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La inconmensurable Margarita de Austria

Nace nuestra protagonista en Bruselas el 10 de enero de 1480. Hija de Maximiliano I de Austria y de María de Borgoña, a la edad de dos años sufre dos hechos traumáticos: su madre muere tras caerse de un caballo y se acuerda para ella un compromiso matrimonial con el delfín de Francia, por lo que es enviada a la corte francesa para ser educada por los gabachos.

El quinceañero novio era un primor: ojos inexpresivos, bajo de estatura, nariz tipo “pico de tucán”, balbuceo en el habla, boca colgandera y unas manos que agitaba continuamente con movimientos espasmódicos. Lo que se dice un Rock Hudson, vamos. Para sorpresa de propios y extraños, muere repentinamente el rey francés Luis XI y el apolíneo delfín se convierte en Carlos VIII y la pobre Margarita en reina de Francia.

Pero la suerte cambió para Margarita: en 1491, al macizo de Carlos VIII le da la ventolera, abandona a Margarita y se casa con Ana de Bretaña, pasándose el Tratado de Arras por el arc de triomphe, por lo que nuestra jovenzuela es enviada de vuelta a Flandes. Allí se concierta su matrimonio con Juan, único hijo varón de los Reyes Católicos y al mismo tiempo se acuerda la boda del hermano de Margarita, Felipe, con la hermana de Juan, Juana.

Tras celebrarse el enlace en Malinas (noviembre de 1495) se decide que la flota encargada de trasladar a Margarita a Castilla, traería en la vuelta a Juana. Y así, Margarita emprende el viaje por mar que la traería a España, travesía que a punto estuvo de terminar en tragedia pues un fortísimo temporal a poco estuvo de hacer naufragar los navíos. Tal es así que la salada de Margarita se ató a la muñeca un pliego en el que había escrito “Yace aquí Margarita, infeliz ella, pues dos veces casada, murió doncella”, lo que nos habla no solo de sus dotes para la poesía, sino sobre todo, de las ganas que tenía la pobre de catarlo. Estaba en la edad.

Cuando Juan vio a la bella Margarita se sintió arrebatado. Como no podían casarse porque estaban en Cuaresma, ante la urgencia de los contrayentes, el papa Alejandro VI tuvo que emitir una bula para que los novios pudieran dar rienda suelta a sus pasiones, consumando sin temor al fuego eterno. Por fin, la pareja contrae matrimonio en la catedral de Burgos el 4 de abril de 1496.

¿Fueron felices y comieron perdices? El príncipe, que ya era de por sí bastante flojo, experimentó un empeoramiento de su ya frágil salud que los galenos achacaron a la “frenética” actividad sexual de los tortolitos. Por ello sugirieron a Isabel la Católica, su madre, que separara a la pareja durante un tiempo, a lo que la reina respondió que no era conveniente que los hombres separaran lo que Dios había unido. Pero su salud no solo no se restablece sino que Juan fallece en otoño de 1497, probablemente de tuberculosis.

Tras sufrir un aborto, Margarita regresa a Flandes. Enseguida me la vuelven a casar, esta vez con Filiberto II de Saboya que fallece tres años después. Margarita retorna entonces definitivamente a Flandes (tenía entonces veinticuatro años) donde será la encargada de educar a los hijos habidos entre Juana I de Castilla y Felipe el Hermoso que permanecían allí: Carlos (futuro Carlos I, para el que tuvo el acierto de asignar como preceptor a Adriano de Utrecht), Leonor, María e Isabel, para los que se convierte en una madre. Su padre, Maximiliano, la nombra regente, labor que realizará brillantemente y posteriormente, su sobrino Carlos la designará como gobernadora de los Países Bajos, siendo uno de los principales apoyos del monarca.

Sus decisiones políticas fueron muy acertadas. Desarrolló una política favorable a Inglaterra, de la que se obtenía la preciada lana que alimentaba la boyante industria textil de Flandes. También aconsejó a su sobrino que, habiendo muerto el intrigante Chièvres, nombrara como consejero a Gattinara. Y sobre todo, jugó un importante papel en la política del Imperio al firmar con Luisa de Saboya (madre del archienemigo de Carlos I, Francisco I) la “Paz de las Damas” (1529). A su inteligencia, se unía una vasta cultura y fue sin duda una de las grandes mecenas del Quinientos.

Margarita se hizo una herida en un pie al caerse del caballo. La herida se infectó y a pesar de los remedios que le aplicaron los galenos, en una época donde aún no existían antibióticos, Margarita falleció de una erisipela el 1 de diciembre de 1530. Había dispuesto que su corazón fuese enterrado junto a los restos de su madre en Bruselas y su cuerpo fuera enviado a Granada, junto al sepulcro de su hermano Felipe, pero las dificultades del viaje impidieron que se cumpliera su última voluntad. Sin ninguna duda, una de las grandes mujeres del Quinientos.

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María Ortigosa

María Ortigosa

Historiadora y profesora de español como lengua extranjera.