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Guerra y antibelicismo en las obras de Ambrose Bierce y Stephen Crane

Cuando el gran Ambrose Bierce (1845-1914) publicó Cuentos de soldados y civiles (1891) aún faltaban cuatro años para que Stephen Crane (1871-1900) publicará su obra más famosa: La roja insignia del valor (1895).

Crane murió joven, de tuberculosis, y lo hizo en Europa, en un balneario que también acogía a Chejov, otro gran retratista del alma humana. Bierce «desapareció» en 1914, siendo ya un «gringo viejo» y optó por un estrafalario «suicidio inducido» en el México insurgente de Pancho Villa. Carlos Fuentes fantaseó sobre sus últimos días.

Ambos libros son relatos magistrales sobre la Guerra de Secesión Norteamericana (1861-1865), aunque en realidad, más bien cabría decir que son dos ensayos grandiosos sobre el horror de la guerra y su absurdo intrínseco. La roja insignia del valor, de Crane, ha pasado a la historia por ser una de las más grandes novelas antibélicas de todos los tiempos, llegando a inspirar al propio Eric María Remarque cuando abordó la primera gran carnicería del siglo XX.

Sin embargo, creo que es de justicia aclarar que antes que la novela de Crane, se había escrito por la mano de maestra de Bierce otra maravilla antibelicista: Cuentos de soldados y civiles. Y ojo que Bierce no era un pacifista en absoluto. Su propia biografía contradice tal postura. No lo era, pero odiaba la guerra. Ambas cosas son posibles, del mismo modo que uno puede odiar que le amputen una pierna gangrenada, siendo consciente de que llegado a cierto punto no hay otra alternativa menos cruenta.

Bierce – a diferencia de Crane– había combatido con el Norte y cayó herido en la batalla de Kenesaw Mountain, el 27 de junio de 1864. Sabía de lo que hablaba cuando describía el campo de batalla, la furia del guerrero y lo caprichosos que resultan siempre la muerte, el heroísmo o la cobardía.

En ese punto ambas creaciones literarias son espléndidas. El análisis introspectivo que realiza Crane del temor del soldado cuando, sin rumbo fijo, avanza hacia las líneas enemigas es de lo mejor que he leído nunca sobre la incertidumbre que debe envolver a cualquier militar antes de entrar en combate.

Lo instintivo ‒lo natural‒ es huir cuando vas avanzando sobre montones de cadáveres de compañeros de tu propia división. Y sin embargo, aquellos hombres en general no huían, y avanzaban hasta el mismo el mismo filo de las bayonetas enemigas. Crane explica cómo tal locura es posible al principio del capítulo 19: «Pero aquella carga furibunda produjo un suceso delirante. Los hombres en su insensata acometida prorrumpieron en esos vítores tumultuosos y vandálicos que, sin embargo, tienen la extraña capacidad de enardecer al mismo tiempo a necios y estoicos (…) Se trataba de esa clase de delirio que desafía a la desesperación y a la muerte y que es inconsciente y ciego ante el destino. Era la breve pero sublime ausencia de egoísmos. Y tal vez por ello el joven se preguntó al final qué motivos le habían llevado a participar en aquello’.

La cruda descripción de las heridas que son «la roja insignia del valor» te quita las ganas de batallar.

Imagen superior: William Trego, «Union Soldiers in Combat» (1895).

Sin embargo, a mí me resulta más convincente el alegato antibelicista de Bierce. Su humor negro ridiculiza la muerte heroica y muestra, en todo su espanto, el infierno de aquellos heridos dispersos por el «campo del honor» que, en palabras de Bierce, «no era más que un triste barrizal».

Hay un pasaje en uno de sus relatos que te pone los pelos de punta: aquel en el que un niño juega con los hombres destripados tras la batalla de Chikamaugua (20 de septiembre de 1863), ajeno a su lentísima agonía. El niño ya no ve en esos despojos sanguinolentos un ser humano, sino una forma extraña que repta lentamente y que, con sus brazos torpemente alzados, parece invitarle a jugar.

El pasaje, una vez leído, es imborrable: «Para el niño se trataba de un espectáculo tan divertido como el del circo o como el de otros espectáculos. Había visto a los esclavos negros de su padre arrastrarse a cuatro patas para divertirle, así que se acercó por detrás a uno de aquellos hombres reptantes y lo montó a horcajadas como si fuera un potrillo. El hombre hundió su pecho y arrojó lejos de si al niño y volvió hacia el su cara: vio el niño que tenía arrancada de cuajo la mandíbula inferior; desde los dientes superiores hasta la garganta había un gran agujero rojo de colgantes jirones de carne y astillas de hueso, la inhumana prominencia de la nariz, la ausencia del mentón, los ojos ardientes, le daban la apariencia de una gran ave de rapiña que tuviera el pecho manchado con la sangre de sus víctimas».

La escena es terrible, pero quien ha visto de cerca el producto inmediato de la guerra – sangre, sudor y lágrimas– sabe bien que ni siquiera este cuadro de Bierce hace justicia a su horror.

El escritor entiende que la guerra suele idealizarse, y por eso en su cuento «Las avanzadillas», tras describir una retirada grotesca de los nordistas, escribe lo siguiente: «Eran, en fin, escenas normales de la guerra, no había en ellas nada de la pompa, de esa insinuación de gloria que suponen los que jamás han participado en un combate».

La crítica de Bierce y de Crane a la oficialidad es brutal e inmisericorde. Los generales y coroneles son figuras distantes, ajenas al espanto de la guerra, teóricos bien vestidos que no tienen ni idea de cómo dirigir los acontecimientos que les desbordan y que evolucionan con vida propia, sin mando alguno, a golpe de suerte o destino. Un destino que en la guerra, muy a menudo, te convierte en cadáver. Escribe Bierce en «Una clase de oficial»: «Los cadáveres nada tenían de heroicos, al contrario, eran repulsivos. Nadie quería seguir su patriótico ejemplo».

Tanto Cuentos de soldados y civiles como La roja insignia del valor son dos grandiosas obras sobre el horror y la inevitabilidad de la guerra. Debieran ser mucho más conocidas, pues aunque por desgracia la guerra sea algo ineludible, es también de justicia que quienes se arriesgan a morir sepan que su muerte quizá será heroica y hasta necesaria, pero jamás podrá ser hermosa. Todo padre sabe esto cuando reconoce instintivamente en cualquier soldado caído el rostro de sus propios hijos.

Imagen de cabecera: Louis Lang, «Return of the 69th (Irish) Regiment, N.Y.S.M. from the Seat of War» (1862-63).

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Fernando Navarro García

Fernando Navarro García

Director general de HAC Business School and University, vicepresidente Ética y Responsabilidad Social de Inspiring Committed Leaders Foundation, secretario general de Innovaética y vicepresidente del Instituto de Estudios Panibéricos. Fernando Navarro es licenciado en Derecho y coordinó un proyecto humanitario en Angola. Como profesor, ha desarrollado su trayectoria docente en varias universidades y escuelas de negocios (UNED, Universidad Rey Juan Carlos, Carlos III, ESIC, Instituto Universitario Ortega y Gasset y la Escuela de Profesionales de Inmigración y Cooperación de la Comunidad de Madrid). Asimismo, es coautor de "El fenómeno socialista" (ed. crítica y anotada de la obra de Igor Shararevich, Última Línea, 2015), "El delirio nihilista: Un ensayo sobre los totalitarismos, populismos y nacionalismos" (Última Línea, 2018), "Nueve necesarios debates sobre la responsabilidad social" (Comares, 2019), "Inspirando líderes comprometidos: La innovación en valores, una visión para cambiar el mundo" (Última Línea, 2019) y "¡Eureka! Valores. Principios básicos de ética para las organizaciones" (Última Línea, 2020). Entre sus restantes libros, destacan "Estratégicas de marketing ferial" (ESIC, 2001), "Diccionario biográfico de nazismo y III Reich" (Sepha, 2010), "Hitler: Los años desconocidos" (ed. crítica de las memorias de Ernst Hanfstaengl, Última Línea, 2012) y "Responsabilidad social corporativa: Teoría y práctica" (ESIC, 2012).