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Análisis y comentario Juan José Millás

Juan José Millás: un pesimista bien informado

La figura y la obra del escritor y columnista Juan José Millás permite un análisis que va más allá del comentario circunstancial de libros tan conocidos como El desorden de tu nombre (1987), Papel mojado (1988), Los objetos nos llaman (2008) o La mujer loca (2014).

En ocasiones, la propia existencia puede resultar una broma de mal gusto. No obstante, como diría Robert Brasillach, deberíamos centrarnos en la broma y no en el mal gusto. “Para vivir hoy hay que saber reírse de la estúpida realidad”, afirma. Hay muchas formas de llevar a cabo este plan y, sin duda, una de las más cómodas y terapéuticas es la de la escritura. Verter nuestras opiniones, sensaciones, críticas en un papel en blanco, para lo que sólo hace falta un lápiz y un papel. Podemos escribir en un café, en el tren, incluso hay quien desafía a las leyes motoras y de circulación escribiendo mientras camina.

Este desahogo, está exorcización de aquello que nos afecta y no entendemos (esto es lo peor de todo, las no certezas) puede tomar forma a través del formato del diario, el ensayo o la novela. Se pueden dar casos de escritores y escritoras que fusionan todo esto, creando personajes a su medida a los que hacen vomitar pedazos autobiográficos de realidad. Quien dice no escribir sobre sí mismo miente, al igual que quien quiere hacer creer que sus diarios los escribe para sí mismos y no para ser leídos por los demás. Seguramente cuando Kafka le dijo a su amigo del alma que quemase sus obras fundamentales lo hizo sabiendo que le traicionaría y las publicaría. Si no ¿por qué no las destruyó él mismo? Kafka, precisamente, es un buen ejemplo de un escritor que relata los sinsentidos del mundo y del ser humano. Por ello el término “kafkiano” se aplica a situaciones de la realidad.

En la acción de escribir hay una rebeldía y una forma de reivindicar el propio yo frente a la amenaza exterior. Como diría Sartre, “el infierno son los otros”, por cuanto desde fuera se trata de imponer una forma de ser o de actuar concreta, diferente a la propia. Escribiendo se refuerza el pensamiento propio, se auto-reflexiona para no perder la cordura y mantener siempre una pequeña dosis de locura, necesaria para sobrevivir en un mundo como el actual. Igual que Rasputín se tomaba cada día una pequeña dosis de veneno para evitar ser envenenado por “los otros”, es lícito crearse una especie de armadura, vestirse de un traje con el que batallar en el día a día.

En El arte de la novelaMilán Kundera se complacía en pensar que la novela era “un arte nacido de la risa de Dios”. A su vez, Pedro Casariego escribía en uno de sus poemas: “Mi angustia es el eco de la risa de Dios”. La crueldad por la crueldad a la que se encuentra sometida la humanidad, bien ejerciéndola ella misma o sufriéndola por causas que desconoce o que no busca. Entendiendo la figura de “Dios” como un ser superior o, desde el punto de vista científico, como el universo, los mecanismos que explican nuestra existencia y nos determinan siempre nos generarán incertidumbre como seres mortales y, por tanto, limitados. En el segundo caso, Einstein afirmaba estar convencido de que “Él” (el universo) “no tira dados”; si no hay ningún cabo suelto en el cosmos y todo funciona como una máquina compuesta de engranajes que encajan a la perfección, quizá sea cuestión de tiempo encontrar explicación a lo que hoy en día nos resulta imposible de justificar.

No obstante, ahí estará siempre el azar, al que según Mallarmé ninguna tirada de dados podría abolir. Y es que, según su definición, existiría una causa o fuerza que determina que los “hechos y circunstancias imprevisibles o no intencionados se desarrollen de una manera o de otra”. En el azar jugamos, por lo que en este sentido el ser humano es una caja de sorpresas. Así, que una persona escriba sobre otras siempre será una fuente inagotable de historias inesperadas. Como ya decimos, lo absurdo de la existencia es un tema muy tentador.

De entre los autores contemporáneos, tal vez sea Juan José Millás uno de los escritores más certeros en este sentido. En sus obras será capaz de reunir todos los ingredientes citados: novelas a través de las cuales expresar una opinión sobre lo absurdo de la vida y de sus habitantes. Unos “habitantes” de una “casa deshabitada”, que diría Jardiel Poncela. Un Dios nitzscheano que habrá muerto o, en el mejor de los casos, será un escritor despiadado, como el Unamuno de Niebla, al que irán a pedir cuentas sus personajes y a los que no les permitirá hacer uso de su voluntad ni para suicidarse. Las novelas de Millás se encontrarán sazonadas en buena medida de una visión filosófica existencialista e, incluso, pesimista.

Y es que, como el propio autor afirma, él “no es pesimista, pesimista es la realidad”. No obstante, ese pesimismo presente en el mundo será analizado la mayoría de las veces a través del humor, tan necesario a la hora de contar historias para conseguir que el lector sobreviva en ellas. Ese pesimismo surgirá siempre de “optimistas bien informados”, que no harán sino demostrar ser unos grandes conocedores del mundo, aunque eso no les impida volver a errar, una y otra vez. En cierta forma muchas veces no será fallo de ellos, sino que los retruécanos de la vida les llevarán a extrañas elecciones. Como en El desorden de tu nombre (1987), cuando Julio Orgaz se enamora de una mujer que, sin saberlo, es la pareja de su psicoanalista.

Su obra Tonto, muerto, bastardo e invisible (1995) es un buen ejemplo de ello, pues hasta lo más trágico puede volverse cómico. Muchos de sus personajes se caracterizarán por la “procastinación” o retraso de las obligaciones por pereza, buscando siempre una justificación con la que ocupar ese tiempo. Esa demora, que ocurrirá en la citada novela o en Visión del ahogado (1977), puede llegar a ser verdaderamente grave, causa incluso de la pérdida de un trabajo por resistirse a acudir a él. Lo que a priori puede resultar una actitud infantil representa tal vez una resistencia a afrontar esa parte carente de sentido a la que parece que nos obliga la vida, conminándonos a “perder el tiempo” para permanecer en un sistema hipócrita, dominado por intereses ajenos a los humanos.

Las relaciones sociales también forman una parte importante de ese “teatro” al que la vida nos invita a participar a la fuerza.

Por otro lado, Millás nos presenta un mundo alternativo al que los personajes se acogen para escapar del sinsentido de la realidad. Ello está presente en todas sus novelas, ya posean un trasfondo más lúdico o en otras más dramáticas, como La soledad era esto (1992), con la que ganó el Premio Nadal. El refugio en los sueños, las alucinaciones, los recuerdos o el pasado, la nostalgia de épocas que tal vez hayan sido reconstruidas a medida por la mente como nuevo mecanismo de supervivencia, evitando perder la cordura.

Será en Dos mujeres en Praga (2002) donde el acto de la escritura proporcione esta alternativa de viaje al otro lado del espejo y permita confundir lo real con lo inventado. O también en El desorden de tu nombre (1987), cuyo cuento principal dará pie a una nueva novela, Desde la sombra (2016). Aquí, la procastinación llega a tales extremos que un hombre acabará viviendo en casa de unos extraños que compran el mueble donde se ha escondido tras cometer un hurto.

Cuando leemos las historias de Millás creemos que vamos a acabar en un callejón sin salida, que lo narrado parecen encaminarse hacia un final próximo, tal vez esperando a la vuelta de la página. Eso nos dice la lógica cartesiana, claro. No obstante, el autor nos demuestra que sus historias son reflejo de la realidad por cuanto la vida presenta giros de guión inesperados en su supuesto sinsentido, y sus “inquilinos”, que viven de prestado, han sido capaces de llegar hasta allí sorteando obstáculos imposibles. ¡Y cómo no iban a sortear este otro nuevo! El lector entonces se detendrá a reflexionar y podrá pensar en la cantidad de ocasiones en que ha vivido experiencias surrealistas que, escritas en forma de novela, carecerían de credibilidad.

“Esto lo lee alguien y dice que es imposible, que carece de verosimilitud, que es increíble, imposible… y yo lo he vivido”. Así es el mundo “millasiano”. Inesperado, sorprendente, divertido y, sobre todo, implacable.

Imagen superior: Juan José Millás en la azotea de la Cadena SER en octubre de 2022 (Florenciac, Wikimedia Commons, CC).

Copyright del artículo © Javier Mateo Hidalgo. Publicado previamente en ‘Revista de Letras’ y editado en ‘Cualia’ con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Javier Mateo Hidalgo

Javier Mateo Hidalgo (1988) es doctor en Bellas Artes por la Universidad Complutense de Madrid (2019). Su tesis doctoral "El fragmento como referencia de la modernidad en los procesos de creación de la vanguardia artística española (1906-1936)" propone el estudio de las obras de la vanguardia artística española como un todo fragmentado cuyos elementos refieren al nuevo arte que estaba desarrollándose en el resto de Europa. Ha publicado diversos artículos en revistas académicas como "Aniav", "Asri", "Re-visiones" o "Síneris", siendo en esta última pionero en el estudio de la considerada como primera cineasta española, Helena Cortesina. Del mismo modo, ha participado como ponente es diferentes congresos, organizados por el Instituto Cervantes, la UCM, la UAM o las universidades de Valencia y Huelva. Como creador multidisciplinar, ha participado en diversas exposiciones, recibido diversos premios y participado como jurado en festivales. Por su libro de poemas "El mar vertical" obtuvo el accésit del XI Certamen Literario “Leopoldo de Luis” de poesía y relato corto (2019). En la actualidad, se dedica a la investigación, la creación y la enseñanza.