Cualia.es

Europa en apuros

El reciente pacto de reconstrucción que se ha suscrito entre los Estados de la Unión Europea ha vuelto de nuevo a repasar el tema, estentóreo y nebuloso, de la unidad continental. Lo de continental ya es una exageración puesto que Europa, geográficamente, es apenas una península asiática. Dentro de sus límites ‒¿el río Oder, los Montes Urales?– relucen algunos Estados-Nación que cuentan siglos pero que, en ocasiones muy recientes, se han mostrado como embaldosados flojos. Levantando sus piezas, aparecen los señoríos y comarcas bajomedievales.

Vista de lejos y haciendo una antología de sus logros civilizatorios, Europa es una gloriosa unidad. Matizo: unidad, no unanimidad. Cuando se trató de unificar efectivamente, la historia presenció ejercicios imperialistas. Europa era una bajo la férula romana y quisieron unirla otros emperadores como Napoleón y Hitler. Lo demás ha sido un constante equilibrio inestable de negociaciones entre potencias. Roto en dos ocasiones por sendas guerras mundiales que empezaron siendo europeas, el sistema mostró de modo patético la capacidad del ilustre continente para dañarse y autodestruirse. Los cirujanos y enfermeros hubieron de venir de fuera: de los Estados Unidos y la Unión Soviética.

Puesta en apuros, Europa se vio obligada a la unidad declarada y jurídica: la Liga de las Naciones, las Naciones Unidas. La paz concorde fue el resultado de la guerra, el acuerdo fue obligado por el enfrentamiento. Ahora, el coronavirus ha puesto en apuros nuevamente al glorioso continente. Un armatoste burocrático, que solía reunirse cada tanto para acordar la reunión siguiente, fue confinado en un despacho con ventilación asistida y decidió hacerse cargo del desastre, mancomunar la deuda emergente y planificar la recogida de escombros y la carpintería de la reedificación. La pandemia no reconoce fronteras, razas, buenas y malas costumbres locales, gallardetes ni banderías. El mercado interior es uno solo y si los compradores quiebran, los vendedores no venden y la maquinaria productiva se paraliza. El virus infecta y mata sin preguntar qué lengua habla el contagiado.

¿Hizo falta este cúmulo de apuros para que el elefante aprendiera a bailar? Despiezada en mínimas identidades, Europa sería fácil presa de la disputa mundial entre potencias hegemónicas. Acabaría siendo administrada por una comisión chino-norteamericana que quizá quisiera reorganizar el continente –la península continental, por mejor decir– como parque temático, bar de copas y colonia de jubilados. Ya aprendimos el inglés, nos queda por ver el chino mandarín.

Copyright del artículo © Blas  Matamoro. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista. Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de "La Opinión" y "La Razón" (Buenos Aires), "Cuadernos Noventa" (Barcelona) y "Vuelta" (México, bajo la dirección de Octavio Paz). Dirigió la revista "Cuadernos Hispanoamericanos" entre 1996 y 2007, y entre otros muchos libros, es autor de "La ciudad del tango; tango histórico y sociedad" (1969), "Genio y figura de Victoria Ocampo" (1986), "Por el camino de Proust" (1988), "Puesto fronterizo" (2003), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)
En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por "Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina". (Fotografía publicada por cortesía de "Scherzo")