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Jacques-Louis David o la invención del Photoshop

David nació en Paris en 1748. Era un tipo despreciable, de esos que arriman su sardina al ascua que más calienta y venden sus principios al mejor postor. Había sido pintor en la corte de Luis XVI, pero cuando triunfó la Revolución Francesa se convirtió en un fanático revolucionario e incluso votó a favor de la decapitación del capeto. Del mismo modo, cuando Napoleón accedió al poder y se autoproclamó emperador, David olvidó de un plumazo su fervor revolucionario y se hizo bonapartista.

Pero no abandonemos tan pronto la Revolución. El 9 de julio de 1793 visitó a Marat en su domicilio. Marat, que junto a Robespierre dirigía el «Terror», le recibió en la bañera con la cabeza envuelta en una toalla empapada en vinagre. No es que su amigo intentara seducir al pintor; el problema es que Marat, durante los tórridos veranos parisinos, se ponía como la hermana de Ben-Hur cuando estaba en la leprosería a consecuencia de la psoriasis y estar sumergido en agua fresca, le aliviaba al pobre.

Durante la visita, Marat tenía al lado de la bañera una caja sobre la que de vez en cuando escribía el nombre de algún «contrarrevolucionario» para incluirlo en las listas que asiduamente publicaba en su periódico L’Ami du Peuble, algo muy parecido a lo que estuvo haciendo Egin durante años, vamos. Los amigos se despidieron sin saber que no volverían a verse.

Tres días más tarde, una jovenzuela, Charlotte Corday, fue recibida por Marat, también mientras el colega estaba en la bañera. Marat, como todos los tiranos, tenía pánico a sufrir un atentado, pero Charlotte le había escrito con anterioridad, ofreciéndole un listado de enemigos de la Revolución, un caramelito para el psoriásico. Cuando la vigilante amante de Marat les dejó un momento a solas, Charlotte sacó un cuchillo que llevaba escondido en el vestido y le seccionó la carótida al revolucionario. Fin de Marat.

Los revolucionarios quisieron aprovechar el asesinato del finado para convertirlo en un mártir y prepararon una performance conmovedora. Trasladaron el cadáver a la iglesia de los Cordeliers (convenientemente desacralizada, por supuesto) para que fuera contemplado por los “compungidos” parisinos. Como el rigor mortis le había dejado un brazo «a lo falangista», se lo amputaron y le pegaron el brazo de otro difunto, aunque el pegamento no debía ser muy eficaz porque el brazo se desprendió del cuerpo. También tuvieron que ser empleados varios kilos de maquillaje ya que, entre el calor y la psoriasis, al cadáver se le puso un color verduzco que era un primor.

Pero el verdadero photoshop lo realizó David cuando realizó el cuadro que inmortalizaría el asesinato. Aunque Marat tenía dos pistolones colgados de la pared de su cuarto de baño bajo los que había un cartel donde se leía «mort», lo obvió, que lo de las armas de fuego nunca queda bien en un retrato. La hoja que le había entregado Charlotte Corday con el nombre de supuestos contrarrevolucionarios, fue sustituida por una misiva en la que se leía: «Basta que sea muy desgraciada para que tenga derecho a vuestra benevolencia», con lo cual, Marat era mostrado como un hombre bueno y compasivo que había pagado con su sangre su bondad.

Por si fuera poco, sobre la caja de madera que servía de improvisado escritorio, David pintó una carta de una viuda de un héroe caído en combate, madre de cinco hijos, sobre la que aparecen unos billetes para dar a entender que el bañista le había conseguido una pensión. Cuando tres meses después, el cuadro fue presentado en la Convención, los vítores fueron ensordecedores.

Habiendo cambiado las tornas, David huyó con su cuadro a Bruselas, donde falleció en 1825. En la actualidad está expuesto en los Museos Reales de Bellas Artes de Bélgica.

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María Ortigosa

María Ortigosa

Historiadora y profesora de español como lengua extranjera.