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Heydrich, la Bestia Rubia

El 7 de marzo de 1904 nacía uno de los tipos más abyectos y viles que protagonizaron la historia del siglo XX: Reinhard Heydrich.

Perteneciente a una acomodada familia católica de Halle, excelente violinista, fue expulsado de la Marina por un asunto de faldas (en realidad, no fue porque estuviera comprometido con una mujer mientras se acostaba con otra, sino porque durante el juicio, se comportó como el zafio que era). Tantos nibelungos y tantas walkirias no traen nada bueno y Reinhard, que era un don nadie, inicia una meteórica carrera en los cuerpos policiales del III Reich, convirtiéndose en el lugarteniente de Himmler, que estaba preparando un servicio de inteligencia y quedó epatado con las ideas al respecto de Heydrich, cuyo conocimiento de la materia se basaba en los libros de novela negra que había leído.

La “Cabra” (el mote era debido a su voz aflautada) se convierte en el jefe del Sicherheitsdienst, el temido SD. Maestro de ceremonias de la Conferencia de Wannsee donde se deciden las últimas directrices de la “Endlösung”, la “Solución Final” que decidiría el exterminio de seis millones de judíos en Europa, es nombrado gobernador del Protectorado alemán sobre Bohemia y Moravia donde pronto será conocido como «la Bestia Rubia» o “El Carnicero de Praga”.

Los británicos, probablemente basándose en una idea pergeñada por Churchill y buscando alentar la resistencia en Chequia, deciden atentar contra él (se temía también que pudiera convertirse en el sucesor de Hitler) en la llamada “Operación Antropoide”. El 27 de mayo, Jan Kubis y Josef Gabcik, que habían sido lanzados en paracaídas unas semanas antes, atentan contra Heydrich. La idea era ametrallarle, pero el arma se encasquilla y deciden arrojarle una granada.

Heydrich sufre heridas leves y es trasladado a un hospital. Nada hace temer por su vida, pero el relleno de pelo de caballo de los asientos de su Mercedes había quedado adherido a las esquirlas de metralla, y el 4 de junio muere por una septicemia.

Un final estupendo para un ser repugnante si no fuera porque en venganza por el atentado, Hitler decidió arrasar Lídice, un pueblo situado a 15 Km de Praga (eligió este lugar porque durante los registros de la Gestapo tras el atentado, algunos de los miembros de la resistencia detenidos, tenían familiares allí). Hitler ordenó que fueran fusilados todos los hombres del pueblo y que Lídice fuera “borrado del mapa”. El 9 de junio, 200 miembros de las SS y 100 policías checos llegaron a Lídice. 171 hombres fueron asesinados. Las mujeres fueron enviadas a Ravensbrück. Los niños arios fueron entregados a las autoridades alemanas para su asimilación; el resto, 83 niños, fueron enviados a Chelmno. Ninguno de ellos sobrevivió.

Fue incendiada cada casa, la escuela, la iglesia. Toneladas de tierra se volcaron sobre los escombros hasta que el pueblo desapareció. En su memoria, ciudades y pueblos de muchos países (Panamá, Venezuela, Chile, México, Estados Unidos, Brasil…) cambiaron sus nombres por el de Lídice. Cientos de mujeres llevan este nombre por el mismo motivo. Qué descansen en paz y qué la eternidad confunda a Reinhard Heydrich, la Bestia Rubia.

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María Ortigosa

María Ortigosa

Historiadora y profesora de español como lengua extranjera.