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Jack London y Robert E. Howard: dos rebeldes y un destino

Robert E. Howard y Jack London son dos genios de la literatura norteamericana. Comparten varios rasgos: su talante melancólico, el amor por el género aventurero, un final trágico, su ideario antiburgués, una mirada vitalista sobre la existencia humana, y por supuesto, el carácter iniciático que tienen sus obras para el lector adolescente.

Como tendremos ocasión de comprobar, ambos fueron rebeldes, en el sentido más profundo de la expresión. Dado que su obra ha sido incomprendida, y en muchos casos, también pervertida, vale la pena que nos fijemos en dos textos autobiográficos, Martin Eden (1909), de London, y Post Oaks and Sand Roughs, de Howard, publicado inicialmente en francés como Le Rebelle (Nouvelles Editions Oswald, 1989) y más tarde en español como El rebelde (La Biblioteca del Laberinto, 2011).

Martin Eden fue leída por entregas en la revista The Pacific Monthly desde septiembre de 1908 hasta septiembre de 1909, fecha en que Macmillan la editó en forma de libro. En términos académicos, suele citarse esta obra de London como un Bildungsroman (es decir, una novela de aprendizaje), pero para ser más precisos, quizá sería un Künstlerroman (una novela que relata la formación de un artista).

En este sentido, no es difícil identificar al novelista con el personaje de Eden, un marinero de orígenes humildes, enamorado de una chica burguesa, que sueña con ser escritor. De hecho, las tribulaciones de Martin Eden tienen un reflejo en las experiencias más negativas de su creador.

Cuando el libro salió a la venta, Jack London tenía 33 años. Ya había triunfado gracias a La llamada de lo salvaje, El lobo de mar y Colmillo blanco, pero marcado por decepciones cada vez más graves, quiso apartarse del mundo civilizado y se dedicó a navegar por el Pacífico Sur.

London fue, como se dice ahora, un adelantado a su tiempo. Mucho antes de la así llamada auto-ficción descubrió que el escritor puede ser un partícipe más en la historia que se dispone a fabular. En todo caso, Martin Eden no es Jack London. Igual que Jack London no era John Griffith Chaney, a pesar de que ese fue el nombre con el que se le bautizó al nacer. Nacido en 1876, era hijo de Flora Wellman, profesora de música y espiritista, y de William Chaney, astrólogo. Según el relato familiar, al quedarse ella embarazada, Chaney le pidió que abortara. Flora no quiso hacerlo. Trastornada por el dolor, se pegó un tiro, aunque sin causarse heridas graves. El recién nacido fue cuidado por una antigua esclava, Jennie Prentiss. Más adelante, Flora Wellman contrajo matrimonio con John London, un veterano de la Guerra Civil que dio al pequeño Jack ese apellido que finalmente lució como escritor.

Esta historia, tan novelesca por otra parte, pudo ser verdad, o quizá solo fue un relato consolador. Parece que London, cuando estudiaba en Berkeley, llegó a escribir a William Chaney. Este negó ser su padre e insistió en que jamás le pidió a Flora que abortara. Además, estaba seguro de que ella tenía relaciones con otros hombres.

No es difícil imaginar que esa revelación perturbó a London, y muy probablemente, fue una de las razones que le llevaron a partir hacia el Klondike, durante el auge de la fiebre del oro. Sabiendo todo esto, también queda claro que la construcción de una identidad literaria, a través de obras como Martin Eden, tuvo para él razones muy profundas.

El caso de Robert E. Howard (1906-1936) no es muy distinto. El creador de Conan el Bárbaro pasó casi toda su vida en Cross Plains, Texas. Lector empedernido y boxeador amateur, tuvo una carrera literaria bastante breve: desde los 23 años hasta la fecha de su suicidio.

Que se quitara la vida siendo tan joven ha hecho correr ríos de tinta. Hay autores que, siguiendo lo dicho por su biógrafo L. Sprague de Camp en Dark Valley Destiny (1983), dudan de la salud mental de Howard. Otros creen que se debió a motivos económicos, o al estrés que le generó la enfermedad y muerte de su madre. A estas alturas, resulta imposible conocer la razón definitiva, pero no descartaría la determinación personal del propio Howard, decidido a abandonar la vida con la seguridad ‒trágica sin duda‒ de que ese era el momento idóneo para hacerlo.

Luego volveré sobre ello. Por ahora, lo relevante es que, desde su condición de autor popular, curtido en revistas como Weird Tales y, por lo tanto, eminentemente narrativo, ofreció una versión de la filosofía de Nietzsche encarnada en la figura de distintos héroes (Conan, Solomon Kane, Kirby O’Donell o “El Borak” Francis Xavier Gordon) pasados por el tamiz exótico y el hálito romántico de los orientalistas.

«Howard ‒escribe Andrew Liptak en Kirkus Reviews‒ creó un mundo que no se diferenciaba demasiado del sur de Europa y el norte de África, donde un aventurero salvaje se apoderaba del mundo conocido. Los cuentos de Conan se convirtieron esencialmente en la visión popular de lo que debía ser una historia pulp: aventuras de capa y espada, un personaje central musculoso y muchos elementos fantásticos. Howard tenía 26 años cuando se imprimió la primera historia de Conan, y L. Sprague de Camp especula que la figura de Conan podría estar ligeramente inspirada en su padre, Isaac Mordecai Howard, con una historia de fondo inspirada en parte en el legado de los ancestros de su familia. En total, Howard escribió 21 historias de Conan, la mayoría ilustradas por Margaret Brundage, la artista de portada habitual de Weird Tales. Sus ilustraciones de Conan generaron divisiones entre los lectores de la revista: algunos disfrutaron de las portadas masculinas y sensuales, mientras que otros arrancaron esas mismas portadas en señal de protesta. Sin embargo, la primera historia de Conan fue un éxito entre los lectores, y Howard rápidamente comenzó a escribir más».

En toda la obra de Howard se detecta una clave: la imposibilidad de la trascendencia se salda con una apología de la violencia, inconfundiblemente masculina y de claro corte materialista (la exploración fisiológica del cuerpo como material perecedero).

El rebelde es una novela breve, poco conocida dentro de la amplia bibliografía del autor tejano. Narra de forma autobiográfica un período de cuatro años en la vida de un joven periodista deportivo, aspirante a escritor, que tiene sus primeros amores y borracheras, que sueña con tener una carrera literaria y que boxea con su mejor amigo durante horas interminables en el jardín trasero de su casa. Se trata de un muchacho embargado por la nostalgia de un tiempo pasado que jamás vivió (lo que vendría a ser el mito de la Edad de Oro).

El traductor francés de Howard, François Truchaud, nos explica otras peculiaridades de esta obra. «En la primavera de 1928 ‒señala‒, Howard, que entonces tenía veintidós años, decidió ‘escribir la historia de su propia vida, tratando de hacerla interesante al representar de manera realista la parte monótona y llamativa de la vida de un pequeño pueblo’ (…) En esta novela, en gran medida autobiográfica, el autor se entrega en toda su desmesura, con sus contradicciones, violencia interior y malestar. Nos cuenta su vida en Cross Plains, sus inicios literarios y la edición de sus primeros cuentos en Weird Tales, pero también sus sueños, pasiones, penas y alegrías, además de su soledad y ambiciones, muchas veces frustradas. Asimismo, nos comunica sus ganas de triunfar y de ser reconocido como artista. (…) Para Howard, el deporte, la actividad física (a menudo habla de ello) es tan importante como la actividad intelectual. Le sirve para expresarse, y también para exorcizar sus demonios y liberar su violencia. (…) Se rebela contra el ‘desierto intelectual’ de Cross Plains, pero también contra el propio sistema. A tal punto que lanza una violenta maldición contra los empresarios y el dinero. (…) A lo largo de estas páginas, descubrimos su método de trabajo, su frenesí por escribir (a menudo, días y noches seguidos, interrumpiendo bruscamente un cuento para empezar otro) (…) En su caso, la violencia bordea la locura. En El rebelde la idea del suicidio se menciona varias veces (con repulsión la primera vez, como una broma la segunda, y con términos más trágicos la tercera). (…) El protagonista se da cuenta de que ninguna editorial aceptará jamás su novela (una premonición que acabará cumpliéndose, ya que El rebelde fue rechazada en 1928) (…) Luego el protagonista acepta trabajar en una oficina y nos regala un pasaje completamente delirante: ¡Golpea a su futuro empleador y aterroriza a una mujer joven, comportándose como si fuera Conan! (…) Howard permanecerá en Cross Plains. Es un rebelde solitario. Un individualista frenético, dividido entre los sueños y la realidad, que busca en sus escritos un desenlace imposible».

En London y en Howard, y por extensión, en El rebelde y Martin Eden, se perpetúa la identidad de quien sale al encuentro del destino y pone a prueba su voluntad. En todas las culturas encontramos este mito del rebelde.

En las dos corrientes que fundamentan el mundo occidental, la griega (Atenas) y la judía (Jerusalén), está representado en dos mitos clave: el de Adán y Eva al comer el Fruto Prohibido y el de Prometeo al entregarle el fuego a los hombres. La transgresión del mandato divino lleva atesorada la perdición de la caída.

Al tratarse de una actitud asociada a la juventud, el Mayo del 68 parisino convirtió al rebelde juvenil en un ícono social, que la cultura pop inmortaliza a través del rock y de la cultura de masas.

Varios autores literarios del siglo XX han visto en la rebeldía una virtud y en el rebelde a un antihéroe moderno. Así, Albert Camus retomó el mito de Sísifo para retratar el absurdo inherente a la condición humana. En su gran novela El extranjero (1942), Meursault, su protagonista, representa el mayor ejemplo de “rebelde” en literatura: heredero del mismo Werther, comete un suicidio simbólico al disparar repetidamente sobre un argelino, dejando una bala en el tambor del revólver: aquella destinada a él mismo. Se convierte así en un enemigo público, que merece ser juzgado y ejecutado por su actitud anti-social representada en el acto de no llorar en el funeral de su madre.

En los Estados Unidos, la figura del rebelde adquiere fuerza a través de autores tan dispares como Ernest Hemingway (Adiós a las armas, 1957) o Thomas Wolfe (El ángel que nos mira, 1929), con una temática, la del sueño americano y su fracaso, representada brillantemente por Francis Scott Fitzgerald en dos novelas inmortales: El gran Gatsby (1925) y Suave es la noche (1934).

Esta fórmula se revaloriza más adelante a través de títulos como Pregúntale al polvo (John Fante, 1939), El guardián entre el centeno (J.D. Salinger, 1951), La conjura de los necios (John Kennedy Toole, 1980) y La senda del perdedor (Charles Bukowski, 1982). Resaltan aquí  cuatro variaciones del mismo motivo: la religiosa (Toole), la impresionista (Salinger), la realista (Fante) y la irónica (Bukowski).

Analizada dentro de este contexto, la novela de Howard destaca con un brillo propio. Como ya vimos, tanto esta obra como la de London pueden ubicarse dentro del Künstlerroman, una subcategoría del Bildungsroman. El género “de aprendizaje” en relación con la iniciación a la vida adulta es uno de los más importantes en la literatura: se da en personajes como Teseo o el bachiller Sansón Carrasco. El nombre académico, Bildungsroman, proviene de los dos tomos dedicados a Wilhelm Meister por Goethe. Autores como Dickens, Stevenson, Mann, Joyce, London o Twain, por citar algunos nombres, lo han explorado con brillantez.

Los autores modernos suelen ignorar la imposibilidad del autodescubrimiento espiritual en un panorama dominado por “la técnica” y “el reino de la cantidad”. Por ello, el rebelde moderno está obligado a “emboscarse” para no sucumbir a la dinámica de lo que le rodea.

Marx o Nietzsche criticaron con una lucidez temprana la figura del burgués. En su línea, varios autores españoles de la mal llamada generación del 98, puramente germanófila y schopenhaueriana —seguramente por vía krausista—, continuaron dicha crítica a través de distintas novelas autobiográficas, todas ellas de gran profundidad filosófica. Destacan El árbol de la ciencia (Pío Baroja, 1911) y La voluntad (Azorín, 1902), protagonizadas por sendos rebeldes en el marco de una España que naufragaba.

El mundo capitalista es el mundo dominado por la figura del mercader, donde todo tiene un precio y el hombre es reducido a mero homo economicus. Frente a esa perspectiva, Nietzsche opone al “superhombre” (übermensch), que representa unos valores opuestos y enfrentados. Recordemos que para Emmanuel Mounier, «el burgués es el hombre que ha perdido el sentido del Ser, que sólo se mueve entre cosas, y cosas utilizables, desprovistas de su misterio». Como bien demuestran la trilogía de novelas de Samuel BeckettMolloy (1951), Malone muere (1951) y El innombrable (1953)— en torno a la imposibilidad del regreso a casa (nostos) y de la épica en el viaje literario moderno, no es posible restañar la vuelta a un mundo de sentido. Todavía hoy hablamos de “bobo” o “burgués bohemio” (bourgeois-bohème) para referirnos a un tipo humano que es propio de nuestro tiempo.

Así, en El rebelde el fracaso del autoconocimiento culmina con la paliza que el protagonista le propina a su jefe, que quiere constreñirle dentro del papel aburguesado de un burócrata sin vida espiritual, de un oficinista atrapado en el sinsentido.

El cine también ha explorado, desde un nihilismo muy similar al de Howard, esta figura del héroe/antihéroe norteamericano en películas como El buscavidas (The Hustler, 1961) o Vidas rebeldes (The Misfits, 1961); o en toda la filmografía de Sam Peckinpah, que representa una reacción violenta frente al progreso. Aquí son necesarios los “raros” (weirds) o inadaptados, tal y como aparecen caracterizados los protagonistas de Cowboy de medianoche (Midnight Cowboy, 1969) o Buscando mi destino (Easy Rider, 1969); y, por supuesto, de la propia novela El rebelde.

La sociedad americana habría pasado de retratar al pionero (pioneer) para retratar al rebelde. En ambos casos como figuras alternativas a una burguesía en continua expansión y evolución.

El alter-ego de Howard que protagoniza El rebelde termina asumiendo su incompatibilidad con el mundo capitalista —el sino del rebelde literario— y marchándose en un autobús con destino desconocido. Porque el aprendizaje, en el mundo moderno, no conduce hacia el interior de uno mismo, sino hacia la nada de un mundo material. En otras palabras: Teseo no puede salir del laberinto.

Como se advierte en Fante, Salinger, Toole o Bukowski, el destino no es más que un baile de trabajos precarios y desilusiones incesantes que ayuda a cimentar una condición de desarraigo y desasosiego. Esa es la razón por la que todas las novelas seleccionadas acaban en un punto que es, en apariencia, irrelevante e insustancial: porque la vida no tiene sentido y porque asumirlo puede llevar a transgredirlo éticamente con una actuación que haga “como si” la vida si tuviera un sentido. “Como si” aún se habitara un tiempo anterior.

Al igual que Hemingway, Kennedy Toole o el protagonista de El árbol de la ciencia, Howard se suicidó. Ya apunté previamente algunas de las posibles razones.

«Aunque la fortuna de Howard como escritor mejoraba ‒escribe Andrew Liptak‒, otras partes de su vida estaban comenzando a fallar. Frecuentemente, sufría depresión, y en ocasiones, tenía  pensamientos suicidas, que llegaron a un punto crítico a fines de la primavera de 1936. El 8 de junio, su madre, Hester Jane Ervin Howard, enferma de tuberculosis, empeoró y entró en coma. Durante los dos días siguientes, Howard permaneció a su lado. (…) Reservó tres terrenos para excavar tumbas [en el cementerio Greenleaf en Brownwood], con la impresión de que ni él ni su padre sobrevivirían sin ella. (…) El 11 de junio , tres días después del coma de Hester, su marido Isaac dijo que no era probable que ella volviera a despertar. El final estaba cerca. Robert se quedó callado y regresó a su habitación, donde escribió un breve poema en su máquina de escribir. Lo dobló en su billetera y se dirigió al automóvil familiar».

Fue en ese coche donde, ese mismo día, donde se voló la cabeza con su Colt del calibre 38. Sobrevivió ocho horas más. Su madre falleció al día siguiente. La nota de suicidio de Howard recoge unos versos de Viola Garvin:  «Todos huyeron, todo terminó, así que álzame en la pira. La fiesta ha concluido y las lámparas se apagan».

Hoy sabemos que, durante los meses previos al suicidio, sufría por diversas razones. Su antigua novia, Novalyne Price, ya había dejado Cross Plains. Sus amigos no estaban tan disponibles como antes, por razones profesionales o familiares. Para colmo, Weird Tales retrasaba hasta lo indecible los pagos al escritor. Y la enfermedad de su madre, sobre todo en la etapa final, le impedía escribir con una mínima regularidad.

En todo caso, especular sobre su psicología ‒incluido un posible complejo de Edipo‒ choca con una barrera: la tendencia de Howard a mezclar realidad y fantasía. «Howard ‒escribe Darrell Schweitzer‒ era una persona de temperamento profundamente emotivo, dada a lo que una vez atribuyó a Conan, ‘gran alegría y melancolía’. Podía ser una buena y jovial compañía cuando le convenía. También escribió sobre sus ‘estados de ánimo negros’. Tenía una vena paranoica: una vez detuvo el automóvil mientras conducía con un colega (E. Hoffmann Price), merodeando con un arma en la mano para asegurarse de que no fuera a ser emboscado por ‘enemigos’. Pero no está claro si lo que pretendía era montar un simple espectáculo. Nadie que lo conociera jamás confirmó la existencia de tales enemigos. Sus cartas están llenas de espeluznantes relatos de violencia en la frontera. Aunque también es posible que haya estado tratando de impresionar a Price«.

Poco antes de morir, le escribió a su amigo August Derleth una carta: «La muerte de los ancianos es inevitable y, sin embargo, a menudo siento que es una tragedia mayor que la muerte de los jóvenes. No quiero vivir para ser viejo. Quiero morir cuando me llegue la hora, rápida y repentinamente, en la plenitud de mis fuerzas».

Acaso todo puede resumirse en esta idea: siempre se tuvo por un fracasado y nunca aspiró a ser un viejo fracasado. Algunos, como L. Sprague de Camp, dicen que era un depresivo. Quizá, en realidad, era un hombre de otro tiempo que no encajaba en la era moderna. En definitiva, un auténtico rebelde.

Relacionemos esto último con el denselance de Martin Eden, cuando el protagonista se hunde en las aguas. Esta es la muerte soñada por Jack London para el personaje: «Abajo, abajo, nadó hasta que sus brazos y piernas se cansaron y apenas se movían. Sabía que aquel era un punto profundo. La presión en sus tímpanos le provocó dolor (…) Su resistencia estaba fallando, pero obligó a sus brazos y piernas a empujarlo más profundo, hasta que su voluntad se quebró y el aire salió de sus pulmones (…) La muerte no dolía. Era la vida, los dolores de la vida, un sentimiento horrible y sofocante; era el último golpe que la vida podía darle».

Hasta cierto punto, ese final es consecuente con lo que nos cuenta el libro: la historia de formación y crecimiento del escritor coincide con la del derrumbe moral del hombre en general y de su amor en particular. Me explico: chico conoce a chica. Hasta ahí, simplemente es la historia más vieja del mundo; y también es la más auténtica. Solo que la chica no pertenece a la clase social del chico.

El marinero y la burguesa: es la historia favorita, a través de sus distintas variantes, en todas las calles de una gran ciudad. Sin embargo, todo se complica: ellos se quieren, naturalmente, y luchan por perpetuar su amor. Contra los padres y sus cábalas de porvenir, contra la sociedad y sus convenciones heredadas, contra la lóbrega perspectiva de ese crepúsculo postergado al que llamamos futuro y de esa muerte anticipada que se refleja en el pasado.

Martin Eden salva al hijo de un importante abogado de una reyerta al principio de la novela. Agradecido, el chico le lleva a su casa donde el protagonista conoce a Ruth Morse, una bella joven poseedora de una imponente cultura. Para impresionarla y para acercarse mejor a ella, Martin se iniciará, de manera autodidacta, en el mundo de las letras. Los manuales de gramática le llevarán a la pasión por el conocimiento, y ello le hará desembocar en Nietzsche y Herbert Spencer.

«No era de extrañar que el mundo perteneciera a los fuertes. Los esclavos estaban obsesionados con su propia esclavitud», escribe London. Su origen proletario se verá confrontado con una auténtica tentación aristócrata vertebrada por el deseo de amar a Ruth. Sus primeras lecturas le llevarán al descubrimiento de esa vocación literaria que potenciará después de unas exhaustivas jornadas de trabajo manual. Sin embargo, su temprano contacto con el periodismo le obligará a una relación continuada con la realidad; lo que le hará ver en todo momento la determinante relevancia del dinero: eje de la vida en un horizonte capitalista y rasero que nos divide entre fracasados y hombres de provecho. La disyuntiva está clara: puede ser un burgués al servicio del padre de Ruth o un obrero entregado a la escritura en sus escasas horas de descanso.

Finalmente, resultará lo esperable: la sociedad en su conjunto, las personas con quienes mantiene una relación más estrecha y la propia vocación literaria terminarán por decepcionar a un personaje que, ante todo, se niega a conformarse con la mediocridad de una vida burguesa.

El sueño que él tiene de convertirse en escritor choca con el nivel de vida que ella no está dispuesta a abandonar. Es la ideología, sin embargo, lo que los separa de manera evidente. La lógica experiencia dispar de un mundo enquistado en la desigualdad. Y el tiempo es quien hace el resto: por eso Martin Eden es, tal y como lo concibe su autor, un mártir de la escritura y un santo laico de la literatura. Capaz de renunciar al amor, a la amistad y a la misma vida por su compromiso con el oficio de escritor, por su radical entrega a las ideas en las que cree y por las que decide vivir hasta las últimas consecuencias.

La voz de Jack London, a través de su personaje, resuena como el viejo acordeón que describió Pío Baroja en Paradox Rey (1906): “¿No habéis visto, algún domingo, al caer la tarde, en cualquier puertecillo abandonado del Cantábrico, sobre la cubierta de un negro quechemarín, o en la borda de un patache, tres o cuatro hombres de boina que escuchan inmóviles las notas que un grumete arranca de un viejo acordeón? Yo no sé por qué, pero esas melodías sentimentales, repetidas hasta el infinito, al anochecer, en el mar, ante el horizonte sin límites, producen una tristeza solemne. (…) Esa voz humilde que aburre, que cansa, que fastidia al principio, revela poco a poco los secretos que oculta entre sus notas, se clarea, se transparenta, y en ella se traslucen las miserias del vivir de los rudos marineros, de los infelices pescadores; las penalidades de los que luchan en el mar y en la tierra, con la vela y con la máquina; las amarguras de todos los hombres uniformados con el traje azul sufrido y pobre del trabajo. (…) Vosotros sois de vuestra época: humildes, sinceros, dulcemente plebeyos, quizá ridículamente plebeyos; pero vosotros decís de la vida que lo que quizá la vida es en realidad: una melodía, vulgar, monótona, ramplona, ante el horizonte ilimitado”.

Jack London fue, en palabras de Anatole France, “un socialista revolucionario” digno de ser reivindicado en unos tiempos como los actuales donde estamos demasiado acostumbrados a los intelectuales apocados y a los novelistas amuermados. Sus cuentos están protagonizados por personajes marginales y tardo-románticos: curtidos marineros, boxeadores autodestructivos y buscadores de oro a modo de proto-existencialistas. Tipos duros, auténticos, en contacto con lo salvaje del mundo y de su propio ser.

A London le deslumbró en un primer momento Baudelaire, su gran lectura iniciática, aunque su talante quizás estuvo más cerca de Rimbaud, como atestiguan estas palabras trazadas por el norteamericano: “Prefiero ser un soberbio meteoro, cada uno de mis átomos brillando con espléndido fulgor, que un dormilón y permanente planeta”. Un fuego fatuo en el que ambos poetas ardieron temprana pero intensamente: dejando a la espalda de su “bello cadáver” un furioso y terrible rastro de brillantez literaria.

Jack London poseía un estilo medido, conciso y despojado de toda retórica que retomarían otros escritores de intensa biografía como Ernest Hemingway o Isaak Bábel. Sin embargo, una comparación interesante resulta del símil con un contemporáneo suyo: el austriaco Joseph Roth, muerto a los 44 años a causa del alcoholismo. Si en su novela más célebre, La marcha Radetzky (1932), Roth narraba el desmoronamiento de una familia en concreto así como de la sociedad toda; en Martin Eden, London narra lo mismo solo que a través de la devastación espiritual de un hombre, su protagonista, atravesado en la coyuntura de quien ama profundamente y sufre con viveza la vida. London soñó con sumergirse en el mar hasta perderse para siempre: o al menos eso le regaló a Martin Eden, que tuvo una muerte mucho más digna de lo que supone perecer envuelto en una terrible borrachera o en una sobredosis de morfina. El desengaño amoroso, el desengaño político, el desengaño literario. La afirmación en la escritura, la afirmación en la renuncia, la afirmación en la muerte. Ciertamente, no es un final feliz. Tampoco la vida lo tiene.

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Guillermo Mas Arellano

Guillermo Mas Arellano

Estudia Literatura General y Comparada en la Universidad Complutense de Madrid. Colabora en medios como "El Correo de España" y "Delirio: Fantasía y Ciencia Ficción". Asimismo, desarrolla su labor cultural a través del canal de YouTube "Pura Virtud: Cine y Literatura".