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El príncipe Baltasar Carlos de Austria

Nació la criatura en el Alcázar Real de Madrid, el 17 de octubre de 1629. Felipe IV e Isabel de Borbón ya habían tenido cuatro hijas anteriormente, pero todas habían fallecido por lo que el nacimiento del ansiado heredero colmó de alegría a sus regios padres.

En muchas ciudades españoles se organizaron luminarias, corridas de toros, saraos, fuegos artificiales y juegos de cañas. Los de Madrid, que fueron apoteósicos, los podemos ver reflejados en La dama duende, de Calderón de la Barca.

El 4 de noviembre el príncipe fue bautizado en la iglesia de San Juan. Lo llevó a la pila bautismal, en una silla de cristal de roca, su aya doña Inés de Zúñiga, mujer del poderoso valido conde-duque de Olivares, quien con el cargo de su mujer obtenía un topo para vigilar y sobre todo influir, en la formación del heredero.

Se le impusieron los nombres de Baltasar Carlos. El primero porque temiendo otro parto malogrado, la duquesa de Gandia, camarera mayor de la reina, aconsejó a esta que encomendase su embarazo a uno de los Reyes Magos y la reina, no solo lo hizo sino que prometió poner a su hijo el nombre de uno de los tres, que fue  elegido finalmente por sorteo. El segundo, por la festividad de San Carlos Borromeo que se celebraba aquel día.

Todo hace pensar que el niño, además de guapo, sin que se aprecie de hecho en sus retratos el prognatismo habitual de la dinastía, era bastante espabilado. La primera etapa de su formación estuvo al cargo de su aya doña Inés de Zúñiga, pero pronto se asignó a Juan Bautista de Mazo como profesor de dibujo, a Juan de Isasi Idiáquez de letras e idiomas, a Gregorio de Tapia y Salcedo de equitación y a Alonso Martínez de Espinosa, de caza. No obstante, cuando se habla de su predisposición al estudio, su hermosura o sus habilidades en el arte de la equitación, suelen olvidarse dos asuntillos sobre su personalidad.

En primer lugar, podemos afirmar que Baltasar Carlos era un sátiro como lo era su verriondo padre, pues a pesar de haber fallecido a los diecisiete años, al muchacho le dio tiempo a beneficiarse a numerosas señoritas, y cuando digo numerosas, quiero decir muchísimas. En segundo lugar, su afición predilecta era castrar gatos, costumbre que también tenía el príncipe Carlos (hijo de Felipe II y elemento importantísimo de la Leyenda Negra) y que refleja la existencia de un trastorno de la personalidad.

Los madrileños, siempre tan salaos, escribieron una coplilla cuando se enteraron del asunto que circuló por todo Madrid: “Príncipe, mil mentecatos murmuran, sin Dios ni ley, de que, habiendo de ser rey, os andéis captando gatos; y es que con sus malos tratos, se teme que os ensañéis, y cuando a reinar lleguéis en este reino gatuno no quede gato ninguno, que luego no le capéis” (Por cierto, que a los madrileños se les conozca como “gatos” parece ser que se debe a un tal Garci Álvarez, que en una campaña de Alfonso VI, trepó por la muralla como un gato, logrando la victoria para los cristianos).

En 1646, mientras el príncipe ocupaba los días montando a caballo, persiguiendo señoritas, cazando o castrando gatos, Felipe IV y Olivares se pusieron a buscarle novia. La elección recayó en la archiduquesa Mariana de Austria, prima carnal de Baltasar que tenía doce años y que era un poco-bastante-muy feita, la pobre. Probablemente alguno de vosotros estaréis pensando: “Pobre Marianita, la que le viene encima con el sátiro y castrador de gatos que le ha tocado por marido”. Pues no, ya que como dice Meryl Streep en Memorias de África, cuando los dioses quieren castigarte, atienden a tus plegarias, y así, a la cándida e inocente Marianita, que probablemente rezaría cada noche para que esa boda, que la apartaría de su hogar y de su familia, no tuviera lugar, le salió el tiro por la culata. El 9 de octubre de 1646, el príncipe Baltasar Carlos, después de haber sido jurado heredero en las Cortes de Navarra, Aragón y Valencia, fallece de viruelas o de tercianas (malaria), y ante la falta de heredero, Felipe IV contrae matrimonio con la prometida de su hijo, la encantadora (aunque feíta) Mariana de Austria.

El malogrado hijo de ambos, Carlos II el Hechizado, en el que confluyen siglos de endogamia, pondrá fin al reinado de la dinastía Habsburgo en España.

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María Ortigosa

María Ortigosa

Historiadora y profesora de español como lengua extranjera.