja vivió durante cinco años en Sevilla con la Corte, disfrutando de los paseos en góndola por el Guadalquivir, los saraos y los recitales que se organizaban para la familia real, hasta que decidieron trasladarse a La Granja de San Ildefonso.

Fue en esa época cuando se declaró el incendio que destruyó el Alcázar madrileño (Navidad 1734). Parece ser que el fuego se originó en los aposentos del pintor Jean Ranc, cuando por culpa de unos sirvientes, se prendieron fuego unas cortinas. Los soldados que salían del cambio de guardia vieron llamas en el lienzo de la priora, el ala oeste del palacio, pero cuando los monjes del cercano convento de San Gil tocaron las campanas para avisar del desastre, los madrileños pensaron que llamaban para la misa del gallo y se quedaron tan tranquilos. Cientos de obras de arte y de cuadros de Ribera, Rubens, Durero o Tiziano se perdieron para siempre pasto de las llamas, incluidos el retrato de Felipe IV de Rubens o “La expulsión de los moriscos” de Velázquez.

Los años trascurren apaciblemente para la feliz pareja, pero los churumbeles no llegan debido a que Fernando padece una impotencia coeundi, unida a una criptorquidia (vamos, que no podían consumar).

En 1746 muere Felipe V y Fernando VI se convierte en rey de España. La primera medida de la real pareja será invitar amablemente a Isabel de Farnesio a que se instale en La Granja de San Ildefonso. España vivirá un periodo de paz y estabilidad económica, no tanto por las acciones tomadas por el irresoluto Fernando VI sino por los aciertos de sus ministros José de Carvajal y marqués de la Ensenada.

La reina María Bárbara comprende que nunca será enterrada en el Panteón Real de El Escorial junto a su marido y ordena la construcción de las Salesas Reales, magnífica obra que financió con su parné y que provocó la ironía de un madrileño salao que colgó en la puerta de la iglesia un pasquín en el que se leía: “Bárbaro edificio, bárbara renta, bárbaro gasto, Bárbara reina».

Pero Bárbara hizo algo más. Angustiada ante la posibilidad de quedarse viuda (y la consiguiente vendetta de la Farnesio), la reina comenzó a ahorrar de manera exagerada, a propiciar que se la obsequiara con regalos y a intentar conseguir dinero de la manera que fuera.

En 1757 enfermó de gravedad falleciendo el 27 de agosto de 1758, probablemente a causa de una embolia pulmonar secundaria a una trombosis venosa profunda, o debido a metástasis pulmonares. Le fueron encontrados diez millones de reales, además de acciones por valor de 800.000 doblones y de algunas bolsas con pequeñas cantidades de dinero. La mayor parte de su herencia fue para su hermano Pedro de Portugal –unos siete millones de reales–, el resto fue destinado a algunos miembros de la familia real, a obras de caridad y a misas.

En Fernando VI, completamente abatido por la pérdida de su amada esposa apareció la enfermedad mental. Trasladado a Villaviciosa de Odón, la soledad acentuó las crisis y la gelatina de asta de ciervo con víboras tiernas, los emplastos de hierbas y leche de burra y las sangrías, pautadas por los doctores Gaspar Casal, Andrés Piquer y Pedro Virgil no parece que le provocaran ninguna mejoría.

Neurótico, hipocondríaco, muy tímido e inseguro y con la autoestima por el suelo, Bárbara le había dado cierta estabilidad emocional, pero tras su fallecimiento, se sucedieron los ataques epilépticos, los intentos de suicidio y las ideas delirantes, como cuando, convencido de haber contraído la rabia, mordía a todo el que se le acercaba.

Afortunadamente, el rey dejó de sufrir el 10 de agosto de 1759. Sus restos reposan junto a los de Bárbara de Braganza en las Salesas Reales.

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María Ortigosa

María Ortigosa

Historiadora y profesora de español como lengua extranjera.