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Homenaje a Jesse Owens

En 1936, Hitler convocó las Olimpiadas Mundiales a efectos de mostrar su eficacia y su amor a la paz, dos cosas que habría de desmentir en la guerra a precio de 55 millones de muertos. A tal efecto, mandó suprimir toda la propaganda antijudía y permitió que una judía exilada en Estados Unidos, Helene Mayer, participara en los juegos sin declarar su identidad y reservándola para el caso extremo de mostrarla como prueba de tolerancia racial.

El Führer superó este posible traspié pero no otro. Un corredor norteamericano de raza negra, Jesse Owens, ganó una medalla de plata. Era un chico de origen muy pobre, ejemplo del hombre hecho a sí mismo en una sociedad extremadamente competitiva y con graves prejuicios racistas. El tirano puso mala cara y se retiró de su palco para evitar tocarle la mano. Owens volvió a su país con buena parte de su prensa hundida en la indiferencia o en el rencor racista, ofendida de que un negro hubiera representado a una nación de caras pálidas.

Owens no fue la única víctima de las Olimpiadas, aunque le cabe la gloria de haber enfurecido a Hitler sin que pudiera lanzar en público unos cuantos de sus legendarios alaridos. Wolfgang Pfürstner, oficial alemán de la aristocracia castrense imperial, héroe de guerra y brillante organizador de una compleja e impecable logística de los juegos, resultó tener un abuelo judío. Terminado un banquete celebratorio, subió a su habitación y se pegó un tiro, acaso anticipando el costoso disparo hitleriano de 1945. De algún modo, el nazi castigó al judío, los dos en uno.

En estas viñetas de otros tiempos –afortunadamente, de otra Europa y otro mundo– pensaba en enero de 2017, viendo al negro Obama salir de la Casa Blanca para dar paso al rubio, bien que oxigenado, Trump. La logística de sus Olimpiadas le salió bien pero, a falta de un abuelo judío, ¿no tendría algún inoportuno compadre ruso? Es el riesgo de ser lo que Nietzsche llamaba die blonde Tier, el superhombre para el cual todo es olvido y aurora, como para todos los fundadores de nuevos mundos.

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Blas Matamoro

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista. Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de "La Opinión" y "La Razón" (Buenos Aires), "Cuadernos Noventa" (Barcelona) y "Vuelta" (México, bajo la dirección de Octavio Paz). Dirigió la revista "Cuadernos Hispanoamericanos" entre 1996 y 2007, y entre otros muchos libros, es autor de "La ciudad del tango; tango histórico y sociedad" (1969), "Genio y figura de Victoria Ocampo" (1986), "Por el camino de Proust" (1988), "Puesto fronterizo" (2003), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)
En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por "Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina".