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El tablado de Arlequín

Vivimos una sociedad del espectáculo. Obviedad. Nuestra historia reciente nos señala a eminentes personajes provenientes de la escena: el presidente Reagan y el Papa Wojtila, ejemplos a recoger en Ucrania y América Central y etcétera. También obviedad. Dirigentes de la llamada nueva política española – tan rápido, ay, envejecida – surgieron de la pantalla televisiva: Albert Rivera y Pablo Iglesias. Ahora toca el turno a Toni Cantó.

Una caracterización podría ser: Toni es un creyente errabundo que ha ensayado pertenecer a diversos partidos a los cuales abandonó por desilusión. Veamos: Por Torrelodones, UPYD y Ciudadanos para acceder, al menos por ahora, al Partido Popular. Esta deriva es equívoca porque Toni no se ha mantenido identificado con una ideología personal constante, sino que se ha mimetizado con la variante que correspondía a cada momento y a cada pegatina electoral. A ello se suma que por donde ha pasado asistió a la desaparición del respectivo partido. Ciudadanos pervive pero en estado próximo al coma inducido. Habría que pensar si esta constancia en la disolución alarma suficientemente a la señora Ayuso cuando planea inscribirlo en su lista de candidatos.

Hay otra lectura de la misma historia. El señor Cantó es actor y lo propio es que asuma distintos papeles en distintos espectáculos. Este retrato es fácil y banalmente confundido con el de un farsante y un oportunista, acaso movido por la venalidad. No comparto esta versión. Aún más: la repudio. No hay nadie más auténtico que Toni Cantó, un actor severamente profesional. Lo verdadero, lo entrañable, lo visceral de un actor es ser Don Nadie y transfigurarse, hoy Don Juan, mañana Jesucristo y pasado Pedro Urdemalas como ayer Pablos el Buscón. Pensar otra cosa es denigrar a un profesional puesto a prueba y aprobado en repetidas ocasiones.

Vuelvo al comienzo, al escenario donde aparecen los histriones convertidos en conductores de la pública opinión, provista de creencias. Vuelvo al tablado de Arlequín. Aparece siempre enmascarado, con una careta bonita, inmarcesible, emblema de la perdurable belleza que es atributo del arte. Nunca se quitará la linda máscara. ¿Jamás veremos su rostro? Jamás. Arlequín no tiene cara. Es un descarado.

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Blas Matamoro

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista. Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de "La Opinión" y "La Razón" (Buenos Aires), "Cuadernos Noventa" (Barcelona) y "Vuelta" (México, bajo la dirección de Octavio Paz). Dirigió la revista "Cuadernos Hispanoamericanos" entre 1996 y 2007, y entre otros muchos libros, es autor de "La ciudad del tango; tango histórico y sociedad" (1969), "Genio y figura de Victoria Ocampo" (1986), "Por el camino de Proust" (1988), "Puesto fronterizo" (2003), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)
En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por "Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina". (Fotografía publicada por cortesía de "Scherzo")