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Entre D’Annunzio y Perón

Hegel sugirió que el progreso sigue la ruta solar, es decir que va de Oriente a Occidente. Halló los primeros vestigios de nociones tan decisivas en nuestra tradición intelectual como ser y espíritu, en la China clásica. También dio a entender, aunque lejos de explicitarlo, que la deriva progresiva daría la vuelta al mundo, dada la condición esférica de nuestro planeta. Es así cómo vio que, una vez llegada a Europa, dicha itinerancia cruzaba el Atlántico y arraigaba más o menos donde luego se constituyeron los actuales Estados Unidos. Es hora de preguntarnos si, tras sobrevolar el Pacífico –en tiempos hegelianos no había aviones como hoy los tenemos– el progreso progresaría, si vale el eco, hasta alcanzar la China, es decir su propia cuna. El fin es el comienzo y el comienzo es el fin, sea que pensemos en la finalidad o en el término.

La anterior divagación, como el razonamiento esférico que le endilgo al maestro, conduce a otra, más pequeña y más cercana a nuestras fechas. No se trata de anticipar una hegemonía china comparable a la norteamericana, comparable a su vez a la europea. Apenas se refiere al auge actual de los populismos. Se los divide entre izquierda y derecha. A la española: Podemos y Vox. Sobre una pelota o un huevo, el pensamiento que se extrema se confunde con su extremo opuesto. Si ponemos a podemitas y voxitas en las antípodas y los hacemos avanzar sobre la curva superficie, veremos que cada quien llega a fin donde el opuesto tuvo principio.

Para ejemplificar me reduzco a unos contados apuntes. Ambos denuncian a la minoría mandante –unos la llaman élite; otros, casta– en nombre del pueblo. Lo de casta nos viene de Gabriele D’Annunzio, un escritor y a veces político que se ha señalado como ancestro del fascismo. Propuso la palabra casta antes de la guerra de 1914 en referencia a una cascajosa y corrupta dirigencia partidaria italiana. No sé si Iglesias y Monedero, al invocar a la enemiga casta, se reconocieron como jóvenes dannuncianos. Objetivamente, lo fueron. Ya no lo son. Ni jóvenes ni invocadores de la casta, a la que denominan ahora la trama.

Volverse contra la élite desde Vox tiene su miga. La exaltación de la élite, la minoría esclarecida y enérgica, nos viene de un liberal español, Ortega y Gasset. Para él significa la culminación de la democracia, la selección por el voto de los más aptos y los más decentes. Es lógico que los iliberales de Vox sean antielitistas.

Esta coincidencia entre izquierdas y derechas llevadas a los extremos conduce a la inestabilidad ideológica y la supresión de las ideologías constantes en la práctica política. El pueblo no tiene ideología. En su magma sentimental se disuelven las diferencias entre individuos y clases, de modo que las ideologías, siempre parciales y socialmente connotadas, están de más. Esto me suena a Perón, que siempre propuso decidir a favor de la circunstancia, actuar oportunamente, unas veces a la derecha, otras a la izquierda o al centro, sin comprometerse con ninguna. “Definirse es de giles, compañeros” solía decir el general (giles: tontos, pardillos). Si cito a Perón es porque fue devoción franquista y ahora también lo es de los podemitas, influidos por un filósofo del populismo, el argentino Ernesto Laclau. No hay caso: el pensamiento esférico todo lo puede y el pueblo que sustituye a la sociedad, la unidad que da cuenta de la variedad, acaba con la inútil lógica de la lucha de clases y con las diferencias individuales entre ciudadanos y ciudadanas. ¿Estarán D’Annunzio, Perón y Laclau en el cielo de los memorables esperando a Pablo Iglesias y a Santiago Abascal?

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Blas Matamoro

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista. Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de "La Opinión" y "La Razón" (Buenos Aires), "Cuadernos Noventa" (Barcelona) y "Vuelta" (México, bajo la dirección de Octavio Paz). Dirigió la revista "Cuadernos Hispanoamericanos" entre 1996 y 2007, y entre otros muchos libros, es autor de "La ciudad del tango; tango histórico y sociedad" (1969), "Genio y figura de Victoria Ocampo" (1986), "Por el camino de Proust" (1988), "Puesto fronterizo" (2003), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)
En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por "Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina". (Fotografía publicada por cortesía de "Scherzo")