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La escandalosa impunidad de los nazis

«The Last Trial», de Elizabeth Kolbert, es un interesante artículo publicado en el New Yorker, el 16 de febrero de 2015. Kolbert aborda en él la impunidad de la mayoría de los asesinos y cómplices nazis al terminar la guerra.

«Cuando los alemanes hablan de la Segunda Guerra Mundial ‒escribe‒, a menudo lo hacen en términos generacionales. Está la Tätergeneration, o la generación de los ejecutores, la cohorte que llevó a cabo la guerra. (…). Luego, está la generación zweite, que forman los llamados hijos de la guerra. (…) La generación zweite está envejeciendo, y el poder pasa a la generación dritte, los nietos de los ejecutores. (…) El esfuerzo por llevar ante la justicia a los criminales de guerra nazis también se divide aproximadamente en tres. La fase inicial fue la que sirvió de guión en el cine. Los villanos eran demoníacos, la retórica era conmovedora, y al final, llegó el satisfactorio chasquido de la soga del verdugo. En el primer juicio de Núremberg, que se llevó a cabo ante cuatro magistrados de Francia, Gran Bretaña, Estados Unidos y la Unión Soviética, doce líderes nazis, incluido el comandante de la Luftwaffe, Hermann Göring, y el ministro del Tercer Reich de asuntos exteriores, Joachim von Ribbentrop, fueron condenados a muerte. (…) La siguiente fase involucró a los nazis de menor rango: los que habían sido responsables del día a día del exterminio. Había que trazar una línea entre inocentes y culpables. ¿Pero en qué punto? ¿Serían perseguidos como criminales todos los soldados que habían trabajado en los campos, o los que habían reunido a los prisioneros para su deportación? (…) Al menos en Occidente, la difícil tarea de trazar esa línea quedó en manos de los propios alemanes. Decir que fallaron es quedarse corto. Un periodista llamado Ralph Giordano, cuya familia medio judía pasó gran parte de la guerra escondida en un sótano, llamó a esto la zweite Schuld del país, su segunda culpa. Así como los alemanes corrientes habían mirado hacia otro lado durante el Holocausto, también lo hicieron cuando los culpables quedaron impunes».

«En los años inmediatamente posteriores a la guerra ‒añade Kolbert‒, los ex nazis encontraron trabajo en la administración pública y también, en muchos casos, en importantes cargos políticos. Una lista publicada hace unos años por el Ministerio del Interior alemán muestra que, en los primeros años de la Bundesrepublik, entre los funcionarios gubernamentales que habían sido miembros de organizaciones nazis había, al menos ,veinticinco miembros del gabinete y un presidente. Hans Globke, uno de los principales colaboradores del primer canciller de la República Federal Alemana en la posguerra, Konrad Adenauer, ayudó a dar forma a las leyes raciales del Tercer Reich. (Refiriéndose a Globke, se supone que Adenauer dijo: ‘No arrojas el agua sucia cuando no tienes agua que esté limpia’). Hubo que esperar a 1958 para que Alemania crease una oficina central con el fin de investigar los crímenes cometidos durante la guerra. No se le concedió ningún poder real; todo lo que puede hacer es remitir los casos a los fiscales de distrito».

«Mientras tanto ‒concluye Kolbert‒, el poder judicial alemán, que también estaba lleno de ex nazis, se dispuso a atarse las manos. Una decisión crucial que se tomó desde el principio fue dejar de lado el cargo de genocidio. (…) Los juristas alemanes se negaron a hacer uso de dicha categoría. Argumentaron que era legalmente irrelevante, ya que, cuando los nazis llevaron a cabo sus atrocidades, aún no existían los estatutos contra el genocidio. Lo mismo ocurrió con los ‘crímenes contra la humanidad’, otra figura legal de la posguerra. Imponer las leyes retroactivamente, sostenían los juristas, sería repetir los pecados de los nazis, que habían reformado el código legal siempre que les convenía. Si no existían el ‘genocidio’ y los ‘crímenes contra la humanidad’, los cargos de asesinato eran otra opción. Después de todo, millones de víctimas habían sido masacradas. Pero el poder judicial alemán también se mostró reacio a seguir este camino».

Añado un dato a esa infamia. La cifra de muertos en Auschwitz supera el millón de personas, en su mayoría judíos. Según el historiador Andreas Eichmüller, autor de Die SS in der Bundesrepublik (De Gruyter, 2018), de los 6.500 oficiales y auxiliares de las SS que trabajaron en el campo de exterminio y sobrevivieron a la guerra, pocos fueron juzgados y los condenados apenas son 50 –en ocasiones, con penas escandalosamente ridículas–. Esto significa que los criminales nazis de Auschwitz se fueron de rositas. Y eso que el hecho de ser SS y haber trabajado en Auschwitz no dejaba ninguna duda acerca de la catadura de quien era juzgado.

Podemos imaginar que estos porcentajes escandalosos de absoluciones fueron aún mayores cuando el sospechoso pertenecía a cuerpos menos ‘comprometidos’, como profesores, científicos, jueces, periodistas, artistas, etc.

Los procesos de Fráncfort (1963-1965) trataron de rectificar los olvidos de Núremberg, pero tampoco sirvieron de mucho. La mayoría de criminales y cómplices pasó por unos ridículos procesos de «desnazificacion» que, en la práctica, eran una mera excusa para cerrar página. Quizás no hubo otra alternativa. De haberse aplicado la dura lex a todos los implicados, Alemania y Austria habrían quedado despobladas.

Al escribir mi Diccionario biográfico de nazismo y III Reich (mas de 600 biografías) fui consciente de la cantidad de canallas, cobardes y criminales que terminaron sus días no sólo plácidamente, sino en muchos casos rodeados de premios, reconocimientos y honores. No dejaba de preguntarme cómo ciertas sabandijas habían escapado alegremente de un mínimo de justicia. Espero que si existe una Justicia Eterna, les sea aplicada (aunque soy de los que prefiere un adelanto terrenal).

(Hoy –sin necesidad de viajar a Alemania–  vemos como los asesinos de ETA no sólo pasean libremente por las calles sino que son homenajeados, tienen voz en el Congreso de diputados e incluso pactan con el gobierno. Todo ello me provoca un asco infinito).

Aún hay canallas que niegan aquello y que no se cansan de vomitar que ya se ha hablado demasiado del Holocausto. En realidad, es inmoral olvidar la Shoá y sus seis millones de víctimas (dos tercios de los judíos europeos). Por mucho que hablemos o escríbanos sobre ello, nunca será suficiente.

Aparte del espanto que causan los campos de exterminio ‒Auschwitz-Birkenau, Chelmno, Treblinka…‒ y de los horrores vividos en campos de concentración como Terezín, hoy sabemos que aquel exterminio sistemático adoptó otras fórmulas.

Pensemos, sin ir más lejos, en las matanzas de Babi Yar, Ucrania, perpetradas a partir del 29 de septiembre de 1941. En una sola «operación» de exterminio fueron masacrados más de 33.000 judíos. Los asesinatos se prolongaron durante toda la ocupación nazi de Ucrania y se estima que en total murieron entre 100.000 y 150.000 judíos en aquel barranco a las afueras de Kiev conocido como Babi Yar.

Los asesinos se prestaron voluntariamente a ello. Nadie les coaccionó, ni forzó a asesinar a población civil indefensa. Eran alemanes y algunos ucranianos que tenían estudios, procedentes de familias educadas. Algunos tocaban el violín y escribían bellos poemas al terminar su jornada de sangre y hiel. Dejaban sus impresiones escritas en postales y diarios, tal y como se compila en la estupenda y tremenda obra The Good Old Days: The Holocaust as Seen by Its Perpetrators and Bystanders, editada en 1996 por Ernst Klee, Willi Dressen yVolker Riess, con un revelador prólogo de Hugh Trevor-Roper.

En esos horribles escritos queda patente la terrible deshumanización que el nazismo inoculó en sus cachorros.

Los niños asesinados en Babi Yar serían hoy ancianos ¿Qué no habrían podido hacer durante estas siete décadas? ¿Qué no habrían construido, amado, compuesto o escrito?

150.000 futuros fueron desintegrados hace 79 años. 150.000 almas y cada una de ellas, única, irrepetible, con el potencial creador de cualquier ser humano, con la misma capacidad de sufrir la humillación, la tortura y la pérdida que tengo yo. Personas como yo y como los míos. Mis hermanos.

Por eso hoy los recuerdo, al igual que recuerdo al resto de las innumerables víctimas de la Shoá.

Copyright del artículo © Fernando Navarro. Reservados todos los derechos.

Fernando Navarro García

Fernando Navarro García

Director general de HAC Business School and University, vicepresidente Ética y Responsabilidad Social de Inspiring Committed Leaders Foundation, secretario general de Innovaética y vicepresidente del Instituto de Estudios Panibéricos. Fernando Navarro es licenciado en Derecho y coordinó un proyecto humanitario en Angola. Como profesor, ha desarrollado su trayectoria docente en varias universidades y escuelas de negocios (UNED, Universidad Rey Juan Carlos, Carlos III, ESIC, Instituto Universitario Ortega y Gasset y la Escuela de Profesionales de Inmigración y Cooperación de la Comunidad de Madrid). Asimismo, es coautor de "El fenómeno socialista" (ed. crítica y anotada de la obra de Igor Shararevich, Última Línea, 2015), "El delirio nihilista: Un ensayo sobre los totalitarismos, populismos y nacionalismos" (Última Línea, 2018), "Nueve necesarios debates sobre la responsabilidad social" (Comares, 2019), "Inspirando líderes comprometidos: La innovación en valores, una visión para cambiar el mundo" (Última Línea, 2019) y "¡Eureka! Valores. Principios básicos de ética para las organizaciones" (Última Línea, 2020). Entre sus restantes libros, destacan "Estratégicas de marketing ferial" (ESIC, 2001), "Diccionario biográfico de nazismo y III Reich" (Sepha, 2010), "Hitler: Los años desconocidos" (ed. crítica de las memorias de Ernst Hanfstaengl, Última Línea, 2012) y "Responsabilidad social corporativa: Teoría y práctica" (ESIC, 2012).