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Isabel de Portugal, la madre de la Católica

Se desconoce el lugar y el momento del nacimiento de nuestra protagonista, si bien podemos establecer como más probable, el año 1428. Mientras Isabel vivía tranquilamente en Portugal, Juan II de Castilla se enfrentaba al partido nobiliario de los infantes de Aragón, en torno al que pivotaba la gran nobleza terrateniente, en la Batalla de Olmedo (1445), que fue en realidad un pequeño enfrentamiento con pocas bajas en ambos bandos.

No obstante, quien cortaba el bacalao en la corte era el condestable Álvaro de Luna, con quien es más que probable que el pusilánime Juan II mantuviera un tórrido romance. Así lo creían al menos sus coetáneos, entre los que podemos mencionar a Pérez de Guzmán, procurador y cronista, bisabuelo de Garcilaso de la Vega, y al marqués de Santillana (También sobre su hijo Enrique IV se alargará la sombra de la sodomía, sobre todo a raíz de la relación que mantendría con Juan Pacheco). En torno a Luna y al rey estaba la pequeña nobleza, el bajo clero, los judíos y las ciudades.

Fuera o no el puto del rey (o viceversa), el caso es que el condestable, al igual que otros muchos en la corte, pensó que más pronto que tarde, las tropas del rey se enfrentarían con las de los infantes de Aragón en una gran batalla. Para estar debidamente preparados ante tal circunstancia, pidió el envío de tropas al rey de Portugal, Alfonso V, y a su condestable Pedro de Portugal (que era el que cortaba el bacalao en la corte lusa). Los portugueses, siempre muy amables, enviaron tan pronto como les fue posible tropas, de cuyo mantenimiento se había acordado que corriera a cargo el erario castellano. Pero hete aquí que para cuando llegaron los portugueses, los realistas castellanos ya habían vencido a sus oponentes. ¿Cómo satisfacer la deuda de 45.000 florines de oro que había generado la incursión lusa? Muy sencillo, casando al achacoso Juan II (que estaba viudo) con la jovencísima princesa Isabel, prima carnal de Alfonso V, parte de cuya dote incluiría la mencionada deuda.

De esta unión, en 1451 nacerían Isabel, posteriormente Isabel la Católica, y en 1453 Alfonso. Mientras tanto, Álvaro de Luna había perdido el favor del rey, y los nobles y el heredero Enrique mostraban también su hartazgo por esta privanza.

Hasta qué punto la reina fue la hostigadora de la caída definitiva del valido es una cuestión que no ha sido resuelta, pero sea como fuere, Álvaro de Luna, en un juicio que no fue sino una pantomima, fue acusado de usurpación del poder real y de apropiación de las rentas de la Corona, sentenciado a muerte y decapitado en la Plaza Mayor de Valladolid. Poco después moría Juan II.

Isabel se trasladó entonces a Arévalo con sus churumbeles, donde el confinamiento, más propio de una monja de clausura que de una reina, acentuó su desequilibrio mental. Hundida en una profunda depresión, alternaba periodos de introversión con otros de ansiedad y de lucidez, hasta que en 1461 su hijastro Enrique IV arranca a sus hijos de su lado, temeroso de que pudieran caer en manos de alguna facción nobiliaria. Este traumático hecho empeoró para siempre su frágil salud mental, permaneciendo desde entonces en completo silencio y cubierta su cabeza con un velo.

Su confinamiento en la fortaleza de Arévalo se prolongó hasta su muerte en 1496. Sus restos descansan en la Cartuja de Miraflores junto a los de Juan II, en un magnífico sepulcro de alabastro realizado por Gil de Siloé. Isabel la Católica no tardaría mucho en reconocer en su hija Juana los comportamientos desordenados que había presenciado de su madre.

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María Ortigosa

María Ortigosa

Historiadora y profesora de español como lengua extranjera.