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Elogio del miedo

La dichosa pandemia que nos amenaza y nos daña ha provocado, entre otras innúmeras cosas, la redoblada aparición del miedo. En general se nos recomienda no tener miedo y actuar con la debida prudencia higiénica, que si bien no es una normalidad, al menos se le parece porque se trata de una rutina.

El miedo no tiene buena prensa. Cuando a alguien se lo quiere elogiar, no se lo hace por miedoso, sino por audaz o valiente. En tiempos de hegemonía machista de las virtudes, se exaltaba el ánimo viril, aun cuando se refería a una virtuosa mujer. Caballero sin miedo y sin tacha es una fórmula que recorre casi todas las lenguas europeas. Se aplica, desde luego, hasta a quienes no sabemos montar ni un modesto poni. Somos caballeros hasta en el cartel que identifica la puerta de un mingitorio. Caballeros: jinetes.

Toda esta ristra moral no presta atención al carácter hondamente natural del miedo. Desde que hay vida, el miedo es una de sus inherencias. Nuestros antepasados más remotos, las bacterias, saben tener miedo cuando se les aproxima un agente agresivo. El miedo es la señal del peligro que permite defender la vida. Hay miedo en los animales y hasta en las plantas. Junto con el asco y la repugnancia es una herramienta protectora, primaria pero no por ello menos eficaz.

Se lo muestra como antónimo de la valentía. Y, en efecto, tienen algo en común y es la conciencia de la amenaza. El miedoso y el valiente se saben amenazados. El uno se defiende inhibiéndose por reconocerse impotente y el otro, desafiando, confiado en su poder. Quien ignora el riesgo es el temerario y, en la mayoría de los casos, se trata de un negacionista fiel al principio de que lo que ignoro no existe.

Hemos de tener miedo a la pandemia, no darla por vencida sin una política sanitaria y social eficaz. La pandemia es objetivamente temible, es decir que temerla no es ilegítimo. Hay que intentar que nuestro miedo no nos paralice y no nos inhiba de actuar con toda la inteligencia y el saber acerca de algo de lo que todavía sabemos relativamente poco. Y, sobre todo, no temer al semejante. No es quien nos va a contagiar, sino quien nos va a ayudar a no contagiarnos. Por eso, le debemos todo lo que le exigimos. Este doble juego de ser deudores y acreedores de los semejantes es lo que llamamos sociedad.

Imagen superior: Pixabay.

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Blas Matamoro

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista. Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de "La Opinión" y "La Razón" (Buenos Aires), "Cuadernos Noventa" (Barcelona) y "Vuelta" (México, bajo la dirección de Octavio Paz). Dirigió la revista "Cuadernos Hispanoamericanos" entre 1996 y 2007, y entre otros muchos libros, es autor de "La ciudad del tango; tango histórico y sociedad" (1969), "Genio y figura de Victoria Ocampo" (1986), "Por el camino de Proust" (1988), "Puesto fronterizo" (2003), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)
En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por "Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina". (Fotografía publicada por cortesía de "Scherzo")