Cualia.es

Fray Luis de León, vida de un humanista

Fray Luis de León nació en Belmonte (Cuenca) en 1528. Marcha a estudiar a Salamanca y con catorce años ingresa en la Orden agustina (es importante recordar que Lutero también era agustino). Estudia también en Alcalá de Henares donde aprende hebreo y caldeo con el maestro Cipriano de Huerga. Regresa a Salamanca donde, después de haber estudiado derecho canónico, teología, latín y griego obtiene el título de maestro en Teología (1560) y enseña, primero en la “cátedra menor” de tomismo y después en la de Durando.

En Salamanca forja buenas amistades entre las que destaca la que mantuvo con el músico Francisco de Salinas, cuya obra inspiró algunos de sus poemas más bellos:

“Traspasa el aire todo
hasta llegar a la más alta esfera
y oye allí otro modo
de no perecedera
música, que es la fuente y la primera”.

Pero también envidias, enemistades y el rigor del Santo Oficio. Fueron varias las razones que provocaron que la Inquisición de fijara en Fray Luis: sus disputas con los dominicos, sus críticas a la Vulgata de San Jerónimo (cuya autoridad había proclamado el Concilio de Trento en 1545), la denuncia de un testigo que afirmó ver en su celda un libro sospechoso de contener comentarios heréticos, las denuncias de algunos alumnos por sus explicaciones “novedosas”, sus orígenes conversos, su traducción de El cantar de los cantares, traducción que le había encargado Isabel de Osorio, monja del convento del Sancti Spiritu de Salamanca (¿la que fuera en otro tiempo amante de Felipe II?), sus traducciones al romance…

La Inquisición envía a su comisario Diego González para investigar lo que ocurre en Salamanca. Cuando Fray Luis comprende la que le viene encima echa mano de amigos y autoridades eclesiásticas que pudieran ayudarle, pero no encuentra apoyos. Su gran amigo Pedro Portocarrero aún no es inquisidor general y además se encuentra en Galicia (lo que para la época, es como decir que estaba en las Kuriles) y los demás desaparecen como por arte de magia ante el temor de caer también en las redes inquisitoriales. Intuye que han sido sus críticas a la Vulgata lo que le ha llevado a esta situación, e intenta demostrar su ortodoxia al obtuso Diego González, pero sin éxito. Este ordena que sean encarcelados en Valladolid Gaspar de Grajal, Martín Martínez de Cantalapiedra (ambos morirán en prisión) y Fray Luis de León.

Fray Luis permaneció preso desde marzo de 1572 a diciembre de 1576, cuando es finalmente absuelto. En prisión escribe sus mejores obras. En De los nombres de Cristo podemos entrever el propio padecimiento de Fray Luis en Valladolid. Porque no olvidemos lo que era una cárcel inquisitorial en el siglo XVI; allí no se recibían wasaps del tipo «Luis, se fuerte», ni los presos tenían derecho a vis a vis, ni había gimnasio, ni fulanos enfundados en bufandas amarillas gritando libertad. Además de unas condiciones higiénicas deplorables, los presos pasaban las horas escuchando lamentos y lo que es peor aún, escuchando el silencio, un silencio que la imaginación llena con lo que crees que te aguarda sin que sepas nunca cuando va a llegar. “…la fatiga increíble del pelear contra su apetito propio y contra su misma imaginación y el resistir a las formas horribles de tormentos y males y afrentas, que se venían espantosamente a los ojos para ahogarle, y el hacerles cara, y el peleando uno contra tantos…” “¿Qué tormento tan desigual que este con que se quiso atormentar de antemano?”

De nuevo en Salamanca, retoma sus clases (Decíamos ayer). Murió en Madrigal de las Altas Torres (Ávila) en 1591 (el mismo año que San Juan de la Cruz). Gran parte de sus obras manuscritas desaparecieron en el incendio que arrasó en Convento de San Agustín en Salamanca a mediados del siglo XVIII.

Fray Luis es uno de los intelectuales más brillantes del Renacimiento español y una de las figuras literarias a quien más le debemos en cuanto a la difusión y enriquecimiento de nuestra lengua. Como traductor busca interpretar la corteza de la letra para lo que separa la filología de la exégesis, pero también diferencia entre la labor del traductor y la del comentarista ya que traduce palabra por palabra sin añadir nada y cuando lo hace, lo comenta al margen.

En El cantar de los cantares compara las distintas versiones de los salmos; la Siríaca, la Árabe, la Caldea, la Glosa interlineal, las de San Jerónimo y la Griega de los setenta intérpretes, su predilecta porque es la que más se ajusta al texto hebreo. Y es que, si bien coteja las traducciones griegas y latinas, Fray Luis siempre acude al original hebreo.

Fray Luis también pertenece a la corriente renacentista que defiende las lenguas vernáculas; “Una cosa es la forma de decir y otra cosa en la que se dice”. Emplea la lengua romance con el mismo rigor y preciosismo que utiliza en sus traducciones. Todas las lenguas pueden expresar las mismas ideas por lo que todas las lenguas son iguales, algo no solo novedoso para la época sino muy valiente. Baste recordar al cardenal Pacheco en el Concilio de Trento, cuando afirmaba que las Biblias en lengua vernácula eran la tercera causa de las herejías y hacían más daño que los libros de filosofía oriental. Una época encantadora.

Copyright del artículo © María Ortigosa. Reservados todos los derechos. 

María Ortigosa

María Ortigosa

Historiadora y profesora de español como lengua extranjera.