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La guerra mundial

En un matutino madrileño encuentro una serie de figuras retóricas vinculadas a la guerra y aplicadas a hechos de la vida civil. Es bastante frecuente y diría que propio de un idioma y una puesta en escena de la noticia. Enumero: la campaña electoral en los Estados Unidos es una batalla política; el país norteamericano es una nación en llamas; la incertidumbre producida por la pandemia es un auténtico material explosivo; el gobierno de la comunidad de Madrid arremete y carga contra el Gobierno central; dentro de la derecha española hay una guerra fratricida; las discusiones parlamentarias son andanadas de cargas especiales; suma y sigue.

Esta insistencia del estilo bélico que resuelve los eventos memorables que llamamos realidad en términos periodísticos, nos llevan lejos, tanto como a los clásicos del pensamiento político. Hobbes vio hace unos cuantos siglos que la naturaleza de nuestro estado como especie es la guerra, una guerra universal de todos contra todos.

Por excepción, montamos un aparato de seguridad y control, una suerte de monstruo mitológico que nos protege y nos cuida, el Estado. En cuanto nos descuidamos, el monstruo se enferma o se distrae y vuelve a la superficie de la historia nuestra selva salvaje y belicosa.

En efecto, la guerra parece acompañar el curso de la historia humana. Todas las civilizaciones la han conocido y hasta la han ensalzado como extremo moral, la lucha donde los héroes se juegan la vida para salvar la vida de los pueblos. Como todo lo natural, es necesario y cíclico. No nos preocupemos en abolirla. Volverá cada invierno, como la gripe.

Ya que ha salido el tópico gripal ¿no será que la retórica periodística nos está describiendo una guerra mundial que no queremos admitir, una especie de pandemia que anima al espíritu beligerante del género humano? Los medios masivos de comunicación serían los poetas épicos del conflicto, los encargados de dar batalla, disparar la artillería y recoger los cadáveres.

Así, en plan de gesta, la tarea de nuestros cronistas y glosadores se torna un género literario propio del género humano al que acabo de aludir. No quisiera leerlo con una clave sórdida, un código sucio según el cual el gremio de la noticia anhela la guerra porque provee de materiales para rellenar páginas, pantallazos, tuits y correos electrónicos. En especial durante los veranos, cuando ataca la sequía informativa y se impone algún refresco. La pandemia enfatiza todo porque es macabra en sí misma. No casualmente se habla de ella, con frecuencia, como de una guerra que exige combatir con eficacia técnica y moral de victoria. Tal vez nuestro querido Leviatán, el gigantesco saurio que nos cuida y nos defiende del perpetuo enemigo en la perpetua contienda, sea una suerte de comandante en jefe en la guerra contra la guerra. Repito: técnicamente eficaz y éticamente victorioso.

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Blas Matamoro

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista. Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de "La Opinión" y "La Razón" (Buenos Aires), "Cuadernos Noventa" (Barcelona) y "Vuelta" (México, bajo la dirección de Octavio Paz). Dirigió la revista "Cuadernos Hispanoamericanos" entre 1996 y 2007, y entre otros muchos libros, es autor de "La ciudad del tango; tango histórico y sociedad" (1969), "Genio y figura de Victoria Ocampo" (1986), "Por el camino de Proust" (1988), "Puesto fronterizo" (2003), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)
En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por "Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina". (Fotografía publicada por cortesía de "Scherzo")