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El Putsch de Múnich

El 9 de noviembre de 1923 tuvo lugar el golpe de estado fallido de Hitler en Múnich, también conocido como el «Putsch de la Cervecería» o la «Marcha’ sobre la Feldherrnhalle (el monumento conmemorativo a los héroes alemanes).

El golpe pretendía seguir la fórmula empleada por Mussolini el 28 de octubre de 1922 con su «Marcha sobre Roma», gracias a la cual los fascistas tomaron el poder en Italia.

La preparación de este golpe contra la República de Weimar se planeó entre el 6 y el 7 de noviembre. Hitler se reunió con Friedrich Weber, el prestigioso general Erich Ludendorff , Hermann Göring, Max Erwin von Scheubner-Richter (quien fallecería durante el golpe) y el teniente coronel retirado Hermann Kriebel.

El día 8, en la cervecería muniquesa Bürgerbräukeller, durante un discurso del  ultraconservador Gustav von Kahr, gobernador de Baviera, Hitler y los suyos proclamaron a tiros el estallido de «la revolución nacional». El líder nazi anunció sus planes: él sería presidente del Gobierno, Ludendorff estaría al mando de las fuerzas armadas, el general Otto von Lossow sería ministro del Ejército, el coronel Hans Ritter von Seisser sería el director de la Policía y el comisario general Von Kahr ejercería como regente de Baviera.

Sin duda, Von Kahr, Von Lossow y Von Seisser querían acabar con el gobierno de Berlín, pero tenían sus propios planes, y por eso no apoyaron el Putsch. En ese encuentro, bajo amenazas, Hitler les exigió su adhesión. Las cosas se torcieron y los tres acabaron siendo rehenes de los conspiradores. Cuando por fin pudieron refugiarse en un cuartel, radiaron un mensaje condenando el golpe.

Von Seisser lo pagó caro: cuando Hitler llegó al poder, fue encarcelado en el campo de concentración de Dachau (Más tarde, fue liberado por las fuerzas norteamericanas en 1945, y acabó siendo prefecto de policía de Múnich). El que peor suerte tuvo fue Von Kahr, secuestrado, torturado y asesinado por las SS durante la «noche de los cuchillos largos», el 30 de junio de 1934.

Apoyando a Hitler en la operación, encontramos a Alfred Rosenberg, a Rudolf Hess y al comandante de las SA Ernst Röhm (que también sería detenido por orden del propio Hitler y asesinado durante la «noche de los cuchillos largos»).

Durante la mañana del 9 de noviembre, ya era evidente que el Putsch iba a fracasar, entre otros motivos porque las fuerzas armadas y la policía no se sumaron a la insurrección.

A Hitler, dirigente del NSDAP desde 1921, las cosas no le salieron bien. Su «marcha» ‒que encabezaban Ludendorff  y el propio Hitler‒ fue frenada en seco por un pequeño destacamento de policía leal a la República de Weimar. Murieron catorce nacionalsocialistas (entre ellos, Oskar Körner, vicepresidente del NSDAP), que desde ese momento pasaron a engrosar el santoral y el martirologio nazi.

Hitler, Göring y otros jerarcas del partido huyeron cobardemente, algunos de ellos al extranjero. Hitler se escondió en la residencia de Ernst «Putzi» Hanfstaengl y, según recuerda este íntimo suyo en sus memorias (que publiqué en edición anotada hace unos años), allí intento suicidarse. Lástima que no lo hiciera. Nos habríamos ahorrado sesenta millones de muertos.

Imagen superior: los acusados por el Putsch de Múnich, fotografiados el 1 de abril de 1924 por Heinrich Hoffmann. De izquierda a derecha: Heinz Pernet (1896-1973), Friedrich Weber (1892-1955), Wilhelm Frick (1877-1946), Hermann Kriebel (1876-1941), Erich Ludendorff (1865-1937), Adolf Hitler (1889-1945), Wilhelm Brückner (1884-1954), Ernst Röhm (1887-1934) y Robert Wagner (1895-1946).

Hitler fue apresado, juzgado y encerrado junto con otros como Eckart, Frick, Röhm o Gregor Strasser. La condena de Hitler fue ridícula y tiempo que realmente pasó confortablemente en la prisión de Landsberg fue una insignificancia (menos de un año) y le sirvió para engordar a base de pastelillos que le hacían llegar sus admiradores, para reforzar su victimismo nacionalista y para escribir Mi lucha.

Es significativa esta coincidencia de fechas: un 9 de noviembre se gestó el huevo de la serpiente nazi. Otro 9 de noviembre, esta vez de 1989, cayó el Muro de Berlín, y con ello empezó la agonía de la serpiente comunista. Pero eso, como diría Kipling, es ya otra historia.

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Fernando Navarro García

Fernando Navarro García

Director general de HAC Business School and University, vicepresidente Ética y Responsabilidad Social de Inspiring Committed Leaders Foundation, secretario general de Innovaética y vicepresidente del Instituto de Estudios Panibéricos. Fernando Navarro es licenciado en Derecho y coordinó un proyecto humanitario en Angola. Como profesor, ha desarrollado su trayectoria docente en varias universidades y escuelas de negocios (UNED, Universidad Rey Juan Carlos, Carlos III, ESIC, Instituto Universitario Ortega y Gasset y la Escuela de Profesionales de Inmigración y Cooperación de la Comunidad de Madrid). Asimismo, es coautor de "El fenómeno socialista" (ed. crítica y anotada de la obra de Igor Shararevich, Última Línea, 2015), "El delirio nihilista: Un ensayo sobre los totalitarismos, populismos y nacionalismos" (Última Línea, 2018), "Nueve necesarios debates sobre la responsabilidad social" (Comares, 2019), "Inspirando líderes comprometidos: La innovación en valores, una visión para cambiar el mundo" (Última Línea, 2019) y "¡Eureka! Valores. Principios básicos de ética para las organizaciones" (Última Línea, 2020). Entre sus restantes libros, destacan "Estratégicas de marketing ferial" (ESIC, 2001), "Diccionario biográfico de nazismo y III Reich" (Sepha, 2010), "Hitler: Los años desconocidos" (ed. crítica de las memorias de Ernst Hanfstaengl, Última Línea, 2012) y "Responsabilidad social corporativa: Teoría y práctica" (ESIC, 2012).